El titulo es:Aquel viejo motel

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Columnas de opinión
Actualizado hace 2 meses

Aquel viejo motel

Para dos enamorados el lugar es el momento. No todo el mundo tiene la dicha de Ulises y la ninfa Calipso, quienes, para ser felices con el bello pecado del mundo, contaban con toda la isla de Ogigia para ellos solos. Pero la necesidad agudiza el ingenio, y pocas necesidades son tan agudas como las de dos tortolitos que ya no quieren creer en Cristo ni en miradas indiscretas. 

Un impulso inmemorial de los novios es aquel que gorjea Armando Manzanero: “Como todos, procuramos el momento más obscuro, para hablarnos, para darnos el más dulce de los besos, recordar de qué color son los cerezos, sin hacer más comentarios, somos novios”.

Si no hay oscuridad ni luna desentendida, al menos un retiro coqueto y apartado. Pero eso era más fácil en los tiempos rurales y bucólicos de antes. En muchos cantos de nuestro folclor se aprecian las propiedades de un buen árbol: “Debajo del higuerón, donde siempre te esperaba, allí me diste tu amor, yo también mi amor te daba”. También encima: “Recibió un beso Martica, primera vez en su vida, sobre la balsamina, del patio de Bertilda”. Y Los Corraleros de Majagual –cuyo nombre ya parece un verso del Siglo de Oro– nos hablan de los sabanales y ese “árbol del patio, que es donde tú reposas cuando calienta el sol”. Y no solo reposa: “Como aquella tarde que estuve allá, como aquella tarde que me besó, como al día siguiente que amaneció, bésame como tú sabes besar”. Pero a veces ni falta el árbol: “Quiero sentarme contigo en la yerbita, y decirte despacito quién sabe cuántas cositas”. Y una cosa lleva a la otra: “Quiero sentarme contigo en la yerbita, y no creo que te molestes si te beso en la boquita”. 

El lugar es el momento. La vez que, por fin, ya septuagenaria, Fermina Daza se dio un beso con Florentino Ariza en la puerta de su camarote, arrebolada por un repentino pudor juvenil le dijo: “¡Dios mío, qué loca soy en los buques!”. Pero, sin duda, en el mar la vida es más sabrosa y nada hay como una boquita salá: “La brisa tropical, a orilla de la mar, le da un rico sabor a tu boquita… La impregna de la sal, le da sabor sensual, que invita a saborear…tu boquita”. Y el muelle de Puerto Colombia fue el cómplice mayor de los corazones barranquilleros. 

Sin embargo, ahora para los citadinos es mucho más difícil encontrar esos espacios libres y románticos. Por eso emergió entonces la justa y equitativa institución de los moteles de amor. Su centralidad en la vida urbanita tiene audaces reflejos en el idioma: el nombre es “motel”, pero deriva alegremente en “motelear”, “moteleando” y “moteleada”. Y no por más lujoso, sino entre más viejo y destartalado, entre más haya costado juntar las monedas para pagarlo, mucho más romántico es. “Aquel viejo motel, de pobres luces, de todos el peor… como palacio lo creía nuestro amor”... 

Hoy el canto de las sirenas de Ulises sería otro (¡Pague 2 horas y goce 3!). Pero esos viejos moteles, testigos de tantos descuidos y dulces abismos, aún son el lugar y el momento más bello en los recuerdos.

Imagen de JoshMattar

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