El título nos remite a un festival en Tokio que evoca precisamente la metáfora del film: contemplar la flor del cerezo, que a la larga es la vida justamente por lo efímera.
La pregunta, después de haber visto la película, es si el tiempo que nos queda por vivir, ¿debemos vivirlo a tope o seguir la rutina diaria? La respuesta se haya en dos partes en el metraje. La primera, que se remite a los encuentros y desencuentros de los padres con los hijos, parece no ser la mejor solución ya que todo el mundo vive a su vez su propia vida.

La segunda me gustaría expresarla a través de un haiku: Nuestros destinos/ Siempre vivos/ en el corazón del cerezo, que pertenece a Matsuo Basho, una de las figuras de la poesía japonesa de la era Edo (1603-1867), quien pudo observar cómo la práctica del Hanami —contemplar las flores— se extendía a todos los niveles de la sociedad.

Con claros ecos de Cuentos de Tokio, la obra maestra de Yasujiro Ozu, Doris Dörrie a la larga nos habla de los enigmas de la existencia. Ambos filmes, recomendados a aquellos que desearían tener un poco de claridad con los ojos cerrados de su propio interior, sobre qué es la vida. Y es que eso es Cerezos en flor, una road movie interior.

 

Por Gonzalo Restrepo

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