Columnas de opinión
Actualizado hace 6 meses

“No importa que roben, con tal de que hagan”

En las redes sociales, con frecuencia, las discrepancias en torno a la Barranquilla de los últimos años alcanzan altas temperaturas, porque cuando algunos cuestionan, verbigracia, el costo de ciertas obras y los niveles de transparencia para su adjudicación, hay quienes esgrimen sus colmillos revirando con una frase que bien podría concursar en un premio de laxitud moral: “No importa que roben, con tal de que hagan”.

Gustavo Bell, en octubre del año pasado, en un evento de la Universidad Javeriana, calificó de “nefasta” la frasecilla y dijo que comunica una “extrema benevolencia social” frente a la corrupción.  

Sobre este bochornoso enunciado, yo diría que su incorporación orgánica al imaginario colectivo se produjo en el momento en que la conciencia moral de gran número de barranquilleros se adecuó como un caucho. A esta crisis ética contribuyó, pienso, el antagonismo que la clase política local impuso entre moral y política. Por varias generaciones, tanto nos acostumbramos a vivir en una ciudad saqueada, que el mayor mal era que el robo de los dineros públicos primara sobre la inversión, y hoy el menor sería –de acuerdo con el pensamiento de marras– que se embolsillen una parte, pero que las obras se vean. 

Hay un pragmatismo sin adornos en este raciocinio amoral. Y lo que se concluye es que para todos los barranquilleros no está perfectamente claro que la política no debe ser un trampolín para enriquecerse. Pero la política sí puede y debe ser una “política moral”, es decir, decente y respetuosa de lo público, según José Luis Aranguren, un sobresaliente filósofo español.

Debería estar muy claro que quienes ejercen de gobernantes en una democracia ejecutan obras porque es su obligación hacerlas. Y bien. Para eso pagamos impuestos y estos deben ser administrados con honradez y transparencia. Para eso, igualmente, los ciudadanos les pagamos un sueldo y sostenemos la totalidad del aparato público. Era en los imperios de la antigüedad que se creía que los jefes de Estado tenían poderes divinos y se les rendía pleitesía. En las democracias es ridículo ver a los gobernantes como si fuesen seres providenciales. Un gobernante es simplemente un ciudadano de carne y hueso a quien le damos el voto para que ejecute una tarea en favor de todos con un buen uso de los recursos públicos.

Y espero no estar engañado cuando afirmo que en Barranquilla hay, también, un amplio colectivo social que no coincide con quienes, obscenamente, ondean el teorema amoral: “No importa que roben, con tal de que hagan”. Que unos 247.000 barranquilleros le dieran el Sí a la Consulta Anticorrupción, el domingo 26 de agosto de 2018, confirma que existe un bloque ciudadano, poderoso y respetable, que quiere la moralización del poder y fue a las urnas como deben hacerlo las personas libres. Por sus propios medios y sin mediar prebendas.   

@HoracioBrieva

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