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Columnas de opinión
Actualizado hace 2 meses

A lo ‘venezoliche’

Me parece inaudito que en estos momentos extrañe expresiones como “bien cuidaíto, patro”, “jefe, tire la liga”, o “tire algo para la llevadera, bacán”, que escuchaba en cada estacionada o limpiada de los vidrios del carro, en los paradas en los semáforos, o en cualquier actividad callejera informal en la que una persona se acerca para pedir un pago por un supuesto servicio prestado a nuestro vehículo o a nosotros mismos; algo que termina volviéndose incómodo y molesto porque sucede a cada rato y tiene un cierto rasgo de obligatoriedad de parte nuestra, so pena de ser considerado persona egoísta.

Mi extrañeza no es por la ausencia de estos trabajadores verdaderamente informales porque, en realidad, siempre han estado ahí, el fenómeno social que los genera no está resuelto y, por tanto, no van a desaparecer. Lo que ocurre es que otro fenómeno social lo ha rebasado, lo que es conocido a nivel nacional y mundial, la migración de venezolanos hacia Colombia y otros países del cono sur, lo que ha provocado la emergencia de una subcultura en paralelo con la local, con una intensidad de desarrollo que ha superado cualquier cálculo, al punto de opacar la nuestra en cuanto al número de personas que piden dinero en las calles y el léxico que manejan.

Lo de los semáforos es tan evidente que ya es normal que haya más venezolanos que nativos vendiendo debajo del arbolito que está al lado de las luces del tráfico, en una proporción entre ellos de tres a cuatro muchachos y una chica, un ecuación curiosa. Lo que me sacudió más fuerte que todas las estadísticas que leo a diario sobre este fenómeno migratorio, fue andar las calles a pie para ver una realidad que angustia porque muestra unas proporciones preocupantes que tendrán –de hecho, está teniendo–, serias consecuencias económicas, sociales y de salud pública.

Cada cincuenta metros, aproximadamente, hay un adolescente vendiendo un bombón, chupeta, fruna o chicle, o solicitando una colaboración en su léxico y cadencia “hey, vale, colabórame llevando una chocolatina”, “vale, cómprame algo, chico”, “¿me puede colaborar con algo para darle de comer al niño?, soy venezolana, puéh”. Esa sonoridad no es de por aquí, es una cadencia y un léxico que saben distinto y han terminado por imponerse al sonido que escuchábamos antes. En lo único en que se parecen es que representan pregones de la pobreza, voces víctimas de la cosa social y política. Para complejizar más el asunto, hay un ‘run run’ muy serio en la ciudad: puedes tener relaciones sexuales con una “pelaíta veneca” en el centro de la ciudad por 5.000 o 10.000 pesos.

Me sentí como Buda cuando salió de su palacio y vio todo el dolor, pobreza, enfermedad, muerte, en los caminos de la India. No es mi intención volverme asceta ni virtuoso, sino dejar constancia del fenómeno social y económico que se nos presenta en la ciudad y nos va a estallar en la cara pronto.

haroldomartinez@hotmail.com

Imagen de jesika.millano

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