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Columnas de opinión
Actualizado hace 1 años

Hermanos venezolanos

Dagoberto abraza a su hija de tres años, con todo el cuerpo. A medida que el frío de la madrugada arrecia, él se encorva para arropar a la niña y evitar que las ráfagas de la madrugada entren como cuchillo en el pequeño cuerpo.

José tiene 12 años y lleva cuatro días caminando. Siente mareo, las ampollas de los pies no lo dejan y ya no puede con el hambre, pero no dice nada para que su madre, a su lado en la travesía, no se preocupe más de la cuenta.

Las dos familias son venezolanas. Fueron expulsadas de su país por una crisis que parece tocar fondo cada día, pero a la mañana siguiente es peor.

Primero llegaron a la Costa y supieron que el círculo de la migración estaba copado. Entonces siguieron al interior, donde está el 23,5% de los que llegaron primero.

Los bolívares que traían se agotaron en la primera parada. Y ahora viven de la caridad.

A medida que avanzan añoran su patria pero saben que, por ahora, allá no hay opción.

En Bogotá harán lo que sea: venderán arepa pipiada, se ofrecerán como peluqueros, serán obreros de la construcción. De ser necesario, venderán tintos en los semáforos o pedirán limosna. En un caso extremo, harán de sus cuerpos meretrices de una zona de tolerancia.

La capital representa el sueño suramericano que hace décadas también fue Venezuela para los colombianos.

Son conscientes de que no la tendrán fácil, pero insisten en remontar la montaña.

Los empleadores colombianos se aprovecharán de ellos y les pagarán la mitad del salario, y sin proponérselo, le quitarán el trabajo a los nacionales.

Por las mañanas, llenarán las salas de urgencia de los hospitales.

Despertarán rabia. Los acusarán de ladrones. Avivarán la xenofobia.

Es probable que entre los 935 mil venezolanos que, según Migración, han ingresado al país en los últimos tres años, estén almas de todos los pelambres.

Pero, en general, ellos solo son culpables de buscar una oportunidad.

En su país dejaron todo. Hoy son unos emigrantes más que de ambulan por el mundo más cercano, en medio del frío de la noche y la penumbra del destino, para encontrar la ilusión.

No quieren nuestra lástima. Tampoco nuestro repudio. Mucho menos los chistes que se tejen a su paso o las manos largas que se posan en el cuerpo sacro de sus mujeres.

Es imprudente que entre ellos y nosotros medien acciones de piedad.

No. No podemos asumir la postura de Europa frente a Siria ni la de Estados Unidos ante los ciudadanos de Centroamérica.

Algún día caerá el régimen de Maduro, que pasará a la historia por haber convertido a casi un millón de compatriotas en indigentes de la esperanza.

Mientras, extendámosle una política pública que asuma la migración como un problema global y les dé un trato digno. Mientras, liberemos el corazón nacionalista de egoísmos malsanos. Mientras, busquemos a Dagoberto. Y a José. Y digámosle que no tienen que mostrarnos documentos ni certificados de patria para declararlos nuestros hermanos.

@AlbertoMtinezM

Imagen de jesika.millano

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