El Heraldo
Opinión

¡Amemos y ya!

¿Qué le falta al mundo para ser perfecto? Sería más sencillo decir qué le sobra para no serlo. 

Porque tenemos a la mano toda clase de ejemplos en los que el ser humano desdice de su humanidad. El reciente caso del padre que reconoció y después negó haber matado a su hija de escasos 18 meses es apenas un ápice de todo lo malo que nos define y nos aprehende como sociedad, en un mundo en el que todos dicen “amar” a todos, pero pocos son capaces de reconocer en el otro el verdadero valor de la vida, porque fuera de sí mismos pareciera no existir nada más. 

Tras conocerse el paradero y el penoso estado del cuerpo sin vida de Sofía, a su papá le ‘cayó’ la madre por montones… La madre, esa que mentamos con tanta frecuencia cuando experimentamos impotencia, rabia, indignación, frustración, entre tantos otros sentimientos que están a millones de kilómetros de distancia de ese término que habla de nuestro origen más sagrado. 

«Amor» viene del latín amare, que significa «amar». ‘Amma’ es la expresión infantil de la que proviene la palabra madre, la misma que da sentido al amor, sentimiento que este año ha sido más que necesario. Porque el 2020 llegó para convertirse en el incierto escenario de múltiples desafíos para todas las personas, sin excepción. Y uno de esos retos ha sido, justamente, amar.  

El nuevo coronavirus, ese enemigo sin rostro que aún nos acecha a todos (quién sabe hasta cuándo), le ha quitado la vida a más de un millón de personas en el mundo; al igual que el hambre de poder, la codicia, la corrupción y el egoísmo, que empequeñecen a tantos mientras creen ser cada vez más grandes. Y si algo nos ha mantenido en pie de lucha, antes que la esperanza de una vacuna o de un mañana más certero, es tener a quienes amar y por quienes ser amados. 

No creo que la razón por la que nos hemos cuidado tanto durante todo este tiempo sea porque se trate de una “obligación”. No creo que seamos tan irracionales como para desechar la vida, con sus alegrías y tristezas, sus días grises y soleados; bella, al fin y al cabo. No creo que no nos alcance el corazón para darnos cuenta de que estar aquí es ya una fortuna. No creo.

Creo que, así como el amor, venimos de una raíz más amable. Y a ella tenemos que volver. Que no nos baste con expresar “amor” en las redes sociales a objetos, cosas o pedazos de algo que finalmente no valen nada. Que no nos baste con el número de ‘me gusta’ que obtenemos con cada publicación que hacemos en Instagram, Facebook, Twitter u otros para saber cuán “amados” somos. Que no nos baste con pensar que nuestra familia sabe cuánto la amamos porque es “lógico” u “obvio”.

Este año, la Navidad nos encontró con la incertidumbre a flor de piel y el mismo temor de hace meses a los abrazos. Más que un tiempo para dar regalos, este debe ser uno para pensar o, mejor, repensarnos como humanos, como hijos, como padres, como hermanos, como amigos, como todo. Un tiempo para enfrentarnos a nuestros demonios, y reconciliarnos con el amor; para encontrar en ese sentimiento multiplicador de la vida la solución a todos los males… La cual no es otra que amar.

@cataredacta

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