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Columnas de opinión
Actualizado hace 2 meses

Hablando con máquinas

No hay la menor duda de que el mundo cambió sustancialmente desde hace más de 30 años con los nuevos descubrimientos tecnológicos, especialmente en materia de telecomunicaciones. El espectro de la internet, un espacio que no es de nadie pero que es de todos, del mundo entero, con acceso para todo aquel que quiera entenderlo y utilizarlo, convirtió al universo en otro campo de evolución científica que nos ha llevado, inclusive, a la medicina nuclear y a la robótica reemplazante del pulso arterial de los cirujanos. Pero también nos convirtió a los seres humanos en unos ineptos, inseguros y sobre todo ignorantes. Se cercenó, de entrada, la inventiva humana, la imaginación, el recurso supletorio. Nos volvimos automáticamente unos seres limitados cercados por la ciencia misma, porque si nos falla la técnica no sabemos qué hacer. Ahora a la técnica les dice “el sistema”. Si este colapsa, se equivoca, no sabemos cómo actuar. Eso se llama –en romancero calificado español– imbecilidad.

Pero esta postración mental tiene su magna expresión en el dialecto del hombre y la máquina donde cabe, se actúa con la dependencia absoluta. Lo vemos cuando en las comunicaciones el modernismo nos pone a hablar, a interlocutar con máquinas que reemplazan a los humanos. Así de sencillo. Nos podemos pasar horas hablando a través de aparatos tecnológicos aburridos y asfixiantes con personas que están a kilómetros de distancia, con el solo hecho de producir un click con un dedo de la mano. Por supuesto se borra de un tajo toda posibilidad de interlocutar, cambiar con otros seres humanos opiniones, reflexiones, una simple dialéctica elemental para conocer el parecer ajeno. Muchas veces por el teléfono la voz nos demuestra el estado de ánimo de una persona.

“Afortunadamente no estaré vivo para presenciar el dominio de la máquina científica sobre el ser humano”, afirmó ya enfermo, finalmente, Albert Einstein cuando vio, presintió como sabio supremo, lo que se venía y se aterró de cómo somos ahora, esclavos de las máquinas. ¡Y lo que falta! Pero por supuesto lo más degradante para las personas hoy día es tener que hablar con máquinas que lógicamente tienen que equivocarse en cualquier momento, pueden distorsionar los hechos, desvirtuar procesos o producir colapsos entre sus millones de clicks que enlazan sus neuronas electrónicas. De este modo, el teatro de los acontecimientos es vergonzoso, porque coloca al ser humano atormentado y humillado porque la máquina no lo entiende ni atiende como debe ser, a un individuo inerme, indefenso, sin nadie ni nada que le resuelva su problema, así esté pagando por ello. Así es el mundo de hoy, donde muchísimas veces los call center automáticos dicen No si el sistema dice No y ahí terminó cualquier intento de solución.

 Y no hablemos o escribamos aquí por supuesto de la ausencia de conversación y comunicación entre las familias modernas. Donde ya es una fotografía común y diaria ver los componentes de la célula familiar sentados en torno a una mesa, por horas, sin dirigirse la palabra porque cada uno, ya imbecilizado hasta en lo cotidiano, está centrado en su esclavitud con el celular. Esto es otro tema muy ligado al anterior sobre el cual ya hemos escrito y lo volveremos a hacer, porque perdimos hasta la sencilla frase abre puertas con el prójimo: “Muchas gracias”.

Imagen de sandra.carrillo

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