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Opinión

Amar los antihéroes

Esta semana se cumplieron 25 años del “robo del siglo” en Colombia. Un asalto al Banco de la República de Valledupar con todos los elementos de serie de Netflix. Los ladrones se llevaron $24 mil millones después de estar encerrados un largo puente festivo rompiendo la bóveda con acetileno y martillo. Como en las películas. Tal cual.

En los días siguientes a ese suceso, los ladrones, cuyas identidades eran desconocidas, comenzaron a ser objeto de discutible admiración por un numeroso sector de la opinión pública. El mismo grupo de personas que ama los antihéroes, como los de La Casa de Papel.

“Bribones buenos”, los de Valledupar, parecería ser el comentario. No mataron a nadie y le robaron al siempre odiado establecimiento, representado en el banco emisor, una suma que a valor presente es de $161 mil millones. Un voluminoso botín sacado en cajas de cartón en un camión común y corriente como esos que llevan sobre su caparazón un letrero que dice “Carpas Bogotá”. Y luego, en una colchonería, traspasaron el dinero a cajas de cervezas, muy parecido a como lo hizo “El Profesor” en la popular serie.

Pero, por qué nos atraen los antihéroes, si siempre esgrimimos discursos presumiblemente éticos y morales. Tal vez la forma de explicar el amor por los antihéroes es que contravienen la ley, la misma ley que el grueso de la gente no se atreve a romper y por eso las historias con protagonistas villanos son de tanta aceptación. Al final hacen que el ser humano disfrute acciones que no ejecutaría en su vida real. Son fantasías que tienen que ver con la ambición, el poder, el sexo y el dinero. Y en la mayor parte de los casos con el contestatario y contraventor guardado que llevamos dentro.

Cuando surge uno de esos personajes y se ubica en la atención de la esfera pública comienza al tiempo un debate entre lo moral, lo ético y lo ilegal. Los antihéroes colman la atención aunque sean turbios y amorales. Empieza entonces una defensa de oficio y una justificación de los comportamientos a partir de explicaciones socio-culturales, con argumentos psicológicos y antropológicos.

Allí están Pablo Escobar y su sequito de asesinos, a los que en las barriadas de Medellín los miraban con fanatismo por ser generosos benefactores. Porque Escobar se atrevió a retar al Estado y por ende a sus gobiernos, conformados por los dirigentes políticos, un gremio criticado y rechazado por sus acciones y desaciertos. Y eso le daba puntos, sobre todo entre los que más necesitan. Esos personajes no representan la figura del héroe tradicional, desde una perspectiva de la formación judeo-cristiana, pero fueron amados con fanatismo. No importó el daño que produjeron en la sociedad colombiana, solo hay que ver las imágenes de su funeral. La psicología moderna tiene vastos ejemplos como el del Síndrome de Estocolmo, el Joker y Dexter Morgan.

Pues así está pasando con hechos recientes y es entendible desde las psiquis colombiana, nada justificable. Se rompen los paradigmas. La gente está harta hasta el hartazgo y no cree en las instituciones, cada vez más desprestigiadas. Así están el Inpec, el Congreso, el poder judicial, los empresarios y la sociedad en todos sus estratos.

mendietahumberto@gmail.com

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