Columnas de opinión |

La ira

Desde la óptica de los creyentes, el pecado solo puede identificarse claramente cuando se “reconoce” a Dios. Aceptar el designio de Dios sobre el hombre, hace que se comprenda el pecado como un abuso de la libertad que este le entregó a la persona creada. Bajo esta cosmovisión, cometer un pecado solo puede explicarse como un defecto de crecimiento, una debilidad psicológica o un error.

En el libro de Fernando Savater, Los siete pecados capitales, hay una clara referencia de cómo la religión trató de contener la violencia y sanar la conflictiva sociedad medieval, expresando comportamientos de la esfera ética, social y comunitaria como uno de los pecados de la mencionada lista. Los pecados capitales (soberbia, pereza, gula, envidia, ira, avaricia y lujuria) funcionaban como una advertencia de la aparición de ciertas conductas, pues a través de ellas se llegaban a vicios. Los pecados se entendían como señales de los peligros que acechaban a las almas. Cometer un pecado capital implicaba relacionarse de manera disfuncional con nuestros semejantes o con Dios, pues los pecados se cometían contra alguien y siempre perjudicaban a otro.

Los pecados capitales continúan presentes como advertencias en la actualidad, algunos un poco devaluados, como la lujuria y pereza; otros con ciertas transformaciones pues la modernidad los ha democratizado: antes solo una élite podía pecar por gula o avaricia; y uno muy valorizado como manipulador de comportamientos políticos por parte de algunos líderes populistas: la ira.

Esa pasión avasalladora que de vez en cuando nos convierte en fieras y que, fisiológicamente, no es otra cosa que la respuesta del organismo ante una gran carga de adrenalina, es lo que se conoce en la lista de pecados capitales como ira. Ella puede llegar a convertirse en el motor que impulsa las acciones de algunas personas. Escudados en la ira, es usual que le demos una trascendencia exagerada a nuestros deseos u opiniones y que se valore con una enorme importancia todo aquello que les sea contrario. Bajo un ataque de ira, usualmente se pierde la capacidad de diferenciar entre cosas importantes y cosas banales. También, en esta condición, es usual que se consideren los proyectos propios como fundamentales para la humanidad y que la única verdad es la que se posee.

El iracundo se “carga” de razón, buscando con ello que su ira parezca divina y no un arrebato temporal. La sensación de “quemarse por dentro” lleva a quien padece ira a sentir afán por castigar y vengarse. La persona iracunda no mide la ofensa por el volumen del daño que esta le produce, si no por la importancia que le otorga. Ante abusos e injusticias es frecuente que los seres humanos expresemos ira, y que debe ser proporcionada a la causa que la motiva.

La situación presentada hace algunos días entre dos periodistas muy populares en el país, en la cual durante una entrevista abandonaron sus roles profesionales para ofenderse en el plano personal, ejemplariza cómo comportamientos indeseables pueden aflorar durante un ataque de ira. Sin entrar a juzgar a los “pecadores”, creo que desde las tribunas que ellos ocupan deberían, como acto de constricción, ocuparse ahora de mostrar señales que ayuden a cultivar en sus seguidores las virtudes de paciencia y tolerancia.

A mis lectores me atrevo a sugerirles que, si se ven “tentados” a pecar por ira, sigan las enseñanzas de Confucio cuando sentenció: “El que domina su cólera, domina a su peor enemigo”. Debo confesar que yo no siempre lo logro.

hmbaquero@gmail.com

@hmbaquero

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