El Heraldo
Opinión

Generación de cristal

Hay que recuperar la responsabilidad, autoridad y la disciplina en la crianza.

Crecí en un barrio popular, en el que todos teníamos sobrenombres. El cabezón, nariz de puñal, pan viejo, perro negro. No había que hacer un gran ejercicio hermenéutico para comprenderlos. Los castigos tenían visos de tortura. Los profesores estaban autorizados para usar una regla de madera para estimular que aprendiéramos los conceptos y las operaciones matemáticas que nos enseñaban. Los partidos de “bola e trapo” se jugaban en la mitad de las calles polvorientas. La autoridad de mis padres no se ponía en dudas y ellos tenían argumentos poderosos para acabar una discusión: “Porque soy tu papá, y punto”. “Así lo decidí”.

No me considero completamente sano; tengo mis traumas, pero alcanzo a relacionarme medianamente bien y sostengo un proyecto de vida con sentido y mucha motivación. No creo que haya sido el mejor método de crianza, por eso celebro que hoy se use otro. Sin embargo, estoy preocupado porque algunas de las prácticas de crianza que veo, están basadas en la sobreprotección, ausencia de reglas y sanciones, y atiborramiento de juguetes de todo tipo. Insisto, no considero que el maltrato físico sea bueno para formar, ni defiendo los ataques contra el autoestima que se recibían en el pasado, ni en las imposiciones dictatoriales de algunos adultos, pero creo que la llamada generación de cristal – término acuñado por la filósofa española Monserrat Nebrera para caracterizar a los hijos de la generación X  (nacidos entre finales de los 60 y los 80) que están alcanzando actualmente los 18 años de edad, es fruto de la ausencia de patrones definidos que orienten su vida. No tengo hijos –ni voy a tenerlos- pero sí puedo analizar los procesos de crianza de hoy y saber qué cosas no se pueden hacer, así como sé que el fuego quema, aunque nunca me he quemado.

No es un buen ser humano el que no aprende a vivir libre y responsablemente, esto implica asumir las consecuencias de nuestras decisiones y acciones. Un padre que prive de esta posibilidad a sus hijos lo está “malpreparando” para la vida. Los hijos tienen que aprender a solucionar los conflictos de su cotidianidad con inteligencia y firmeza y los padres deben estar atentos a que progresivamente vayan siendo más autónomos. Solo sabe divertirse el que ha sido capaz de vencer el aburrimiento de no tener todos los aparatos que nos permiten concentrarnos y usar nuestro tiempo libre; por eso los padres de familia tienen que entender que atiborrar a los hijos con aparatos electrónicos que los entretengan es una manera de limitar su imaginación y hacerles creer que en la vida siempre hay que estar “entretenido”.

Tiene que haber reglas claras, con sanciones establecidas para los incumplimientos. Enseñarles a cumplir reglas es una manera de garantizar que no van a terminar en casa por cárcel o metidos en los peores problemas de corrupción o prácticas delictivas. Claro que hay que dialogar, argumentar y consensuar, pero teniendo claro los roles de padres y de hijos, sabiendo quien tiene la autoridad y porqué, no son dos amigos discutiendo, son padre e hijo, dos personas que se aman y se tienen mucha confianza, pero saben reconocer los límites de los papeles que cumplen en la vida. Lo ilegal, lo no ético, lo malo no se festeja nunca, quien se lo festeja a sus niños –por pequeño y probablemente inofensivo- terminará llorando cuando la maldad les destruya la vida. Hay que recuperar la responsabilidad, autoridad y la disciplina en la crianza.

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