Columnas de opinión |

Una tumba dorada para Mafe

No hay nada más triste para un profesor, que quedarse esperando a su estudiante. 

El pupitre estará vacío. Y las preguntas no tendrán respuesta.

Cuando la mirada se extienda hacia el lugar donde debía estar, el alma se llenará irremediablemente de silencios inmarcesibles.

No la verá con su computador intentando contrastar los temas de clase ni leerá mejores trabajos que los que él hizo. No podrá llamarle la atención ni poner de ejemplo los textos que redacte. No podrá enseñar y tampoco aprender.

Sus compañeros, tan exánimes como el docente, echarán de menos su solidaridad en trances difíciles y la risa contagiosa que inundaba la cafetería.

No la escucharemos decir que sus días de malgenio habían pasado y que ahora se sentía más feliz. 

No le pelearemos para que vaya suave ni para que haga una sola cosa a la vez.

No la sentiremos en la cancha de futbol buscando los goles de su equipo.

No tendremos su vida, porque el mar se la llevó.

La imaginaremos, sí, en ese trance, peleándole a las olas traicioneras con su agilidad, fuerza y resistencia. No serían ellas las que cerrarían sus ojos. No tan temprano. No en ese momento. 

Todo lo que se había propuesto en su vida, lo había logrado: ingresar a la U, entrar al Desafío, ganar Miss Virtual Barranquilla. No había un proyecto de vida más claro. 

Muchos pedían que se decidiera entre el modelaje y la comunicación, pero una interpelación intimista preguntaba si la estética no era, además de legítima, una forma necesaria y vital de comunicarse. 

Este otro reto, entonces, no le quedaría grande. 

Pero el destino, que siempre nos tiene preparadas sorpresas, se juntó con ese otro vector impredecible que es el océano, para cobrarle su osadía. Y tuvieron que recurrir, inclusive, a la inoperancia de los sistemas de socorro, para robar su vida esa tarde. 

Cobardes, ambos. Debieron hacer causa común para vencer su ímpetu.

Por eso la ausencia en el salón. Por eso la mudez del pizarrón. Por eso las lágrimas de sus émulos. Por eso los pasillos lánguidos de una universidad en la que siempre, siempre, la extrañaremos. 

Ahí la veremos como una guerrera que trascendía, inclusive, sus propios sueños. 

Porque de esto se trata. Nuestra causa común será con la memoria. Aunque ya no esté, retendremos su risa blanca y reiremos con sus ocurrencias, y cuando baje el sol que no alcanzó a observar, encontraremos su rostro en el anaranjado con el que pinta el cielo.

Lo que sí no podremos hacer es cumplir el paradigma cierto del educador. En nuestros estudiantes, escribió el profesor Jair Vega, se van cosas nuestras, pero también en nosotros queda de ellos. 

Pues faltará el escrutinio de la alumna ausente y la lava de inquietudes de su saber en erupción. Nos hará falta, mucha falta, María Fernanda Aguilar. Paz en su tumba dorada.

albertomartinezmonterrosa@gmail.com 
@AlbertoMtinezM

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