El titulo es:¿8 millones derrotados?

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Columnas de opinión
Actualizado hace 1 años

¿8 millones derrotados?

Fue uno de los problemas que tuvo que afrontar el sistema electoral en sus orígenes: ¿qué hacer con los derrotados en las urnas? Cuenta Giovanni Sartori (¿Qué es la democracia?) que en las comunas medievales las técnicas electorales se inspiraron en las prácticas de las órdenes religiosas para elegir sus superiores. Allí no tenían vigor ni los apellidos, ni la fuerza, ni los discursos, por tanto apelaban al voto secreto. Elegía la mayoría, pero el acatamiento era de todos, algo factible entre votantes con voto de obediencia. Pero, ¿fuera de esos conventos fortalezas, qué?

Fue la pregunta que se tuvo que responder a lo largo de la historia. Ernest Barker resumió los hallazgos de esa búsqueda cuando escribió a mediados del siglo pasado que “la base y la esencia de toda democracia está en gobernar discutiendo”. O sea que no es de demócratas aceptar gobernantes que tienen en cuenta solo a su partido y a los que están de acuerdo. Los derrotados no pueden ser un cuerpo muerto, son la contraparte en esa discusión permanente que es un gobierno demócrata, que es gobierno de opinión, no de decisiones dogmáticas e inapelables.

 Infiere Sartori que “convenir sobre el disentimiento es la levadura que anima las democracias”.

En nuestras costumbres políticas ese manejo del disentimiento ha sido pobre y mentiroso. Las victorias electorales se han mirado como triunfos de guerreros que se hacen dueños de vidas y haciendas y amos de los derrotados: experiencia vivida y padecida en Colombia después de sus múltiples guerras. Así el aparato gubernamental se ha desgastado en el agónico esfuerzo para superar la pasividad y hostilidad de los que fueron vencidos y la arrogancia infantil de los vencedores. Las derrotas electorales, así, han borrado  la idea de un país de todos y han impuesto la del país de los vencedores que doblegan a los derrotados.

Lo que ocurrió en las elecciones pasadas –cuando se configuraron nítidamente unas mayorías de 10 millones de votos, y una minoría de 8 millones de los contrarios– es un hecho que plantea el viejo problema del rol político de esos colombianos.

Por fortuna, con todo esto coincidió la dilatada aprobación de la ley que reglamenta el Estatuto de la Oposición, que importa por las ventajas e instrumentos que le da a la oposición; además crea la coyuntura para un ejercicio democrático de la oposición que debe dejar de verse como una gestión subversiva o, per se, de enemigos.

La oposición es parte del ejercicio democrático, de modo que neutralizarla con dádivas o por la fuerza es atentar contra la estructura misma de la nación. Lo mejor que podría suceder sería que esos 8 millones de electores lleguen a ser una oposición organizada, crítica, creadora de alternativas y factor de equilibrio frente a los naturales pero funestos abusos del poder. Cuenta, como elemento definitivo, el poder de los medios de comunicación, asunto que se merece otro espacio como este , porque el disponible se agotó con esta última línea.

Imagen de cheyenn.lujan

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