Columnas de opinión
Actualizado hace 1 meses

Un dulce y una lata

El cuadro no podría ser más dantesco. Cientos de personas yacen con hambre y sed bajo un inclemente sol en una cuadrícula enrejada cerca de unas vías de tren. Una madre suplica agua para el hijo que carga en sus brazos mientras otra llora desconsolada la asfixia accidental de su bebé. Quería ocultar su llanto de las botas que los buscaban y lo apretó muy fuerte. Es Polonia en 1940. Los nazis van a desocupar el gueto judío. Las vías del tren conducen a Treblinka. Los que se sobrevivan a las rejas para embarcarse en los vagones no volverán. 

En medio de ese bosque de cuerpos inmóviles se pasea un niño con una bandeja de madera sostenida por el cuello. El mozalbete ofrece dulces a un precio exorbitante, casi absurdo, como absurdo es lo que lo rodea. Un padre de familia lo llama y le compra, luego de sacudir todos los bolsillos, una minúscula barra que en condiciones normales no sería más que un bocado. El padre saca una pequeña navaja y corta, con el cuidado que sus temblorosas manos le permiten, el cuadrito de dulce en diminutos pedazos, casi fragmentos, que la familia comparte y come con la dignidad y el sosiego de los que se sienten, así sea por un instante, libres.

La secuencia hace parte del filme “El Pianista”, dirigido por Roman Polanski; obra ganadora del festival de Cannes y tres premios Oscar en el 2002 por dirección, actuación y guion adaptado. La historia de Władysław Szpilman y su lucha por sobrevivir en medio de la imposibilidad que la guerra ofrecía cautivaron, y aún lo hacen, a los cinéfilos del mundo. Las casi 3 horas del filme están llenas de sublimes y dolorosos momentos cinematográficos como el citado del dulce, donde con ese gesto del padre que provee la que, lo saben ellos y lo sabemos nosotros, la última cena en familia, reivindica la solidaridad y la unión como ejes de la estoica resistencia que el oprimido le planta al opresor. Ese dulce cortado, comido sin afanes y en silencio, es más fuerte que las vías del tren. Es más fuerte que el tren mismo.

Más avanzada la historia, nuestro solitario pianista busca desesperadamente abrir una lata de pepinillos que, al resbalar de sus manos, rueda hasta los pies del oficial alemán que lo observa desde las sombras en las ruinas que sin saber van a compartir. La lata se abrirá gracias al  sonido de un ruinoso piano acariciado a la vez que golpeado por las manos de quien solo quiere sobrevivir. El oficial se lo permite y lo ayuda. Se apellidaba Hosenfeld. El pianista llora aferrado a la lata oxidada. 

Un dulce y una lata. Alimento, y por ende, esperanza. Metáfora de dignidad, de respeto, de humanidad en medio del horror. El cine es fábrica de sueños y álbum de recuerdos. Luego de la guerra Szpilman volvió a tocar en la radio polaca la misma obra de Chopin que años antes un bombardeo le cortó. Que no olvidemos de dónde venimos cuando nos pregunten a dónde queremos ir. 

Hoy es un buen día para buscar y ver esa peli.

asf1904@yahoo.com
@alfredosabbagh

 

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