El Heraldo
Opinión

Macondo, alma guajira

En cada pueblo o caserío nuestro está el alma de Macondo.

Macondo, un rosario de pueblos dispersos y unidos por el común denominador de la pobreza y el olvido. Uribia y su vasto territorio es el mejor ejemplo de esta orfandad en que siempre la ha tenido el Estado centralista y los gobiernos de turno se han encargado de que continúen en esa miseria ancestral y en ese mar de lágrimas.

Macondo, una región donde los pueblos son iguales, con las mismas frustraciones, los mismos anhelos y las mismas esperanzas. Los pueblos del sur de Riohacha son el mejor ejemplo, donde como lo ha escrito el intelectual Monguiero Ángel Acosta Medina en su extraordinaria obra “200 años de soledad”. Ahí está implícito todo ese olvido y todo ese subdesarrollo que desde que aquel general conservador y el pionero del primer fraude electoral en Colombia Juanito Iguarán en medio de esa soberbia acabó con aquel pueblo liberal llamado Moreno y sus habitantes huyeron en forma despavorida de aquel ataque salvaje y fue así como fundaron la mayoría de esos pueblos dispersos que conforman el municipio de Riohacha.  

Macondo, nombre que inmortalizó nuestro Premio Nobel Gabriel García Márquez y se ha convertido en la semblanza de nuestros dolores, de nuestra música, de nuestra idiosincrasia, de nuestro empeño para salir del túnel que la indiferencia centralista y el folclorismo que nuestros políticos dejaron crecer para que una venda de sombras nos impidiera conquistar el desarrollo a que nos dan derecho nuestros recursos gigantescos, que van desde ricos yacimientos minerales a inmensas costas grávidas de riquezas ictiológicas y tierras feraces bañadas por los ríos que se desgalgan de la fantástica Sierra Nevada, cuya sola belleza es suficiente para también convertirnos en los mayores usufructuarios del turismo nacional e internacional que lo complementa las hermosas playas, unas ya conocidas como las del Cabo de la Vela, Palomino, Mayapo, Manaure, Riohacha, Camarones, Dibulla y otras por descubrir como las mágicas en Bahía Hondita, Taroa, Puerto Estrella, Punta Espada, Puerto López, Poportrin enclavadas en esa gran nación wayuu, llamada Uribia.

Y lo que más identifica a Macondo como alma guajira: su gente sencilla, con su peculiar forma de vivir y de soñar, de sufrir y de llorar, de pensar y de cantar y… de esperar. Sí, de esperar el tan anhelado desarrollo. Sí, de esperar que se construya los distritos de riego del Ranchería y San Juan del Cesar. Sí, de esperar por centurias que Riohacha su capital tenga agua las 24 horas del día. Sí, de esperar que a los indígenas wayuu alguien les calme la sed y los saque de la pobreza extrema y de la indigencia en que viven y han vivido por décadas. Sí, de tener unas buenas vías de comunicación para que la integración entre el sur y el norte sea realidad.

Sí, para que Maicao sea reconocido como un faro en la frontera y no como un tropiezo para los intereses centralistas. Sí, para que el rosario de promesas que hace cada presidente de los colombianos se cumpla aunque sea en un mínimo porcentaje.

En cada pueblo o caserío nuestro está el alma de Macondo. Sentada en la puerta de la calle, en los caminos de la sierra, en el andar de sus playas, en el semblante de sus mujeres hermosas, en la lágrima del niño inconforme y sufrido por tanta desnutrición, en la paciencia de nuestros indígenas sin redimir, en las canciones que alegran el alma y dan ya a nuestro folclor una dimensión que se proyecta al mundo entero, mensaje de alegría y de tristeza que al final debe tener una positiva respuesta para que cesen nuestros males y aprendamos a vivir sin el hándicap del pesimismo que no nos deja alzar el vuelo y conquistar las metas que merecemos y tienen asidero firme en las potenciales riquezas que ofrece nuestra mágica geografía. ¡Que así sea!

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