Las valientes ‘picapiedras’ de los Montes de María

Para no dejar morir de hambre y sed a sus hijos, tres mujeres, con palas y ‘monas’ en manos, salen todos los días a partir las piedras que sacan de los cerros. El material triturado lo venden a camioneros que lo suministran a constructores de la región.
wilfred arias
Yolanda Herrera, Leonor Márquez y Edith Carmona, las ‘picapiedras’, caminan con las palas en el hombro. Ya es costumbre. wilfred arias
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Para no dejar morir de hambre y sed a sus hijos, tres mujeres, con palas y ‘monas’ en manos, salen todos los días a partir las piedras que sacan de los cerros. El material triturado lo venden a camioneros que lo suministran a constructores de la región.

Se levantan antes de que canten los gallos flacos del rancho. Tratan de ganar unas horas de trabajo para evitar el sol indolente del verano más cruel que recuerden desde los tiempos lejanos de sus abuelos.

No tienen por qué estar felices a esa ni a ninguna hora del día.

Son tiempos duros. En el fogón de leña hay, si acaso, para sorber un tinto cerrero, que humea en una olla aporreada y tiznada por el humo. Pero, a pesar de la escasez reinante, las tres suelen amanecer como las cotorritas libres que cruzan el cielo en las mañanas: bulliciosas.

“Ajá, niña, ¿y con qué cara es que amaneces hoy?”, le pregunta Yolanda a su nuera Edith, quien, con la primera sonrisa de la mañana, le responde: “Vea, mal, me tuve que pasar para la hamaca anoche porque no aguantaba los dolores en la espalda, pero usted no tiene la culpa. Así que no se preocupe, suegra, y arreé p'al monte, que la tarea es larga”.

Yolanda Isabel Herrera Narváez, de 52 años; Leonor Márquez Herrera, su hija de 28, y su nuera Edith Carmona, de 30, son las ‘picapiedras’ de los Montes de María.

Campesinas de “hacha y machete”, como ellas mismas se definen. Mujeres que se armaron de valor, agarraron ‘monas’ (martillos) que pesan cuatro libras y salieron para el cerro, para no dejar morir de hambre a sus hijos.

Antes ayudaban a sus hombres a cultivar tabaco, ñame, yuca y patillas. O se quedaban en la casa cocinándoles. Ahora pican piedras, bajo 39 grados de calor, de 6 a.m. a 2 p.m., refugiadas en arbolitos de monte que resisten el embate implacable de la sequía.

Yolanda cuenta que este año perdió seis mil matas de tabaco por la falta de lluvia extrema, que le daban para vivir varios meses. Ahora, dice, no crece ni la yuca que les servía para “pasar el hambre”.

Pican piedra para comprar un puñado de arroz, una bolsita de café, un cuarto de aceite de cocina y un poquito de carne barata, que salan y ponen a secar en los techos de los ranchos para que no se descomponga porque en el caserío no hay electricidad.

Esta es otra tierra del olvido, donde quienes la habitan no se resignan a dejarse vencer por las adversidades: ni las pasadas que llegaron a sus campos con la guerra ni las presentes producto del verano que parece interminable.

Ellas viven al pie de las montañas, entre El Carmen de Bolívar y Zambrano, municipios del centro de Bolívar, a tres horas y media de Cartagena en carro.

Antes por aquí merodeaban los hombres de la guerra, paramilitares que mataron en el 2000 a ocho habitantes del caserío. Los buscaron uno a uno, se los llevaron y les dispararon sin piedad.

Quienes se salvaron se fueron y pocos regresaron. Los que se quedaron ahora luchan por no dejarse vencer por los infortunios de la naturaleza. La tierra parece un fogón que no se apaga. La última lluvia cayó por allá en noviembre pasado y desde entonces el sol domina a su antojo la sabana. Los cultivos se perdieron. Nada de lo que siembra crece. Casi que viven de milagro.

Por eso las mujeres se volvieron ‘picapiedras’. Cuando salen de rancho lo primero que buscan son las piedras, arriba en los cerros. Las ponen en una especie de carretilla hecha con un recipiente plástico y con una cabuya las jalan hasta los sitios de trituración.

Con ‘monas’, que compraron en ferreterías de El Carmen, las parten una a una –el tac, tac, tac se oye en la lejanía– hasta dejarlas en pedazos pequeños que acumulan cerca de donde se sientan a trabajar.

“¿Que si me he machucado? ¡Esta mona me ha sacado sangre!”, cuenta Yolanda Herrera.

 “Esto es duro, pero no podemos morir de hambre”, asegura Leonor Márquez.

Es un trabajo duro. Llevan un año en este oficio. Y sus manos ya no son las de aquellas mujeres que sembraban, lavaban y cocinaban. “Vea –agrega– me da pena que me cojan las manos”. Las muestra y tienen las cicatrices de las heridas y los callos de tanto martillar.

Dice que cuando va a El Carmen y le da la mano a una amiga para saludarla, esta lo primero que le pregunta es qué está haciendo que tiene esas palmas “como de macho”. Ella se ríe. Y le cuenta en lo que anda.

En Hato Nuevo, así como las mujeres trabajan en el cerro, muchos de los hombres se han ido a buscar nuevos horizontes, que no es más que algún trabajo para medio vivir y mandar para el arroz de los ‘pelaos’. Otros, como Lino Manuel Márquez Pérez, 68 años, esposo de Yolanda Herrera, agricultor de toda la vida, y quien no tiene fuerzas para triturar piedras, esperan las lluvias de abril para sembrar como en los buenos tiempos. “Un hombre sentado todo el día en casa… eso es duro”, se conduele su mujer.

Los maridos jóvenes de las otras ‘picapiedras’ se rebuscan sacando arena del arroyo Alférez, que está seco, para venderla a constructores, cuenta Lina Flores, otra habitante del caserío.

En esta economía casual a la que han acudido las mujeres ganan 1.000 pesos por cada lata de piedra triturada con sus manos. Sus compradores son los volqueteros (conductores de camiones) que abastecen construcciones locales. Y la arena, en lo que ellos llaman “el metro” (50 latas), es pagada a $10.000.

Madre, hija y nuera recuerdan que aprendieron a picar piedras, como otros habitantes del pueblo, el día que se aparecieron los constructores de un colegio en El Carmen y les explicaron cómo podían “ganarse unos pesos”. Desde ese momento les pagan los $1.000 por lata.

Fue entonces cuando supieron que ese nuevo oficio les podía salvar la vida, como hoy les pasa tras el advenimiento del implacable Fenómeno de El Niño.

“Así nos convertimos en proveedoras de materiales de construcción”, recuerdan sin esconder que, en medio de las dificultades económicas familiares, “hoy nos alegramos cuando vemos entrar un camión… es que sabemos que haremos una venta”.

 Enith Carmona dándole martillo a las piedras.

Empapada en sudor, Yolanda cuenta que las coyunturas le duelen; que tiene que tomar “pastillas de esas que quitan el dolor”; que está cansada, pero que no hay otro remedio que seguir quebrando piedras a pleno sol porque no tiene para dónde ir. Sabe que nadie le va a dar trabajo.

“Esto es duro, pero debemos  aguantar. Así, viviendo como estamos, rompiendo piedras, hasta que vuelva a llover como Dios manda”, dice la mujer sin quitar los ojos del martillo para evitar que le hiera uno de sus dedos.

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