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Columnas de opinión
Actualizado hace 1 años

Dos malos argumentos

Dos posturas revivieron después de la muerte de Martín Elías, el joven cantante vallenato fallecido en un accidente automovilístico: la primera, una supuesta herencia maldita que las personas deben cargar durante toda su vida a causa de las acciones reprochables cometidas por sus antepasados; la segunda, que el comportamiento de los artistas es más importante que su obra.

Por supuesto, ambas opiniones no son solo erradas, sino mucho más bárbaras que lo que pretenden combatir. 

La adánica idea de que el castigo por un crimen debe trasladarse a la descendencia del criminal es fanática, supersticiosa y rayana en la estupidez. Uno supone que este tipo de razonamientos fueron propios de sociedades perdidas en la historia y que la sofisticación de las ciencias sociales –entre ellas la jurídica– los había dejado a un lado para siempre. Pero, ¿qué se puede esperar de un mundo en el cual siguen pululando las decapitaciones y los linchamientos? Estar en el siglo XXI no nos exime de la bestialidad. Así que, voces supuestamente ilustradas abogaron por la ilegitimidad del dolor causado por la muerte del artista, en virtud del crimen por el que fue juzgado y condenado su padre –el cual purgó en la cárcel durante el tiempo que la justicia le dictó–. 

Y claro está, surgió de nuevo, en las mentes de quienes están desesperados por parecer políticamente correctos, la tesis de que una obra de arte debe ser proscrita si su autor no tiene el alma impoluta y las manos limpias de sangre. Pretenden con ese argumento justificar una condena distinta de la penal (moral, tal vez) a los responsables de la muerte de Doris Adriana Niño, la mujer que pereció por una sobredosis de cocaína en el lugar donde departía con Diomedes Díaz, y cuyo cadáver fue tirado en una zanja. Según un sector del feminismo bogotano, ese episodio basta para que la obra de Diomedes sea borrada para siempre de la historia de la música popular colombiana, separada de la tradición, proscrita, olvidada. 

Esta manera de argumentar niega el precepto según el cual el valor estético y social de una obra de arte debe ser juzgado solamente a partir de los factores implícitos en ella, separados de la biografía de su autor, de sus acciones y de sus ideologías. Si fuera correcto renunciar a una obra de arte como protesta por el crimen de su autor, una gran parte del acervo cultural de la humanidad estaría perdido y ya no sabríamos qué música compuso Wagner, el antisemita; Michael Jackson, el depredador de niños; James Brown, el maltratador de mujeres. Eso sin contar con los misóginos declarados de la literatura y la filosofía: Nietzsche, Balzac, Freud, Schopenhauer, Ortega y Gasset, Picasso, Kierkegard, Moliere y Dostoievski, entre cientos. 

Los ‘defensores de las causas justas’ responden que Wagner fue un genio, y Diomedes, en cambio, un corroncho cantante popular. Eso le da a la proscripción otro tinte, otro tufillo. Pero esa es otra discusión en la que también tienen todo que perder.

Jorgei13@hotmail.com
@desdeelfrio

Imagen de cheyenn.lujan
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