El Heraldo
Opinión

Arrollar el idioma

Si los periodistas no entendemos ni respetamos el idioma, ¿entonces qué se puede esperar del resto?

Esta semana leí un editorial de El Espectador que se refería en tono reprensivo a errores de redacción “incomprensibles” publicados en días pasados en dicho diario de circulación nacional. Lo que Fidel Cano Correa, quien recibió el Premio Simón Bolívar 2022 a la Vida y Obra de un Periodista, califica como un trato “vergonzoso” que le dieron al idioma es el reflejo de una tendencia que cada vez más se apodera de la lengua escrita y oral, y que, lejos de ser un asunto que solo involucra a desentendidos del español o gente con un nivel educativo apenas básico, es un germen que también ataca a periodistas y a medios de comunicación, que con sus faltas ortográficas desvirtúan el carácter ya casi extinto de la prensa como referente confiable para hablar y escribir bien. 

¿Dónde están los redactores?, ¿entienden ellos su misión? ¿Dónde están los correctores de estilo? ¿A dónde se fueron los redactores jefes? Quienes solemos observar detalladamente la forma en que se emplea el español en todos los escenarios y plataformas existentes nos preguntamos eso cada vez que nos damos cuenta de cuán descuidado es el uso que se le da al castellano, sin importar la pérdida de sentido o la incoherencia que ello pueda llegar a representar. 

Los signos de puntuación son vistos como un adorno. La coma, por ejemplo, es mal entendida como una “pausa” que debe hacerse para “descansar” durante la lectura de un texto cuando sus líneas se tornen muy extensas; lo cual es un completo error. De ahí que se escriban comas por doquier, cercenando el vínculo que debe existir entre sujeto y verbo, y cortando así la acción que ello supone. No de gratis, a esa coma que interrumpe la secuencia natural de una oración se le denomina ‘coma criminal’ o asesina. Que la gente del común cometa ese “crimen” es admisible. Pero ver en titulares de prensa cómo atropellan el idioma casi a diario es más que reprochable.  

La inmediatez que demandan las plataformas digitales para producir y difundir información no es una excusa válida en la cual refugiarse y minimizar las fallas de redacción. El reto que tienen las escuelas de Comunicación Social-Periodismo es gigantesco hoy, cuando la mayoría de los jóvenes asumen el proceso de emitir mensajes como algo que no requiere de mucho detenimiento ni de revisión. La sociedad del espectáculo sobre la que escribiera Guy Debord en la segunda mitad del siglo XX sigue vigente y se reafirma con mayor fuerza en el mundo actual, en el que la objetividad y el rigor periodísticos son más un objeto de duda que de certeza. 

La ortografía y la gramática, vistas por una buena parte de los más de quinientos cincuenta millones de hispanohablantes tal como un niño ve a las hermanas de Cenicienta, no pueden estar en segundo plano dentro del ejercicio que encaran los medios de comunicación. El director de El Espectador tituló su sensata autocrítica: «Escribimos remezón con “s”, arrolló con “y” y veto con “b” de burros». Si los periodistas no entendemos ni respetamos el idioma, ¿entonces qué se puede esperar del resto? 

@cataredacta

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