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El dios Trump

Los políticos tienen la particularidad de prometer en campaña aquello que no piensan cumplir. En plena contemporaneidad, quien lo creería, apareció un presidente que formaliza algunas de sus promesas. Lo malo es que es un megalómano que quiere convertir al mundo en su propio reality show. En 2016, el señor Donald Trump se comprometió a reconocer a Jerusalén como la “capital indivisible” si llegaba a la Casa Blanca. Hace unos días anunció: “He determinado que es hora de reconocer oficialmente a Jerusalén como la capital de Israel. También estoy ordenando al Departamento de Estado que comience la preparación para trasladar la embajada estadounidense de Tela Aviv a Jerusalén”. La atipia de la coherencia política. 

Con su decisión, Trump atiza uno de los conflictos más complejos y antiguos de Oriente. Jerusalén es la ciudad sagrada para los tres grandes monoteísmos (islam, cristianismo y judaísmo). Tanto los árabes (Palestina) como los judíos (Israel) han querido tomar posesión de ella. En 1947, se planteó que la ciudad fuera administrada por la ONU. Un año después, la guerra dividió el control. La Jerusalén del Este fue para los árabes y la del Oeste para los judíos. El dominio árabe se mantuvo hasta 1967 cuando, en la Guerra de los Seis Días, fue conquistada por Israel y anexionada. Tal suceso significó la negativa de la comunidad internacional a reconocer la anexión por considerarla una violación del Derecho Internacional. En pocas palabras, invadieron, acorralaron y sometieron al pueblo palestino. 

Es importante resaltar que los ciudadanos inscritos en el judaísmo, que llegaron con una actitud bélica al territorio palestino –cristalizando el propósito de la invasión sionista–, no son los mismos ciudadanos palestinos inscritos en el judaísmo que convivieron a través de la historia sin conflictos con los árabes musulmanes y cristianos en el mismo terreno. 

La violencia ha desatado desplazamientos, muertes y dolor. Tanto israelíes como palestinos sufren la disputa de la tierra y las consecuencias de una negociación que nunca llega. Es un círculo que termina siempre en el mismo punto: la guerra. 

Se han intentado varios acuerdos fallidos para devolver la paz y dar a cada quien lo que le corresponde. La decisión de Trump de legitimar únicamente al pueblo israelí cierra la puerta para una solución justa y cercana. Aunque Estados Unidos dice jugar un papel de mediador, para nadie es un secreto que Israel es su consentido. Los árabes cargan el peso de ser señalados como terroristas y los judíos son las eternas víctimas. 

El primer ministro de Israel, Benjamin Netanyahu, aplaudió la decisión de Trump y declaró que “se reconoció lo obvio, se logrará por fin la paz”. La realidad es que dicha medida está lejos de la paz. El problema es que para la derecha israelí el mejor acuerdo sería expulsar a los árabes del territorio. Tener por fin el dominio de la tierra. 

Después de miles de años, el conflicto principal continúa siendo Oriente. Estados Unidos se mantiene presente. Al menos, antes se disfrazaba de mediador y con su tibieza disimulaba sus preferencias. Ahora, el descaro no tiene límites. Trump demuestra su apoyo incondicional al lobby judío y su irrespeto al Derecho Internacional. Deja en claro la hoguera que aviva. 

maria.matus.v0@gmail.com - @mariamatusv

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