El Heraldo
Opinión

A vacilarla

Es necesario ser coherentes, intentar vivir en privado como lo anunciamos en público, tener momentos de desconexión de las redes y encuentros con los que amamos y con la naturaleza; ser fuertes para enfrentar con serenidad y firmeza el matoneo que se pueda recibir por las apuestas que hacemos, tener claro que no puede determinar nuestra vida la opinión del que no es importante en ella; hablar con claridad y asertividad, entender el mundo con ironía y mucho humor. 

Mi abuela Cleotilde, que murió hace 43 años, no podría entender fácilmente nuestra cotidianidad, porque la tecnología ha creado un nuevo ser humano y una nueva sociedad. Somos muy diferentes, estamos en Génesis constante. Por ejemplo, cada vez se borra más la línea que divide lo privado de lo público. Las pantallas, las cámaras y las redes están haciendo que todos tengamos que vivir expuestos a los demás en todas nuestras acciones, por íntimas que parezcan. Terminamos siendo actores y actrices a los que se nos impone un aplauso o un rechazo para cada palabra y acción. Todo es público. 

Pero tal vez en este contexto, el rol más fuerte lo están ejerciendo las redes sociales. Ellas son el nuevo tirano que impone su lógica, su extraña ética, sus intereses, y deja sin privacidad a todos. No puedo negar que me gustan las redes y la expresión concreta de lo que llaman “opinión pública”. Creo que es una ganancia que todos tengamos la posibilidad de decir lo que pensamos y sentimos, pero ¿dónde está el límite? ¿Se puede opinar de cualquier dimensión de la otra persona? ¿Están los otros obligados a mostrarnos qué están haciendo y estar de acuerdo con nuestro juicio moral o estético? ¿Solo es válida la verdad de las redes? ¿Tenemos que hacerle caso a lo que dicen las redes, así sean cuatro personas con tres mil cuentas cada uno? ¿Abdicamos de las demás conquistas humanas por la ley del “me gusta”, de los “Hashtag”, de los seguidores? ¿Dónde queda la libertad, si todo en este mundo digital es determinado por el algoritmo? Son muchas las preguntas que nos tenemos que hacer sobre las nuevas prácticas, rutinas y dinámicas individuales y sociales que se están generando desde la tecnología. Todo ha cambiado, y no siempre para mejor; esto exige que seamos conscientes de ello. 

No podemos dejar que las tendencias determinen nuestras decisiones y acciones. Hay que tratar de sostener una ética y práctica moral que sea capaz de vencer el chantaje de “lo vamos a publicar en redes”; nuestras verdades existenciales tienen que estar marcadas por los valores que nos empujan a vivir. Es necesario tener claro cuáles son esos valores que nos mueven en la cotidianidad. 

Es necesario ser coherentes, intentar vivir en privado como lo anunciamos en público, tener momentos de desconexión de las redes y encuentros con los que amamos y con la naturaleza; ser fuertes para enfrentar con serenidad y firmeza el matoneo que se pueda recibir por las apuestas que hacemos, tener claro que no puede determinar nuestra vida la opinión del que no es importante en ella; hablar con claridad y asertividad, entender el mundo con ironía y mucho humor. 

Hay que tener claro que no todo define la vida, que hay cosas en las que nos la podemos vacilar. Estoy seguro que ese es el mejor verbo de nuestro caribe. La vida hay que sabérsela vacilar. Amando lo que somos y tenemos, aceptando nuestras posibilidades y luchando por dar nuestra mejor versión. Frente a todas las acciones de la tecnología en nuestra cotidianidad, necesitamos además de trabajar duro y con seriedad, ser capaces de vacilarnos todo. Nada va a desplazar el placer de un encuentro físico, de las caricias de la piel, de los abrazos, de sentirnos amados por gente de carne y hueso, y no criticados por los bots de las redes. Vacilémonos la vida. Se requiere para ser feliz.

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