En el derecho penal ya pocas cosas nos sorprenden, pero aun así no nos rendimos. Seguimos defendiendo, con una mezcla de terquedad y vocación, las garantías de los procesados e incluso, aunque parezca absurdo, las garantías de los propios abogados que ejercemos esta labor. Ser penalista en Colombia no es fácil; es casi una actividad de alto riesgo, sobre todo en un país donde se confunde al cliente con su defensor y donde, más de una vez, quienes litigamos terminamos perseguidos por ejercer un trabajo que, aunque a muchos les incomode admitirlo, algún día también podrían necesitar.

Buena parte de estas dificultades nace de la desinformación. La difusión de versiones falsas o inexactas no solo alimenta prejuicios, sino que puede causar un daño enorme a los procesos y a quienes intervenimos en ellos. Esta semana vimos un ejemplo preocupante: en redes circuló la noticia de que un colega era “cercano” a la jueza de un caso de connotación nacional, simplemente porque, en alguna ocasión, compartió un escenario académico con alguien que trabaja en la firma que representa a una de las partes. No era el abogado del caso, no existía relación personal alguna y, aun así, la versión corrió como pólvora y desató miles de ataques. Los abogados no deberíamos tener que defendernos a nosotros mismos, pero aquí estamos.

Lo primero que debe recordarse es que eso no constituye causal de impedimento ni de recusación. La ley exige una amistad íntima, una relación que realmente comprometa la imparcialidad, no una coincidencia profesional o académica con una persona remota. Lo segundo y lo más grave, es que la información era falsa y, aunque hubo retractación por parte del medio, el daño ya estaba hecho: un funcionario bajo sospecha, un colega expuesto al escarnio y un proceso contaminado por rumores.

Este episodio, aunque lamentable, vuelve a poner sobre la mesa una pelea que los litigantes hemos dado durante años y de la que no nos cansamos: las garantías son para todos. Para las víctimas, procesados, jueces, fiscales y también para los abogados defensores. Lo que está mal y cada vez ocurre más, es convertir al abogado en enemigo, en sospechoso por el simple hecho de ejercer su labor. Eso sí deteriora la justicia.

Además, estos señalamientos desvían la atención de los asuntos que sí deberían preocupar al país y que representan verdaderos riesgos. Por eso insistimos: Colombia necesita más rigor en la información y menos linchamientos mediáticos. Más verdad y menos ruido. Nuestro trabajo seguirá siendo el mismo: defender derechos, incluso cuando eso implique arriesgar los nuestros.

@CancinoAbog