Columnas de opinión
Actualizado hace 4 meses

Ficción

Hace unos días, en medio del infinito agobio por las noticias de la realidad colombiana, me sentía en un callejón sin salida. Un bebé muerto a tiros en un atentado a sus padres, un cineasta asesinado, un antropólogo asesinado, un joven médico rural asesinado, un excombatiente asesinado –y castrado– y este conteo absurdo de atentados a los líderes sociales por toda la geografía colombiana. Me preguntaba cómo habíamos sobrevivido a todos los malos tiempos y no estaba segura de poder encontrar la respuesta. Por coincidencia o magia, no lo sé, caí en un conversatorio del escritor John Jairo Junieles. Había llegado a Cartagena para cumplir uno de sus compromisos con el programa Leer el Caribe y fue invitado a un dialogo con el periodista Orlando Oliveros para hablar sobre su biblioteca personal.

Asistí motivada por esa militancia que significa la amistad, pero el desazón que me acompañaba se revelaba en la manera en la que habitaba mi cuerpo, en ese sin sentido que significa la experiencia vital de la gente triste, en cada nuevo titular, en la sensación caótica que genera el absurdo nacional, y entonces lo entendí. Mientras Junieles revelaba los títulos y autores de su biblioteca, comprendí que este mundo no se puede digerir sin la ficción.

Antes, hace ya varios años, leía con disciplina y gusto, pero la noche en que me leí el informe de la masacre de Bahía Portete cometí el error de creer que era más apasionante y más responsable leer informes, sentencias, crónicas y entrevistas. Atrás dejé a Yukio Mishima y a Dostoievski, que fue la última literatura de ficción de aquellos días, y valoré de mejor manera las películas que decían estar basadas en hechos reales. Pero ese día, allí, escuchando al escritor recorrer anécdotas de libros robados, me di cuenta que demasiada realidad es insoportable y que la ficción no es una forma de huir del mundo que nos rodea, sino una forma de ganar elementos para digerirlo. 

Son tiempos difíciles, de los que no podemos ni debemos escapar. Tener consciencia sobre lo que nos acontece es necesario, pero una larga cuenta de cobro nos pasan tantos años de guerra sobre nuestra salud mental, mientras la actualidad nacional no nos muestra la salida. Cuando Boris Cyrulnik habló de resiliencia, también señaló que en la creatividad estaban nuestras posibilidades para encontrar herramientas para enfrentar de mejor manera los eventos traumáticos. La pintura, la escritura, la música, el teatro, el arte con sus múltiples representaciones y todo su potencial creativo, nos salva. 

Quizá lo peor es que somos conscientes de que nos movemos en el vórtice de tiempos peores. La resistencia no depende de la valerosa fuerza de mantenernos de pie ante la adversidad, no solo de eso, depende también de que no perdamos las ganas de vivir en un mundo que tal vez no merece ser vivido. Ante el desencanto hay que buscar refugio en los atardeceres, en la risa de los buenos amigos, la caricia amorosa, y siempre, siempre volver a la ficción. Solo así, alguna vez, cuando todo pase, podremos escribir las memorias de cómo sobrevivir a Colombia y no volverse loco en el intento. 

@ayolaclaudia
Ayolaclaudia1@gmail.com

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