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Columnas de opinión
Actualizado hace 1 años

Mendicidad profesional, alquiler de niños

Cientos de manos extendidas en los semáforos; un hombre con un niño en sus brazos a altas e inusuales horas de la noche pidiendo plata y decenas de mujeres vendiendo colombinas en la calle forman parte de un retrato miserable de nuestra sociedad. En la mayoría de los casos los menores de edad no son hijos de quienes los llevan. Son alquilados por sus verdaderos padres como “gancho” para ablandar el corazón de los transeúntes y conductores.

Entre quienes piden limosnas hay muchos que estiran su brazo para llevarse un pedazo de pan a la boca, pero otros tantos ejercen la mendicidad profesional. No hacen otra actividad sino pedir, aún pudiendo trabajar, pero también con el riesgo de ser explotados sin piedad, bajo el riesgo de caer en manos de empleadores inescrupulosos debido a la sobreoferta laboral existente. Un drama sufrido por los ciudadanos venezolanos que migraron de su país por razones ampliamente conocidas.

Lo que se ve es un espejo de nuestra sociedad y sus dramáticas consecuencias: poca educación, falta de justas y equitativas oportunidades laborales y el resultado de la cultura del asistencialismo politiquero para conseguir votos.

Se presume que el Bienestar Familiar y la Policía de Infancia y Adolescencia no tienen suficiente músculo, ni dientes para controlar esa aberrante forma de explotación de cientos de niños. Pero no hay operativos disuasivos de la mendicidad, ni redes estatales efectivas de apoyo a esos sectores vulnerables. Una operación conjunta de esas dos instituciones no tendría en dónde albergar tantos menores de edad, cuyos padres pierdan la patria potestad de sus hijos por someterlos a la explotación indiscriminada y por arriesgarlos inclusive a caer en la prostitución, o inducirlos, como ocurre en muchas ocasiones.

Quienes argumentan que la mendicidad profesional y el alquiler de bebés obedece al impacto de la diáspora venezolana están equivocados. Antes de que explotara la crisis en el vecino país, ya teníamos en las calles pequeños ejércitos de chiquillos pidiendo aguinaldo y comida en diciembre. Aprovechan que durante la época de Navidad la gente se torna más sensible y paternalista y da con buenas intenciones, sin medir el impacto de esa dadivosidad. Lo hace como una forma de retribuir a la vida lo que han recibido y reparten comida, dinero y juguetes entre quienes no tienen.      

Las esquinas de la ciudad están plagadas de adolescentes y niños que a punta de maromas pretenden resolver el día a día. Lo hacen con anuencia paterna o bajo la vigilancia de la mirada inquisitiva de un adulto que recibe las monedas y luego las distribuye a su gusto. En la carrera 52 con calle 72 una mujer “administra” la actividad de cinco pequeños que piden limosnas y le entregan a ella lo recogido. Al final de la jornada le da a cada uno lo que estima conveniente. “El que ejerza la mendicidad valiéndose de un menor o lo facilite a otro con el mismo fin, o de cualquier otro modo trafique con él, incurrirá en prisión de uno a cinco años”, dice el Código del Menor, un artículo que hasta ahora es un canto a la bandera.

mendietahumberto@gmail.com

Imagen de deniro_guete
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