El Heraldo
En Popayán fueron incendiados varios vehículos de un parqueadero del Tránsito de esa ciudad.
EFE
Colombia

La ley del Montes | ¡Llegaron los vándalos...!

Ni el Estado ni los políticos pueden hacer concesiones a quienes durante el paro nacional se han dedicado a destruir todo lo que encuentran a su paso.

Nunca antes la izquierda colombiana había estado tan cerca de llegar a la Casa de Nariño como en las elecciones presidenciales del próximo año.

Todas las encuestas indican que si las elecciones fueran hoy Gustavo Petro pasaría a segunda vuelta para enfrentarse a un candidato que podría ser Sergio Fajardo o cualquier otro que logre consolidar su candidatura de aquí a mayo del 2022, cuando se lleve a cabo la primera vuelta presidencial.

De todos los aspirantes a suceder a Iván Duque en la Presidencia el único que se ha mantenido en “campaña permanente” es Petro, y buena parte del éxito que hoy obtiene en las encuestas es producto de esa constante figuración mediática, así como al hecho de haberse convertido en el “anti-Duque”.

O mejor: en el “anti-Uribe”, que ha sido su caballito de batalla desde el instante mismo en que perdió con Duque en la segunda vuelta presidencial de 2018. Petro le achaca al binomio Duque-Uribe todos los males de la Nación y ese discurso ha calado en una población que por décadas no ha visto satisfechas buena parte de sus necesidades, entre ellas las más básicas, como educación y salud con amplia cobertura, bajos costos y buena calidad.

Petro ha sabido capitalizar hasta el momento todos los desaciertos de Duque. Desde el manejo que le ha dado a la pandemia –que tiene a Colombia como uno de los países de América Latina con el mayor número de fallecidos y contagiados– hasta su comportamiento errático durante el paro nacional que empezó el pasado 28 de abril, luego de que el Gobierno se empeñara en sacar adelante la reforma tributaria.

Desde su curul en el Senado o desde su trinchera en las redes sociales –especialmente Twitter– Petro escribe lo que deben hacer tanto Duque como sus opositores que están en las calles poniendo muertos y heridos.

Al primero le exige que pare la máquina de muerte en que se ha convertido –según él– la Fuerza Pública, especialmente el Esmad. Y a los segundos les ordena mantenerse en las calles, no utilizar buses privatizados y no consumir gaseosas, aunque –sobre esto último– hay una imagen suya que muestra una botella de Coca-cola vacía sobre su escritorio.

Y aunque aparezca sobrado de lote en las encuestas, Petro también se está jugando el futuro de su candidatura presidencial en el paro nacional. Si aspira suceder a Duque en la Casa de Nariño, es necesario que condene de manera categórica los actos vandálicos que han causado multimillonarias pérdidas económicas y decenas de vidas humanas, entre ellas las de varios policías.

La misma vehemencia que muestra al señalar al Esmad por sus abusos contra los manifestantes, la debe tener para repudiar los actos vandálicos que han dejado a cientos de familias en las ruinas y terminaron quitándole legitimidad al paro nacional. El vandalismo no tiene ningún tipo de justificación. El vandalismo es destrucción y muerte.

Es la imposición mediante actos de terror de la voluntad de una minoría sobre el querer de las mayorías. Y esos actos de terror deben ser repudiados, condenados y rechazados sin contemplación alguna, entre otras cosas, porque los más afectados son los más pobres.

¿Quiénes pagan los platos rotos de la quema de los Transmilenios de Bogotá? ¿Los ricos? ¿Quiénes se perjudican con el vandalismo contra el Metro de Medellín? ¿Los ricos? ¿Son los ricos los que tienen que hacer mayores esfuerzos para pagar alimentos más caros por cuenta de su escasez o son los más pobres, que apenas logran sobrevivir con una comida al día?

El vandalismo es una plaga que no puede encontrar tierra fértil en quienes pretenden llegar al poder por las urnas. Por eso es necesario que no solo lo rechacen quienes creen que el “enemigo de mi enemigo es mi amigo”, sino que ayuden a combatirlo sin titubeos. Colombia toda –la de izquierda, derecha y centro– debe cerrar filas en el propósito común de derrotar a los vándalos que hoy destruyen todo lo que encuentran a su paso.

De seguir así nadie podrá gobernar sobre los escombros de una Colombia arrasada y desolada, que es la que quedará si el paro nacional y la pandemia –que no se ha ido– siguen sembrando de muertos y ruinas todo el territorio nacional.

Rechazo a los vándalos debe ser contundente

Durante la entrevista que Patricia Janiot le hizo a Gustavo Petro para Univisión, la periodista de forma insistente le preguntó las razones por las cuales no rechaza con vehemencia y contundencia las acciones de los vándalos, como sí lo hace con las de la Fuerza Pública.

“En todas, sin excepción –dijo Petro– yo llamo a quitar los bloqueos y hacer manifestaciones enormes y pacíficas”.

