El Heraldo
Opinión

De vaina no han sido más los muertos

Otra de las novedades de esta pandemia es la irrupción del presidente Duque como presentador de televisión.

El Instituto Nacional de Salud (INS), a finales de noviembre, reveló un estudio de seroprevalencia según el cual en Barranquilla el 55% de la población se infectó del coronavirus. Si la ciudad tiene aproximadamente 1.200.000 habitantes, eso significaría que unos 660.000 lo adquirieron, pero la mayoría fue evidentemente asintomática. Ni cuenta se dio.

Como decían los abuelos: “Dios nos miró con ojos de piedad”. Pues con la letalidad distrital que hemos tenido del 3,7%, los muertos habrían sido 24.420. No hubiese habido ni cajones ni hornos crematorios para semejante rimero de cadáveres.

Sin embargo, los muertos que llevamos (unos 1.800) conforman un luctuoso universo que ha llevado lágrimas y desconsuelo a muchas familias en este desdichado año del dolor.

El dato del INS indicaría que nuestra suerte ha dependido más de la voluble conducta del virus que de las acciones de contención de las autoridades distritales y nacionales. E indicaría, además, que las medidas tomadas de aislamiento preventivo, pico y cédula, toque de queda y ley seca, poco intervinieron para atajar la masificación barranquillera de la pandemia.

El virus voló de casa en casa. Y como el grueso de los infectados no tuvo ningún malestar o vivió síntomas leves, eso explicaría la incrementada sensación de que ya la ciudad pasó lo peor. Y de ahí el rebrote de las fiestas, las aglomeraciones despreocupadas y las extralimitaciones el día de las velitas, donde la pólvora retumbó como en una ciudad en guerra y no se acató el toque de queda del alcalde.

Si antes de que se conociera la investigación del INS los barranquilleros descollaban por su frágil acatamiento a las disposiciones restrictivas, ahora la obediencia está siendo inferior. Sobre todo después de la noticia de que ya el mundo desarrollado ha entrado en la fase de vacunación. A la que Colombia, por supuesto, arribará  con atraso porque somos el país donde todo nos llega tarde, hasta la muerte, como recitaba el poeta Julio Flórez.

Pero,  caramba, deberíamos estar jubilosos. Ya tenemos una Ley de Vacunas. Mientras los países desarrollados se dedicaron a fabricar la vacuna, nosotros trabajábamos afanosamente en la fabricación de esta ley. Don Francisco de Paula Santander, el prócer de quien heredamos la pasión por la idolatría leguleya, debe estar sonriente en su tumba republicana.

Primero teníamos que tener una ley que la vacuna. Por algo somos la patria de la norma. Del papeleo. La ciencia puede esperar. Eso no es prioridad. Por eso le invertimos una ridiculez.

Otra de las novedades de esta pandemia es la irrupción del presidente Duque como presentador de televisión. Andrés Pastrana, al revés, fue presentador y luego presidente. A ambos les ha fascinado el medio que produjo celebridades como Pacheco y Jota Mario. Muchos desaprueban el espacio del mandatario. Otros lo aplauden. Esta es Colombia.

@HoracioBrieva

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