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Opinión

Guerra por la verdad

Vuelve a ser dolorosa noticia el despido de cientos de colegas periodistas en medio de las voces apocalípticas y los dedos acusadores que los señalan como culpables y merecedores de su mala suerte en medio de una jungla llena de noticias falsas, egos insufribles, incestuosas relaciones con las fuentes,  mezquinas mediciones de productividad y, lo que es más terrible, la indiferencia de una ciudadanía que se dejó convencer barato y rápido de que la culpa era del mensajero; que el periodismo es una profesión prescindible, y que prepararse para ejercerlo carece de relevancia.

Anteponiendo la necesaria claridad de que quien firma es docente universitario en comunicación social y periodismo, he de decir con profunda convicción y convencimiento que ésta, y por mucho, es una de las épocas de la historia donde más necesario e imprescindible se hace el periodismo como profesión, oficio y modo de vida.

Porque, y sin eufemismos, vivimos en guerra. Y como en cualquier guerra, el botín sigue siendo el mismo: El poder. A ese poder se puede llegar acumulando tierras, riquezas, elecciones o posesiones. De estas últimas, la más preciada se ha vuelto la verdad. Convencer a la ciudadanía, al público, al usuario, de que acepte como verdad determinada premisa le abre autopistas asfaltadas al poder; y por ahí mismo se mete el unanimismo conceptual que nos carcome y que castiga al que se atreva a pensar distinto. La clave del poder está en plantar una versión, abonarla con dudas razonables y hacerla crecer con apariencia de verdad. 

Y aquí, tan veneno como antídoto es el periodismo. Veneno si se vuelve vocero y relacionista público del poderoso, si pierde la cordial distancia con la fuente, si se olvida de que su jefe es la ciudadanía y su meta el bien común. El periodismo como antídoto es el que levanta la voz cuando tiene que hacerlo, el que investiga, el de las suelas gastadas por tanto caminar, el que presenta los hechos sin calificativos cuando se trata de noticias y argumenta claramente el propio punto de vista cuando se trata de opinar. Y siempre, siempre, deja claro cuando es una cosa y cuando la otra.

El problema no es el oficio ni la persona. El problema está en el sistema y en aferrarse a modelos obsoletos  de negocio y de relación con una audiencia escéptica y beligerante a la que no se le advirtió a tiempo como diferenciar la verdad de la versión. El buen periodismo no dice lo que la audiencia o el rating quieran mayormente escuchar. El buen periodismo dice lo que es necesario decir, sin importar los likes o los hashtag. El compromiso del periodista no es con el aplauso. Es con el hecho bien contado.

Tenemos la obligación de insistir. El periodismo es piedra angular de la buena salud de una sociedad civilizada. En 1917 un senador estadounidense dijo que cuando llega la guerra, la primera víctima es la verdad. Hoy, en la guerra por la verdad, las víctimas son quienes pueden defenderla. 

Como sociedad no podemos permitirlo.

asf1904@yahoo.com
@alfredosabbagh

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