El Heraldo
Opinión

Tiempos de reconciliación

El lenguaje de nuestra tradición cultural es de amor al prójimo que es nuestro hermano, pecador como nosotros. 

El cristianismo funda al mundo occidental. Parece que no es así, pero es así. Contra la historia del hombre nada hay que hacer y la cultura occidental tiene en su seno una fuerte raíz: el cristianismo. En este mundo racionalista e ilustrado suele pasarse por alto el profundo espíritu del cristianismo de nuestra cultura. Es un olvido del ser que somos, un ser ahí, en lenguaje heideggeriano, somos lo que somos gracias a la pertenencia a una cultura.  Esto no quiere decir ni quiero decir que, la cultura occidental no tenga incorporada el aporte  de las culturas griega, judía, musulmana, aborigen y de otras culturas; sin embargo, predomina el cristianismo.

Recuerdo la pertenencia nuestra a una cultura que nos marca y marca nuestras instituciones políticas y jurídicas porque el olvido de lo que somos, nos genera conflictos en la convivencia.  Este olvido del ser que somos es lo que nos ha conducido a una interminable espiral de violencia.

Estamos en un laberinto y no encontramos el hilo de Ariadna que guió a Teseo para liberar a Atenas de la maldición de entregarle anualmente bellas doncellas al Minotauro, laberinto que nos lleva  a una espiral de violencia que nos atormenta y no apelamos a su efecto liberador ante la violencia: la cultura y nuestra cultura de marcada fuerza cristiana.

Creemos saber lo que somos e ignoramos que es ser,  lo que debemos ser y no actuamos conforme a nuestra cultura cristiana. Y con  el lenguaje real del cristianismo. ¿Cómo es el lenguaje cristiano? Es de marcado espíritu de amor, perdón y reconciliación. No es otro. No lo ignoremos.

El lenguaje de nuestra tradición cultural es de amor al prójimo que es nuestro hermano, pecador como nosotros. Y, debemos, en consecuencia,  promover una cultura de amor, perdón y reconciliación, y en forma tozuda hacemos lo contrario, y solo pensamos en el castigo. No solo  en el  castigo, sino en el máximo castigo bajo criterios de una presunta equivalencia entre el daño y la reparación.

Pensar en el castigo y en el máximo castigo al hermano caído en desgracia por el delito cometido, es parte de la cadena de violencia que nos oprime a la nación. Urgente es revisar la política criminal, no puede pensarse solamente en cárcel, cárcel y más cárcel y en largas condenas privativas de la libertad y en condiciones de inhumanidad. El ojo por ojo y diente por diente no es justicia: es sed de venganza cruel. La paz exige cambio de mentalidad.

En Mateo capítulo 5 versículo 24 existe una bellísima lección de Jesús acerca de la importancia del amor, el perdón y de la reconciliación con nuestro hermano. Si queremos la paz tenemos que llevar a la práctica el mensaje de Jesús, que tiene en claro que, el que comete un delito peca en contra de la víctima y en contra de la sociedad y que en el castigo no está la paz, sino en el amor, el perdón y la reconciliación. Si deseamos salir de la espiral de violencia, sigamos el discurso cristiano. La política criminal tiene que estar marcado por el.

Nota. Escribo esta columna pensando en el humanista Álvaro Gómez Hurtado. Intelectual, político, estadista, periodista. Un hombre bueno. Recuerdo mis días de constituyente y como él con su talante de todo un excelente cristiano y a pesar de las diferencias evidentes de pensamiento guiaba la deliberación para crear una constitución política para la paz, el perdón, la reconciliación y la paz. Mi gratitud hacia su persona por las enseñanzas que me transmitió. Un modelo de ser humano.

 

 

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