El Heraldo
Opinión

Un policía en Macondo

No es ningún acto de valentía, sino de solidaridad con sus semejantes, que también son seres humanos iguales.

En días pasados, un patrullero de la Policía se convirtió en noticia nacional y figura de las redes sociales, al negarse a participar en un desalojo de unas familias vulnerables que invadían un predio de uso público en las orillas del río Pance, en Cali, dentro de una torpe y arbitraria diligencia judicial de restitución, emanada de esa alcaldía, cuando el uniformado al ver las condiciones infrahumanas de las víctimas (mujeres, niños y ancianos), en un acto inusual, estalló en llanto, con tanta pasión y ternura, que contagió a toda la comunidad, absteniéndose de continuar con la diligencia de desalojo.

Es la diferencia de nuestros policías, con la calaña de un policía gringo, capaz de sacarle la lengua a un negro, ante la mirada morbosa de sus compañeros. No es ningún acto de valentía, sino de solidaridad con sus semejantes, que también son seres humanos iguales, de los mismos estratos sociales de donde salen los patrulleros, en iguales condiciones de pobreza, de desigualdad y de la falta de oportunidades, y que escogen esa profesión buscando un mejor futuro para ellos y su familia, pues los de estrato seis llegan con más facilidad a los nichos del poder donde está el tesoro público. No conozco un patrullero, ni tampoco un soldado, de estrato seis, prestando sus servicios en el Cauca o en el Catatumbo.

El policía en mención, si bien cometió una falta disciplinaria leve, según la Ley 1015 de 2006, tampoco es un hecho delictivo para destituirlo o cortarle la cabeza, pues su conducta, exenta de dolo, encajaría en una causal de exclusión de responsabilidad, para garantizar unos derechos humanos a unas personas vulnerables, que más tarde se convertirían, con desalojo o sin él, en un problema social, en esta época de pandemia.

Pero tampoco es un acto de heroísmo que puede ser condecorado, según el criterio de unos Congresistas, quienes en un acto de folclorismo cantinflesco, aprobaron una proposición para darle una mención de honor al patrullero, por ser “un acto que llena de esperanza a este país”, lo que demuestra la falta de trabajo y de sincronización con los graves problemas sociales y económicos que afronta la sociedad colombiana.

En un país macondiano como el nuestro, dicha condecoración sería un chiste de talla internacional en estos momentos de confinamiento. Siendo así, habría que reformar el Código General del Proceso (Ley 1564 de 2012) y el Código Nacional de Policía y Convivencia (Ley 1801 de 2016), para que en lo sucesivo, la parte afectada en un desalojo o restitución de un inmueble, solicite al Inspector de Policía, que ante el llanto de un patrullero que acompaña la diligencia, se suspenda el proceso pues la justicia se paraliza con semejante impacto emocional.

Definitivamente, si García Márquez estuviera vivo, ya estaría escribiendo el segundo tomo de su famosa novela, Cien años de soledad, mientras que Kafka habría adicionado otros capítulos a La Metamorfosis

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