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Columnas de opinión
13 Octubre 2016

De hombres y perros

Ni los catorce años vividos al lado de mi Preciosa –la mascota que acabó por comandar el clan familiar– me forzaron a observar con tanto detenimiento la índole de los perros, como lo ha hecho últimamente el comportamiento de los hombres. El hombre encuentra en el perro contemporáneo una manera de entender al animal que yace en él y define su relación con los demás humanos. Me refiero al perro actual, lejano de los criollos de mi infancia, que se halla en el apogeo de su proceso evolutivo y pareciera transformarse de perro en un Ser perruno. En ese entonces, el fiel amigo del hombre que solía llamarse Laika, Bandolero o Capitán, dormía enroscado en el patio a la sombra de los árboles y tomaba sopa de arroz o roía huesos reales. Ahora la cosa es distinta; hoy se llaman Mario Alberto Remolina Del Castillo o Chachi Piña Pocaspulgas, y, además de compartir la cama con la familia, deben ser alimentados de acuerdo con la minuta que provee la industria de concentrados, mientras calman sus instintos naturales royendo huesos de cuero o de vulgar polipropileno. Los perros actuales son éticos y peléticos, ecuánimes y altruistas, comprensivos, confidentes y discretos; son una especie de álter ego depositario de comportamientos que otrora eran privativos del ser humano, razón por la cual comienzan a despertar una subrepticia admiración que conduce poco a poco a la dependencia. Circula entre los hilillos de la red la relación que tuvo Schopenhauer, el gran filósofo alemán señalado de colérico, rencoroso, pesimista, ególatra y prejuicioso, con su perrito llamado Butz –en realidad una tanda de mascotas a las que llamó Butz sucesivamente– con quien pudo establecer vínculos afectivos imposibles de lograr con individuos de su misma especie; y es sabido que si Butz lo hacía enojar, Schopenhauer lo tildaba de hombre con el propósito de ofenderlo. No es extraño que lo hiciera. Aunque el viaje evolutivo que desarrolló la inteligencia acabó por equiparnos con un alto grado de afabilidad indispensable para la supervivencia –el mismo que nos permite desplegar estrategias seductoras para acceder al poder– es un hecho que las particularidades más abyectas de los hombres acaban por imponerse cuando se sienten amenazados, y, tratándose de ambiciones políticas, una lava de pasiones nauseabundas puede brotar de sus entrañas.

Los recientes debates presidenciales de la campaña electoral en los Estados Unidos, cada vez más parecidos a la impúdica política tercermundista, muestran la degradación vertiginosa que aqueja a la sociedad norteamericana. Porque es palpable que un comediante perverso como Donald Trump, propagador de las ideologías fascistas fundamentadas en el miedo y la amenaza, no podría considerarse presidenciable como no sea por voluntad del pueblo que lo respalda. Un espectáculo asqueroso que empieza a acortar distancias entre el primer y el tercer mundo.

berthicaramos@gmail.com

Imagen de Anónimo