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Actualizado hace 1 meses

Carta a un desconocido

Como bien sabes, leer y escribir son actividades correlativas. Lectores y escritores trabajan en colaboración; los unos existen en función de los otros, y viceversa. 

Parto de esta elemental premisa para dejarte en claro que esta carta está dirigida a ti; sí, a ti, independientemente de que seas un lector que se limita a ser lector o un lector que se extiende a escritor, ¿de acuerdo?

Sé que llevas años aplazando el momento de proporcionarte un retiro, parcial o total, a fin de consagrarte a tus libros (los pendientes de leer o escribir). A veces te dices que todavía eres muy joven y que ya habrá tiempo para ello; otras, que dejaste pasar la edad adecuada y que es ya demasiado tarde. Pero el escozor que el incumplimiento de este anhelo te produce en el alma no te abandona un instante, y antes diríase que es cada vez más ardiente. Por eso sabes que se trata de un auténtico llamado al que simplemente no te has atrevido a responder.

La razón de esta carta es precisamente para motivarte a que de una vez por todas le cortes las 10.000 cabezas a la procrastinación. Acaso enterarte de algunos casos ilustres e inspiradores del pasado te sirvan de poderoso estímulo para ello. 

Quevedo –el gran poeta del Siglo de Oro español, cuyos versos debes de conocer– tomó por costumbre hacer frecuentes retiros en la apacible población de Torre de Juan Abad, algunos de los cuales de hasta dos y cuatro años. Lo hizo desde que tenía 30 y hasta la misma edad de su muerte ocurrida a sus 65. Allí, como lo señaló en una carta, vivía para sí mismo todo el día, “y en Madrid ni para sí ni para otro”, y, tal como lo testimonió en un soneto memorable, se entregó en paz a la lectura y a la escritura, con la plena convicción de que, pese a que las horas son fugaces, no hay ninguna más feliz ni más provechosa que aquéllas que dedicamos a “la lección y estudios”. 

Otro gran artista literario (que, si bien bastante mayor, fue contemporáneo de Quevedo, y muy admirado por éste), Michel de Montaigne, tuvo que hacer grandes esfuerzos para cristalizar su retiro, que era reclamado por una obra que sería imperecedera; desde 1571, a sus 38 años, lo intentó varias veces y durante tales tentativas pudo ir sacando adelante, volumen tras volumen, la gran obra, hasta que por fin, 15 años después, logró acogerse por completo y por siempre a la soledad de su propio castillo. Fue entonces cuando escribió, en un lapso de dos años, el tercer y más valioso volumen de sus Ensayos.

Casi tres siglos después, y también en Europa, hete aquí el caso de alguien que tomó la decisión crucial que nos ocupa a una edad todavía más temprana, una edad que, para la época actual, resulta incluso casi la de un jovencito. Me refiero a Flaubert –cuya magistral Madame Bovary no dudo que hayas leído–, quien, en 1851, a los 30 años, se encerró de manera definitiva en la casa de campo familiar de Croisset, al norte de Francia. Este hecho le permitió justamente dedicarse en cuerpo y alma a escribir, a darle forma y a pulir hasta la obsesión su obra maestra: la novela que acabo de mencionarte. Tal consagración le haría escribir a Borges que Flaubert “fue el primer Adán de una especie nueva: la del hombre de letras como sacerdote, como asceta y casi como mártir”.

Espero, pues, que estos ejemplos te den el impulso y la energía necesarios para no darle más vueltas a ese secreto y hondo deseo que tienes de entregarte a la literatura como a una orgía perpetua, para usar una expresión del propio Flaubert. “Recógete en los libros”, te insisto, con las palabras de otro gran escritor, Raúl Gómez Jattin. “La poesía es la única compañera / acostúmbrate a sus cuchillos / que es la única”.

 

Imagen de sandra.carrillo

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