Columnas de opinión |

‘Compliance’

“La vida imita al
arte mucho más que
el arte imita a la vida”.

Todos hemos experimentado en carne propia la sensación de abuso, rabia e impotencia cuando enfrentamos un oficial de inteligencia mediana ubicado en un cargo de poder. Cuando dicho oficial resulta un farsante o un psicópata, los hechos caen dentro del marco de lo absurdo, lo surrealista, lo inconcebible.

Si el libreto de Compliance se hubiera presentado como no ficción nos habría parecido exagerado, fuera de cabales, porque algo así no puede suceder en la vida real. Sin embargo aconteció en un McDonald’s en Kentucky, Estados Unidos, en 2004, y se dice que ocurrieron 70 casos similares en otros establecimientos. Es precisamente lo inverosímil del caso lo que da valor real a esta película, escrita y dirigida por Craig Zobel, ganadora de varios premios internacionales.

Su presentación en Sundance 2012 dio mucho que hablar, y el hecho de que tantas personas abandonaran la sala creó aún mas misterio  alrededor de la cinta.  La historia se desarrolla en un restaurante de comida rápida. Es un día viernes como cualquier otro a la hora pico. La supervisora parece asumir su función de mando con extremo compromiso debido a problemas que se presentaron el día anterior, hecho que los empleados no toman muy en serio; al fin y al cabo la vida real, para ellos, está fuera de ese recinto. Los diálogos superficiales dejan entrever  la monotonía y la apatía ante otro día mas de trabajo.

De repente entra una llamada telefónica con una voz autoritaria. Se trata supuestamente del oficial Daniels (Pat Healey) de la policía local, quien informa a Sandra (Ann Dowd), la supervisora, que una de las empleadas, Becky (Dreama Walker), ha cometido un robo a una clienta que puso su cartera sobre el contador mientras realizaba su pedido. Menciona además tener un video que comprueba los hechos, y ordena mantener a la acusada recluida en la oficina del establecimiento hasta que la policía se haga presente.

De ahí en adelante siguen una serie de  instrucciones suministradas telefónicamente. Con voz calmada pero imperativa y despótica, el supuesto policía va manejando a los empleados a su antojo, dirigiéndolos hacia la ejecución de hechos cada vez mas humillantes, absurdos e inadmisibles, que recuerdan los estudios psicológicos de Stanley Milgram (1963) después del juicio y ejecución de Adolph Eichman para medir los niveles de obediencia frente a la presencia de una figura autoritaria.

Los actores son tan convincentes y las escenas tan reales que sentimos en nuestra piel la incomodidad que ellos sienten, como empleados, como compañeros de trabajo y como amigos de la acusada. Mientras las papas se fritan y el pollo se consume seres pertenecientes a una sociedad alienada ven como se derrumban sus principios de lealtad y honestidad ante el fantasma del poder. Y seguimos pensando ¡No puede ser!

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