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Decisiones

La vida social humana es ricamente compleja por las elecciones que permanentemente debemos hacer. Estas decisiones van desde cosas trascendentales, como la profesión a estudiar, hasta las relativamente banales de decidir, si tomamos o no otra taza de café.

El desarrollo de nuestra civilización ha aumentado el número de decisiones que podemos y debemos tomar. La diversidad de productos de consumo ha crecido exponencialmente y en un ejemplo diario pasamos, en menos de 30 años, de escoger entre dos canales de televisión a una oferta ilimitada de contenido audiovisual en televisores, computadores, tabletas y celulares.

Un gran número de las elecciones diarias las hacemos siguiendo rutinas o hábitos, para algunas otras debemos hacer una consideración consciente entre las alternativas, sopesando la información y seleccionando la opción más prometedora en términos de resultados deseados. Estas últimas nos obligan a autorregularnos constantemente para anular las respuestas automáticas, lo cual consume nuestra energía a medida que avanza el día tomando decisiones.

Un ejemplo famoso de fatiga por toma de decisiones diarias en el ámbito profesional se puede leer en una investigación de jueces israelíes publicada hace algunos años. Ante casos similares, en lo que decidían si otorgaban o no libertad condicional al acusado, el veredicto variaba dependiendo de en qué momento de la jornada laboral se presentaba el caso. Consistentemente se evidenció que al inicio del dia de trabajo y en las horas inmediatas siguientes al receso de medio día más sujetos recibieron la decisión de libertad condicional. Prácticamente ningún caso de los valorados justo antes de tener las pausas para descanso obtuvo la libertad condicional. Desde la perspectiva del prisionero, el que su caso fuese evaluado al inicio de la sesión o inmediatamente después de la pausa le daba una clara ventaja.

Los médicos estamos expuestos en nuestra práctica diaria a este tipo de fatiga. Cada acto médico lleva implícito la toma de un gran número de decisiones. Casi de manera continua debemos decidir si solicitamos o no un examen, si formulamos o no un tratamiento. Un estudio reciente mostró que al avanzar la jornada de consulta externa la adherencia de los profesionales a las guías para la formulación de pruebas que detectan precozmente el cáncer disminuía. Trabajos anteriores ya habían hecho evidente la mayor probabilidad de que se formule un antibiótico para una infección viral a medida que pasan las horas del médico trabajando en atención primaria. Parece ser que la fatiga tomando decisiones nos induce a hacer lo más sencillo en términos de gasto energético, que es decidir siguiendo una rutina: formular antibióticos en lugar de argumentarle al paciente por qué no son necesarios, o no solicitar pruebas para evitar tener que explicarlas.

Las largas y pesadas jornadas laborales que nos imponemos en el ejercicio profesional en salud terminan magnificando el impacto de la fatiga por la toma de decisiones. Las consecuencias en términos económicos para el sistema y en el bienestar de nuestros pacientes aún no se alcanzan a dimensionar.

A los médicos nos gusta considerarnos personas que tomamos decisiones racionales, pero todo parece indicar que, al igual que los jueces del estudio israelí, la racionalidad varía dependiendo del momento del día.

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