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Columnas de opinión
Actualizado hace 2 meses

¡Arden las redes!

La semana pasada publiqué un artículo que causó gran impacto. Centenares de likes, multitud de visionados, enorme repercusión. Tuve la desdicha de que una o dos páginas que se ganan la vida publicando las noticias más sensacionalistas que encuentran se hicieron eco de mi artículo y de ser un texto de opinión en tono de humor lo transformaron en un escrito serio y de ánimo denigratorio. Todo esto mediante el recurso de la descontextualización.

Inmediatamente una multitud se abalanzó sobre mí diciéndome en comentarios, tweets y hasta mensajes privados toda clase de insultos. Gracias a Dios, la gran mayoría demostró un mínimo de comprensión lectora y percibió el ánimo burlón del artículo, pero otros no. Supongo que movidos por haberse limitado a leer los párrafos sacados de contexto de la web o, como me dijo un señor, a causa precisamente de no haber leído mi artículo. Los hubo que me acusaron de ser un costeño acomplejado, otros de ser homosexual, otros de haber perdido una novia a manos de algún local. Una persona me acusó de no aportar estudios y encuestas. ¿Las hay sobre la fealdad? En un momento dado se apoderó de la red un trío de señoritas que, presas del furor y acompañando sus palabras de multitud de improperios (los cuales hube de corregir en sus faltas de ortografía) dedujeron que yo insultaba a las mujeres, promovía el turismo sexual y maquinaba para trasladar a las colombianas a España, cual si de moderno Rapto de las Sabinas se tratara. Especialmente divertidos fueron los que me dijeron que yo no podía hablar de la belleza masculina costeña porque yo no soy guapo. Bien es sabido que para hablar de la belleza hace falta ser bello. Será por eso que nadie opina de la inteligencia.

Más allá de que esta experiencia me haya demostrado lo frágil que es la supuestamente fuerte masculinidad de muchos (alguien seguro de sí mismo no responde con insultos a una parodia), así como el tremendo complejo de inferioridad de no pocos (que asumieron mi columna como una crítica a la Costa sin leer la segunda frase del artículo en la que incluyo a toda Colombia sin distingos), me reconozco impresionado. Llevo una buena temporada escribiendo sobre el populismo y sobre como el mismo se construye sobre la cada vez mayor insensatez popular. Pero jamás había asistido a mi profecía en persona. ¿Qué tipo de sociedad es esta en la que se opina sin leer y en la que, de tan poco que se lee, la capacidad de comprender lo leído es inexistente en tantos? Multitudes que se informan en webs sensacionalistas y que después actúan, votan y viven merced al más perfecto vacío intelectual.

Por no hablar del nulo conocimiento que percibí que se tiene de en qué consiste la libertad de expresión. A riesgo de ponerme académico, y sin ánimo de sacar a pasear una larga lista de liberales que va desde Voltaire hasta Popper, me permito recordar que la libertad de expresión no es tolerar lo que te gusta, sino precisamente lo que no te gusta. Si no fuera así, ¿qué mérito habría? Ardieron las redes, sí. Como profesor que soy me entretuve contestando y corrigiendo a no pocos, pero no me engaño: la profetizada idiocracia ya está aquí. Y ha venido para quedarse.

@alfnardiz

Imagen de cheyenn.lujan

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