Columnas de opinión |

Enredados

Como lo hemos comentado en ocasiones anteriores, es claro que la irrupción masiva del internet y el abaratamiento del acceso a la tecnología digital ha cambiado la manera de informarnos, comunicarnos, relacionarnos y entender el mundo. A la pérdida de confianza en los grandes medios de comunicación producto de la incestuosa relación que los mismos construyeron con el poder le siguió una suerte de empoderamiento ciudadano que creyó ser capaz de asumir, sin intermediarios de discutibles intenciones, el flujo de los mensajes. El poder de las redes se creyó capaz de tumbar regímenes hasta que se infectó con el viejo virus de las “noticias falsas”, mismo que creció, mutó, y que ahora no sabemos cómo detener. Trayendo otra vez al maestro Baudrillard a estas líneas, la ilusión de verdad se tragó la verdad, y dudar de todo es la premisa. El perro se mordió la cola: De tanto no creer, ahora no se sabe creer porque no se sabe en qué o quién creer. 

Ese “no creer” se extrapola igualmente a las relaciones humanas. Son muchos los estudios y análisis rigurosos que desde distintos campos del saber han procurado entender y/o explicar los cambios actitudinales que para la sociedad ha implicado la mediación tecnológica en su comunicación diaria: Hablamos mucho menos de lo que chateamos, tomamos un lápiz mucho menos de lo que escribimos con los dos dedos pulgares en el teclado predictivo del celular, gritamos con mayúsculas, y pertenecemos a comunidades de amigos cuyas caras son pixeles encendidos en una pantalla. Allí, en esa virtualidad bulliciosa, terminamos por ser un código binario, un enlace, un grupo de caracteres acompañados por un signo de arroba, sin presiones ni obligaciones. Somos la ilusión de lo que no queremos, podemos o atrevemos a ser en el otro mundo, el que algunos aún llaman real; y en esa ilusión de que somos parte de muchas cosas terminamos perdiendo humanidad. Somos el bochinche del twitter, la frase motivadora del Instagram, el muro del Facebook, el estado del WhatsApp. Nada de eso dura y poco importa como tal. Se borra y ya. 

La indignación de las redes y el supuesto poder que ahora ostentan no sirve de nada si no trasciende de la comodidad de las mismas. A los callos en las falanges tipeadoras toca acompañarlos con el sudor real de la calle, con el compromiso de entablar conversaciones argumentadas con el otro reconocido como un igual, con menos pose y más humanidad; siempre buscando saciar el hambre que deja el derecho y deber de dudar. Eso ya no cambia. En la era del escepticismo, que el enredo de las redes no nos termine por quitar la humanidad.

Pd: Lo que se sabe y empieza a confirmar alrededor de los seguimientos ilegales que desde el Ejército se hacían a políticos, periodistas y magistrados es un dantesco dejavú. Esas manzanas podridas se miden en galones y no en canastos; y con seguridad no son todas las que están. Lo peor es la sensación ciudadana de que nada va a pasar porque, y volvemos al comienzo, en nadie se puede creer.

asf1904@yahoo.com
@alfredosabbagh

 

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