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Opinión

Golpe de realidad

A mi juicio, si algo ha puesto de manifiesto esta pandemia, es el increíble desconocimiento de la realidad social y laboral que se vive en el planeta Tierra desde hace varias décadas, por una gran mayoría de la población. Me han causado asombro las repentinas y genuinas muestras de solidaridad para con los equipos de salud, o la imperiosa necesidad que súbitamente se ha apoderado de algunos grupos sociales de proteger a los que sobreviven día a día en medio de la informalidad. No menos estupefacto me ha dejado el inmediato y decidido compromiso de muchas familias con el bienestar básico de las personas sin hogar. 

El ya famoso Coronavirus velozmente mostró a todos lo frágil que es nuestra existencia y lo engañados que algunos han estado disfrutando de su paso por este pedacito de universo, creyendo que el nivel de bienestar que ellos disfrutaban era el mismo que compartían todas las personas con las que diariamente interactuaban. 

De un momento a otro la sociedad notó que existen equipos de salud que trabajan los siete días de la semana y que, en muchos casos, la jornada de algunos de esos días, termina unida con la del siguiente. También se hizo evidente que el reconocimiento social de esos profesionales y técnicos, que mantienen en operación el sistema de salud, es infinitamente inferior a la responsabilidad que han asumido durante tanto tiempo, al ayudarnos a mantener nuestra salud o a recuperarla cuando la hemos perdido. De repente la comunidad entendió la razón por la cual molestó tanto al gremio de la salud, la opinión de una alta funcionaria del Estado, que aconsejaba a los jóvenes no considerar como profesiones exitosas, en términos del ingreso que generaban al profesional, la sicología y la sociología. La productividad en términos económicos dejó de ser el único sello para reconocer el éxito. Ayudar a semejantes a protegerse de una infección sin salir llenos de ansiedades y temores también se consideró ahora importante.  

La necesidad evidenciada de proteger a los trabajadores informales ha sido una muestra de solidaridad digna de exaltar en toda documentación que se haga en el país de esta pandemia. Repentinamente se hizo evidente de que casi el 50% de la fuerza laboral colombiana se “rebusca” en el día a día en condiciones de incertidumbre e inseguridad, donde regresar vivo y con el diario a casa, es toda una aventura que se debe celebrar. El vilipendiado sistema de salud empezó, tal vez por primera vez en su historia, a ser valorado por su cobertura universal y por su principio de solidaridad, en el que los que cotizamos subsidiamos a los que no lo hacen y gracias a ello, la atención de “caridad” dejó de ser una triste realidad en los hospitales, pues independientemente del régimen en el cual nos encontremos, el acceso al plan de beneficios es similar.  

Líneas especiales para los gestos de fraternidad para con los habitantes de la calle. La mendicidad se volvió paisaje en nuestras ciudades. Ahora ante la amenaza del virus, muchas familias se han ocupado para que a esos indefensos, desprotegidos e invisibilizados seres humanos se les acoja en centros de atención gubernamentales, aportando recursos en dinero o especie para su cuidado.  

Este golpe, con la durísima realidad de los días que vivimos, espero deje una profunda huella que no desaparezca al diluirse las angustiantes cifras de enfermos y fallecidos. La cicatriz del impacto debe servir para recordarnos, que como lo expresó el Papa Francisco, todos estamos en la misma “barca” y que la seguridad y tranquilidad de cada uno de nosotros dependerá, a partir de ahora más que nunca, del bienestar de los otros.

Email: hmbaquero@gmail.com Twitter : @hmbaquero

Columna de opinión - Columnista - opinión -

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