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Columnas de opinión
Actualizado hace 13 dias

La cara del santo

Entrevistado hace poco en Barranquilla, y ante la insistencia de sus entrevistadores en hablar de la posición adoptada por él años atrás frente a la conformación de parejas del mismo sexo –cosa que calificara con un áspero adjetivo–, el exsenador Roberto Gerlein sostuvo “en el código de derecho canónico se dice que el matrimonio tiene dos propósitos: primero, el importante, la procreación; otro, el secundario, el remedio a la concupiscencia”. Fueron muchas las personas que no le creyeron al exsenador Gerlein la mayor parte de las cosas que afirmó, o que negó, haciendo gala de un verbo curtido y penetrante, en dicha entrevista. Pese a todo, habría que reconocer que su talante natural de político sigue intacto, como también su habilidad para pasar de un tema a otro, su mordacidad para enfrentar los cuestionamientos que pesan sobre su largo ejercicio como congresista, y su innegable ingenio para asumir ciertas verdades que nos conciernen a todos los humanos. A pesar de haber manifestado entonces su rechazo al matrimonio homosexual, en sus recientes declaraciones parece haber una gran dosis de entendimiento hacia una propensión, tan humana como irracional, como es la concupiscencia. Si bien la teología cristiana llama concupiscencia a “sentir deseos no gratos a Dios” relacionados tradicionalmente con el comportamiento sexual, en un concepto más general ha sido definida como “deseo de los bienes terrenos y, en especial, apetito desordenado de placeres deshonestos”. Desde la perspectiva de cualquier ciudadano del común, que ha sido espectador del comportamiento de la clase política colombiana, es coherente y, además, comprensible, la discreta avenencia del exsenador Gerlein con ese apetito desenfrenado que sienten los hombres por los bienes materiales. Por supuesto, no es fácil admitir que los deseos desaforados nos acechan a todos bajo cuerda; y puede que sean distintos en proporciones y en intenciones, pero, ahí están, ofreciendo diariamente un abanico de placeres a la mísera existencia. De ahí que, como integrantes de una sociedad que aprendió a disimular a toda costa la tolerancia con el delito, y a encubrir un estilo de vida proclive a las acciones indecentes, practicar la doble moral, –o actuar de dos maneras distintas frente a una misma situación– es un recurso heredado y casi de uso obligatorio. Por tanto, la concupiscencia, cuya panacea legal –el matrimonio– sabemos que a la postre resulta infructuosa, acaba perteneciendo al reino de lo secreto.

Creo yo que en esto estriba la curiosa polémica suscitada en torno a la restauración –en Soledad, Atlántico, donde la concupiscencia quizá se salió de madre precozmente– de San Antonio de Padua. Todo indica que la pérdida del aura angelical causada por los retoques coloridos y epicúreos de un artista, reveló en la cara del santo, la misma que hace el milagro, un genuino atributo humano del que no queremos saber los colombianos.

berthicaramos@gmail.com

Imagen de jesika.millano

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