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Columnas de opinión
Actualizado hace 3 meses

Economía cristiana

Cuando uno sale del país, y escucha por casualidad a esa especie de secta de compatriotas que persisten en la idea de que el presidente eterno de Colombia es el senador Álvaro Uribe, no puede hacer nada más que sentir compasión. Y no hablo del sentimiento cargado de lástima o aflicción que produce el sufrimiento ajeno, sino de la práctica budista de reconocimiento de la tribulación que aqueja a otro, y que deviene en interés y en responsabilidad hacia él. Por supuesto, disto mucho de alcanzar tal estado de gracia, no obstante, hago el intento. Cuando a alguien le corresponde ser emigrante, la lejana patria comienza a ser concebida conforme es la sociedad adoptada en el exilio. Persiste, sin embargo, el romanticismo, la idea de una bucólica realidad ajena a las aflicciones producidas por la Dian, el costo de la canasta familiar, el IVA, la onerosa medicina prepagada o el fiasco de los fondos privados de pensiones. Cuando a alguien le corresponde ser expatriado, ese terruño remoto plagado de personas, de lugares, de olores y de sabores inmarcesibles, se concibe –de acuerdo con la ficción que va nutriendo la añoranza– como un territorio idílico que exige el regreso; pero ese deseo vehemente es entorpecido por el miedo.

Ya pocos recuerdan la época en que los colombianos no dejaban el país por causa de la violencia, sino de un Estado incapaz de garantizar derechos elementales como trabajo, educación, vivienda digna, seguridad social y salud. Un modelo que, alimentado por un bipartidismo dominante y de vieja data, acabó por encauzar a quienes veían en la resistencia armada la única salida posible para acabar con la desigualdad. Entonces el objetivo era un mejor futuro para la familia, aunque ello significara el desarraigo. Después, vino la debacle. El mismo Estado ineficiente, sumado al fenómeno del narcotráfico –que infundió fervores nuevos al talante emprendedor de ciertas regiones colombianas– consiguieron que la violencia fuera casi intolerable. Se inició entonces el éxodo masivo motivado por el miedo y la inseguridad, viable para quienes vivían el horror del terrorismo y podían irse, pero inalcanzable para otros que, obligados, debieron quedarse a hacerle frente. Para gran parte de los colombianos la patria se convirtió en un espejismo, y requería ser refundada mediante la fuerza propia de un Estado represivo. Así, la propuesta de mano firme y corazón grande de Álvaro Uribe surgió como una redención. Lo que jamás imaginamos fue que el horror también se reinventaría. Hoy lo conocemos más. Hoy sabemos que es el político más popular y controversial de los últimos tiempos. Que es un genio en manejar y dividir masas incautas. Que cada uno de los términos que emplea busca un efecto concreto. Días atrás, radicando un proyecto de ley para el aumento del salario mínimo, comenzó a hablar de “economía cristiana”. Una clave poderosa que pronto estarán coreando por el mundo sus seguidores.

berthicaramos@gmail.com

Imagen de sandra.carrillo

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