“Claro –le respondió Janiot– pero es un llamado tibio, senador, usted no condena, no hace un llamado a que se detenga el vandalismo, usted no hace un llamado a sus seguidores a que desbloqueen las carreteras”.

“¡Por favor, respete!”, le interpeló Petro, elevando el tono de la voz.

Pero no es Patricia Janiot la única que piensa que Petro debe ser mucho más contundente al rechazar las acciones de los vándalos. Quienes así piensan tampoco obedecen a un libreto escrito por los uribistas, como afirmó Petro en esa entrevista.

En Colombia hay muchos que no son uribistas, que piensan exactamente como Janiot. Y es a ellos a quienes Petro debería enviarles el mensaje de que su discurso y sus propuestas son diametralmente opuestas a las de aquellos que hoy pretenden someter con actos de terror a millones de colombianos.

Mostrarse evasivo y no categórico en esas respuestas es lo que “asusta” a muchos de sus potenciales electores, o a quienes hoy se muestran indecisos. Petro no tiene que convencer a quienes piensan como él, sino a los que piensan diferente. Punto.

¿Dónde están los candidatos del optimismo y la esperanza?
EFE

El próximo presidente –o presidenta– de Colombia no será un “anti”: ni un “anti-Petro”, ni un “anti-Uribe”, como creen algunos analistas, así como varios consultores y estrategas.

El próximo inquilino –o inquilina– de la Casa de Nariño será quien logre tender puentes de reconciliación y entendimiento entre todos los colombianos.

Después de haber pasado por la peor pandemia, que ha dejado más de 85.000 muertos, y de padecer el paro más extenso de toda su historia, Colombia merece pasar la página de luto y dolor para darle paso a la del optimismo y la esperanza.

Quienes piensen que fomentando odios y miedos van a llegar a la Casa de Nariño están muy equivocados. Suficientes odios y miedos hemos padecido en las últimas décadas como para seguir escribiendo la misma página. Es la hora de reconocer los errores y las equivocaciones, no del cinismo y la soberbia.

Es hora de la humildad, no de la prepotencia. Es hora de convocar para buscar consensos, no para dividirnos fomentando luchas de clase. En esta Colombia de hoy todos somos perdedores.

Nadie resultará ganador después de recoger los escombros que nos han dejado la pandemia y el paro nacional. Pensar que se puede construir una Colombia nueva con los mismos vicios del pasado es un gravísimo error.

¿Y los líderes qué se hicieron?

Tanto la pandemia de coronavirus como el paro nacional desnudaron uno de los graves problemas de la Colombia de hoy: la falta de nuevos liderazgos.

A excepción de algunos jóvenes universitarios que de forma genuina y honesta han salido a las calles a expresar su inconformidad con lo que sucede, no hay liderazgos que permitan vislumbrar un futuro mucho mejor que el presente.

Las bajas pasiones y los resentimientos terminaron ganándole la batalla a la sensatez y la racionalidad. Hoy los congresistas de oposición, por ejemplo, cuando no están azuzando las revueltas en las calles, están insultando a los agentes de la Policía Nacional en el Capitolio.

Muchos de ellos convirtieron sus redes sociales en verdaderas autopistas por las que transitan impunemente todo tipo de ‘fake news’. Injurian y calumnian sin pudor y sin piedad. En lugar de estar haciendo leyes para mejorar el país –que es su obligación– están fomentando bloqueos y tumbando monumentos.

Esos no son los líderes que Colombia necesita en estos momentos. No son ellos los que van a ayudar a construir una Colombia más incluyente y más solidaria, después de que cerremos esta página de dolor y muerte.

Vandalismo genera repudio y quita legitimidad al paro nacional
EFE

En alguna oportunidad ‘Alfonso Cano’, entonces segundo al mando de las Farc, se refirió al que consideraba el mayor error cometido por esa organización guerrillera. Su declaración fue contundente: “El más grande error cometido por las Farc fue haber recurrido al secuestro como medio para financiarse”.

Por cuenta de esa práctica criminal las Farc terminaron ganándose el repudio de la inmensa mayoría de los colombianos. Secuestraban industriales, ganaderos, comerciantes y también tenderos y campesinos con pequeñas parcelas y algunas cabezas de ganado.

Las marchas más grandes que se han hecho en Colombia en toda su historia han sido contra las Farc. Millones de colombianos salieron de forma pacífica en todas las ciudades del país a gritar: ¡No más secuestros! Con esas multitudinarias marchas empezó la derrota política de las Farc.

De manera que las acciones criminales hay que condenarlas y rechazarlas sin ningún tipo de concesión, ni justificación, ni cálculo político. A los vándalos el Estado tiene la obligación de combatirlos.

Quienes hoy están dedicados a destruir bienes públicos y privados, incendiar los CAI, atentar contra la vida de agentes de Policía y asfixiar la economía nacional, mediante el cierre de vías y de puertos, deben ser judicializados y procesados.

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