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Opinión

Incultura ciudadana

Ya en el pasado hemos dedicado varias columnas a este comportamiento degradado del costeño,  pero seguiremos insistiendo. No nos cansaremos. No puede ser que seamos una comunidad humana, los costeños, típicamente ausentes de las más elementales normas de lógica convivencia, de simples actos de respeto y cortesía para los semejantes, de una urbanidad intrínseca en la idiosincrasia que nos heredan los ancestros. No, la modernidad nos ha vuelto más groseros, más corronchos, más déspotas, más despreciativos, más arrogantes, creyéndonos que somos siempre los primeros para todo, que tenemos que ser los de no esperar y los otros que esperen en todos los actos de la vida, a cada momento y en toda circunstancia.

En las dos  últimas semanas nos ha tocado presenciar tres casos estúpidamente ilógicos que corroboran nuestras apreciaciones anteriores: El primero, cuando una elegante dama, en elegante automóvil, en elegante envoltorio como vestido, en un barrio llamado elegante y con unas gafas oscuras modernas que ella suponía superelegantes, ella, joven ligeramente agraciada, en una esquina baja la ventana de su auto y sacando la mano bota en la mitad de la calle una bolsa arrugada de cualquier cosa. El segundo caso es cuando tuvimos que intervenir ante un grupo de jóvenes que se estaban burlando de un anciano enfermo que cruzaba la calle y ante nuestros requerimientos se fueron huyendo supuestamente por cobardes y porque se debieron avergonzar de sus polémicas soberbias. El tercero, cuando un señor en el barrio El Recreo, en  plena lluvia ante el semiarroyo, sacó un colchón de hace un siglo y lo arrojó y lo empujó aguas abajo.

En el primer caso cuando alcancé a la dama y emparejé los autos y le hice señas de lo que había hecho, sencillamente encogió el segundo y el cuarto dedo de su mano izquierda, el índice y el anular y me hizo la seña plebe. En el segundo caso los muchachos alcanzaron ya un poco lejos a gritarme viejo sapo, y en el tercer caso cuando me di la vuelta a la manzana para increpar al que botaba el colchón alcancé a verlo tratando de arrojar también una caneca de basura y ante mi comentario en voz alta me dijo escuetamente: ¿Acaso me estoy metiendo contigo?

Son casos elementales, pero diarios. No podemos saber por qué el costeño tiene ese ADN de rebeldía contra la norma, cualquiera que ella sea. Hay un sentido innato de desobedecer a todo lo que se ordena porque el YO, así con mayúscula, es más fuerte que el acatamiento a la disciplina, al orden, a la convivencia, al respeto. Algo tenemos que hacer porque  cada día más  somos más salvajes y lo observamos y lo sentimos en cada esquina. Como el Ministerio de Educación tuvo la brillante idea hace unos años de suprimir en el bachillerato las cátedras de Civismo, así como incomprensiblemente las de Historia y Geografía, entonces la comunidad particular del país,  sin  ningún Ministerio dando órdenes o haciendo estupideces, que actúe, inicie la formación de cultura ciudadana, con la colaboración de estamentos, asociaciones y agremiaciones, de colegios y universidades. ¿Les llama la atención la idea? ¿Por qué no nos dan su opinión a través de las páginas de EL HERALDO?  Gracias.

Columna de opinión - Columnista - opinión -

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