Columnas de opinión
Actualizado hace 4 meses

Parranda un 26

Se celebró el pasado domingo un aniversario más del nacimiento de Diomedes Díaz. Como es costumbre, sus innumerables seguidores lo pasaron recordando su música, dichos, ires, venires y anécdotas; mismas que aun los que somos apenas unos básicos conocedores del folclor vallenato sabemos distinguir. Diomedes Díaz, firma puesta, marcó una época que será difícil ver de nuevo.

Y así como los “Diomedistas” celebraban bajo la ventana marroncita, por redes volvía a agitarse el viejo debate sobre si era socialmente aceptable el que se festejara la vida y obra de un artista que se vio envuelto en situaciones legales complicadas y dolorosas sobre las que incluso hoy subyacen dudas. Para los que no, es inaceptable que se promueva el conocimiento o consumo de la obra de artistas con pasados o presentes marcados por comportamientos o acciones penalizadas por la ley, o inmoralmente incorrectas para la mayoría. En el mismo saco meten, por ejemplo, a Woody Allen, Roman Polansky y Michael Jackson por pederastas, a Leni Riefenstahl por nazi, a Elia Kazan por delator; y bien podríamos sumar otros cuantos nombres.

Sobra dejar claro que la pederastia es un miserable delito que merece el mayor de los repudios, y que el nazismo es la peor de las ideologías posibles, culpable de 80 años de tragedias mundiales y heridas abiertas que siguen sangrando. Seguro de coincidir con quienes leen estas líneas, jamás se comulgaría con estas actitudes o maneras de pensar, contrarias tanto al ordenamiento jurídico como al desarrollo social.

Ahora bien, el goce estético que produce una obra artística es individual  y subjetivo. La interpretación que hacemos de la estimulación sensorial que nos produce una canción, una película, un poema o una escultura es tan variada como humanos existimos. Cada uno, basado en un contexto previo de experiencias acumuladas y aprendidas desde muy temprana edad, reacciona distinto. Y todas las reacciones son posibles y válidas en el entendido que no se agrede el derecho del otro a reaccionar como quiera.

Entregados entonces al goce sensorial, “La Rosa Púrpura del Cairo” de Allen es una maravillosa y conmovedora historia sobre sueños y soledades; “El Pianista” de Polansky una dramática, dura y magistral lección de vida, con escenas inolvidables como la de la última comida familiar de los Szpilman antes de subir arrastrados al tren que los llevaría a Treblinka; y por supuesto, que se puede querer volar bien lejos y sin rumbo fijo a un lugar del mundo sin odio para vivir tranquilo, como Diomedes.

Conmoverse por el arte no implica excusar al artista. Lo moral y legalmente inaceptable lo será más allá y a pesar de la obra. La obra no tiene la culpa. Y no faltaba más, que quien considere que para sí mismo es moralmente inaceptable aceptar la obra de un autor discutido, está en pleno derecho. Aquí no hay verdades absolutas sino versiones divergentes.

O bueno, verdad absoluta es que el 26 de mayo del 2020 habrá parranda…

asf1904@yahoo.com

@alfredosabbagh

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