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Imperfecto ¿y qué?

De lo mucho que aprendí en el ejercicio del sacramento de la confesión, es que nadie se puede sentir superior a otro porque peque de una manera distinta. Todos somos pecadores, todos la embarramos y necesitamos oportunidades para seguir adelante dignamente. Ni un relativismo que nos haga disfrutar embarrarla y dañar a los otros, ni esa visión angelical en la que solo son felices los que no se equivocan. 

Me gusta que los personajes bíblicos no se parecen a los héroes perfectos y llenos de todas las virtudes que desde la visión griega se nos han predicado como ideales del ser humano.

Ellos son presentados en estos relatos como hombres y mujeres tributarios de su cosmovisión, valores y comprensiones de la vida. No hay idealizaciones que cercenen sus limitaciones, tendencias y errores. Por ejemplo, David es el rey amado, con un corazón puesto en Dios, pero no se esconde su adulterio con Betsabé y su maldad ante Urías (2 Samuel 11); es más, en el relato se contrapone la integridad y la coherencia de Urías con la maldad retorcida del rey. De Moisés, la figura fundamental del Pentateuco, se nos dice que no confió en Dios y por eso fue castigado con no entrar a la tierra prometida (Números 20, 12). A Sara, la esposa de Abraham, se le retrata como envidiosa y vengativa con Agar (Génesis 16, 6). 

En el Nuevo Testamento tampoco se esconden la cobardía de Pedro (Marcos 14, 66-72), la avaricia de Santiago y Juan (Marcos 10, 35-45); ni siquiera de Jesús se esconde su indignación y su ira con la actuación de algunos religiosos (Marcos 3, 5). Es que los seres humanos no somos perfectos, así nuestro amor nos lleve a idolatrar a algunos y a elevarlos a la categoría de dioses intachables que no fallan en nada. Por eso, nunca he entendido la santidad como perfección, sino como estar llenos y saturados del amor que hace ser sacramento de lo divino en medio de la cotidianidad, siendo felices y ayudando a los otros para que vivan dignamente, también con felicidad.

Nuestra admiración por otros no debe partir de la negación de sus carencias y limitaciones, sino de la comprobación de sus capacidades e intención férrea de mejorar. Se puede ser excelente en algo y no ser un dios. Eso sí, intentando ser siempre mejor ser humano. Vivir a plenitud implica asumir las limitaciones y tendencias para poder trabajar en ellas y así poder mejorarlas en función de los ideales que tenemos. No nos avergoncemos de nuestros defectos, más bien acéptemelos y esforcémonos para que puedan ser útiles en la construcción de nuestro proyecto de vida.

El sentido de la vida está marcado por la felicidad, no por la perfección. Lo que requerimos es vivir en armonía con nosotros mismos para poder hacerlo con los demás. Por eso soy cristiano, porque no me piden ser lo que no soy, sino  que busque llenarme de amor para juntarme en la lucha de Jesús de aliviar el sufrimiento humano, como dice José María Castillo: “En definitiva dar vida a quienes tienen la vida cuestionada o disminuida. Y devolver la dignidad de la vida a todos los que se ven atropellados por la opresión o por carecer de la libertad que merecemos los seres humanos”. 

De lo mucho que aprendí en el ejercicio del sacramento de la confesión, es que nadie se puede sentir superior a otro porque peque de una manera distinta. Todos somos pecadores, todos la embarramos y necesitamos oportunidades para seguir adelante dignamente. Ni un relativismo que nos haga disfrutar embarrarla y dañar a los otros, ni esa visión angelical en la que solo son felices los que no se equivocan. Ser humano implica luchar todos los días por ser mejor persona sin negar lo que somos.

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