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Columnas de opinión
08 Junio 2017

Doble moral

Si hay algo que parecería gustarle a Donald Trump es demostrar que él hace lo que le viene en gana, hasta ser el presidente de Estados Unidos de América. Aunque su carácter está peligrosamente distante del perfil de jefe de Estado que exige la nación más poderosa del planeta en estas épocas de incertidumbre y de violencia desatada, su talante megalómano, autócrata, manipulador, narcisista, fanático e irascible quizá sea la herramienta perfecta para inmortalizarse de una manera que no han logrado sus predecesores. Si las cosas siguen el curso al que las ha ido llevando Trump, algún día será nombrado como la persona que instó a una nación cuyos valores estaban en decadencia, a asumir el que, a criterio de muchos, es su rostro más real; un rostro adverso a los elevados propósitos que afirma salvaguardar esta nación, pero efectivo para mover su economía: la falta de ética. En oposición a los movimientos altruistas y de respeto por los derechos humanos que se multiplican en el mundo actual, parece que tanto Trump como los millones de americanos eufóricos que lo eligieron y se declaran partidarios de sus políticas de mano dura estaban ansiosos por liberarse de la alta cuota de decencia que le ha sido demandada a su país. 

En efecto, pese a autoproclamarse defensores de la democracia y de los derechos y libertades públicas, ya desde mediados del siglo XX los Estados Unidos de América comenzaron a desplegar controvertidas estrategias conforme variaban sus intereses en distintos puntos del planeta. De ahí que la doble moral –ese juego que consiste en aparentar que se tienen ciertos valores, aunque en realidad no se tengan, o lo que es igual, predicar, pero no aplicar– haya sido la constante en cada una de las intervenciones belicosas que realizaron a lo largo de la historia reciente. Ciertamente no se trata de desconocer los enormes logros de un pueblo que, sin duda, ha desempeñado un papel importantísimo para la humanidad entera, aunque todos sabemos que esa doble moral ha sido una política concertada, en mayor o menor escala, por sucesivos gobiernos con el objetivo de fortalecer sus ambiciones capitalistas; pero eran, de alguna forma, políticas de reserva, de sombras, de tapujos. Hasta que apareció Donald Trump. El ególatra capaz de reconocerse a las claras autónomo para manejar sus relaciones con el mundo conforme a sus provechos y a su reverenda gana. Levantar un muro en la frontera con México, o retirarse del Acuerdo de París son políticas desafiantes, además de desvergonzadas, que van definiendo el nuevo semblante de la nación, semblante que ha comenzado a ser adoptado por el sistema bancario-financiero como su perfil más legítimo. El paso definitivo en la oficialización de esa doble moral acaba de darlo por estos días el Banco de inversiones Goldman Sachs, al comprarle al gobierno de Nicolás Maduro bonos de Pdvsa por valor de 2.800 millones de dólares.

berthicaramos@gmail.com

Imagen de said.sarquis
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