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Actualizado hace 1 años

El discurso del Presidente

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Sumidos en la incesante controversia propia del talante colombiano, aunque a la vez complacidos de que la figuración de nuestro país en el panorama mundial proviniese de hechos encomiables como la adjudicación de un premio Nobel, presenciamos la entrega del célebre galardón a Juan Manuel Santos. Quienes resolvimos desconectar por un momento el aparataje de prejuicios incorporado a nuestro ADN con el propósito de mirar objetivamente lo que sucedía en Noruega, coincidimos en que todo salió bien; entre otras cosas, porque la noción de paz –que de manera inexplicable acá está ajustada a intereses y apetencias individuales– pareció recuperar en Oslo su coherencia, por cuanto la búsqueda permanente de consenso en la sociedad debe resolverse como lo plantea el Derecho internacional, de manera no violenta. Lógicamente, nos centramos en el discurso del presidente, que supone la voz de los colombianos, y no creo equivocarme si digo que estuvo bien. Estuvo muy bien. Un discurso elaborado sin excesos en el que se dibujaron, uno tras otro, los numerosos rostros de esta guerra absurda que hemos padecido, y en cuya terminación, así les disguste a muchos, se empeñó Santos con el coraje que les faltó a sus antecesores a sabiendas de que su imagen estaba en riesgo. Para comenzar, olvidamos que, tras la construcción de ese largo y tortuoso trámite para alcanzar la paz, hay un hombre que también debió construirse para alentar con su discurso a más de 47 millones de compatriotas a recuperar la convicción de que ella sí era posible. Quienes vieron la película El discurso del rey saben que, a semejanza de Jorge VI de Inglaterra, Santos debió exigirse superar los problemas de dicción para mejorar sus intervenciones públicas. Imagino que aquel sábado, así como lo hacía yo desde el tibio amanecer de mi Caribe, Tutina y sus tres retoños hacían lagarto en la fría Noruega, cruzaban los dedos con disimulo para que la disertación no se viera empañada por las torpezas de la lengua del presidente; pero, salvo dos o tres palabras insurrectas –que como ciertos opositores no consiguieron opacar el que creo que será el momento más glorioso en la vida Santos– el discurso del presidente, que resumió la penosa realidad de los colombianos, pero también atisbó una esperanza venidera, fluyó con toda naturalidad reafirmando que a la paz no puede llegarse por el camino de la guerra. “La victoria final por las armas –cuando existen alternativas no violentas– no es otra cosa que la derrota del espíritu”, dijo complementando la alusión al perdón hecha por la vicepresidenta del Comité en su intervención inaugural, ese perdón tan postergado por los colombianos que finalmente determina las diferencias entre ganar la guerra entre consensos y negociaciones, o ganarla a punta de balas. 

Extiendo a mis lectores en la próxima Navidad una invitación a labrar juntos una paz estable y duradera, y les deseo un optimista 2017.

berthicaramos@gmail.com 

Imagen de adriana.puentes

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