Bolívar

En video | Excombatientes de las Farc y Eln que trabajan juntos por los niños del Atlántico

Una exFarc que fue reclutada a los 14 años y un exjefe del Eln trabajan en una labor social con menores de edad para evitar que ellos repitan sus historias. 

Eran las 5:45 p.m. cuando Patricia salió junto con seis compañeros a buscar comida en uno de los campamentos de las Farc en los Montes de María, una subregión del Caribe colombiano entre los departamentos de Sucre y Bolívar. Se dirigían a un punto de encuentro neutral porque ninguna unidad podía saber en dónde se hallaba la otra.

Ellos, 15 minutos adelante de la muerte, caminaban por una cordillera. Mientras, en la planicie, 24 guerrilleros del Frente 37 comandado por ‘Martín Caballero’, la fatalidad les aguardaba hasta que el minutero del reloj marcara las 6:00 p.m.

En el marco de la Operación Alcatraz’, en 2007, los aviones de la Fuerza Aérea colombiana lanzaron unas bombas en la zona rural de Aromeras Sur, a 8 km de la zona urbana del municipio El Carmen de Bolívar.

Después del bombardeo, miembros del grupo de Comandos Jungla, entrenados para combatir en las zonas selváticas, realizaron desembarcos desde helicópteros artillados a las 6:55 p.m. y 7:20 p.m.

El entonces ministro de Defensa, Juan Manuel Santos, y Álvaro Uribe Vélez, quien era el presidente, anunciaron que con esta operación el Frente 37 de las Farc había quedado desmantelado.

Murieron el jefe máximo, ‘Martín Caballero’, y otros 20 guerrilleros, cuatro de los cuales fueron declarados como NN por el Gobierno Nacional. Tres más resultaron heridos.

“Se escuchaban los gritos”, recordó Patricia. “Los soldados gritaban que ya no bombardearan más. Ellos se metieron tanto al campamento que hubo soldados que murieron. La onda expansiva del mismo avión de ellos los mató”, agregó.

Sentada en una de las oficinas de la Agencia de Reincorporación y Normalización en Barranquilla, Patricia lloró  al recordar la crueldad de la guerra.

En el bombardeo, contó, murió un niño de 14 años a quien conocían como Rubén.

“Eso no lo dijeron. Ahí había un niño. A Rubén, los paramilitares le asesinaron a sus papás y lo buscaban para matarlo por ser una ‘semilla guerrillera’. Él entra a las Farc huyendo de la violencia”, relató.

Al instante, Patricia lamentó que las vidas de tantos guerrilleros y soldados hayan quedado bajo la oscura sombra del conflicto y no pudiesen estar aportando a la construcción de la paz. 

“Al final uno dice: ‘¿Qué dejó la guerra? ¿Qué dejó?’”, cuestionó con la mirada puesta en los recuerdos.

Carlos se esconde porque su desmovilización se considera traición al ELN. Hansel Vásquez

Grupos de guerra

La violencia en Colombia ha azotado en especial a las poblaciones rurales. Varios actores, distintos frentes y enemigos que con rifle en mano y disputas por la tierra, van dejando secuelas en civiles, en tantos campesinos que no tienen más opción que el desplazamiento. La guerra iba fusilando, poco a poco, todo lo que eran.

“Si había un campamento del Eln, entonces a la gente le tocaba comportarse como les gustaba a ellos. Y si después venía uno de las Farc, entonces tenían que comportarse como a estos les gustaba”, explicó Carlos, un exjefe del Ejército de Liberación Nacional (Eln) que operaba en la zona norte del país y ahora se encuentra en su proceso de reintegración tras la ley de Justicia y Paz que se promovió durante el gobierno de Uribe.

Carlos cuenta que incluso el Ejército Nacional se prestaba para facilitar la disputa entre un grupo y otro.

“Miembros del Ejército le dieron semillas de amapola a mi hermano para que las sembrara. Entonces cuando llegaban las Farc, ellos se enojaban. Y así el mismo Ejército se prestaba para agravar la contradicción entre un grupo y otro”, repudió.

Reclutados

Patricia fue víctima de reclutamiento. A sus 14 años ingresó a las Farc, sin saber qué era el socialismo ni el capitalismo, sin prevenir que tendría que cambiar su ropa y chancletas de niña por un uniforme camuflado y un armamento.

No pensó que su primera menstruación le llegaría cuando estuviese en lo más adentro de la selva, en un conflicto que había empezado a ‘jugar’ con la esperanza de haber dejado atrás los maltratos de su madre, una campesina iletrada que huyó con sus cinco hijos a rebuscarse la vida en otros lares luego de la primera masacre de El Salado, su terruño, en 1997.

Las balas zumbaban la vida de Patricia, como la de muchas familias colombianas. Su madre la pudo salvar del futuro sangriento que vivirían los salaeros tres años después, en el 2000. Un hecho que se le atribuyó a los paramilitares. Pero no pudo rescatarla de la guerra.

“El estrés postraumático de una mamá soltera, tener que salir a buscar alimentación para cada uno de sus hijos, la vida de una persona que no sabe leer ni escribir. A mi mamá le tocó la vida de un desplazado. Eso generó maltratos intrafamiliares, y esa fue una de las causas que me obligaron a irme”, contó Patricia, que ya tiene 35 calendarios a cuestas.

Aunque su madre la fue a buscar muchas veces al campamento de las Farc y este mismo grupo la devolvió dos veces,  e incluso la Cruz Roja fue detrás de ella, se negó a abandonar la nueva vida que comenzaba.

“A mí me gustó que ellos se trataban bien, que no se gritaban, que no se maltrataban”, contó Patricia al recordar cómo observaba al campamento de las Farc desde la finca de su padre. “Fíjate, el maltrato lleva a un niño a que se vincule a grupos armados”.

Patricia coordina una actividad con menores del programa ‘Mambrú’. Hansel Vásquez

Los hijos de la paz

En un salón de clases de la Institución Educativa El Concord del barrio San Fernando, cerca de unos 30 niños y niñas practicaban con su profesora de canto la presentación que realizarían en homenaje a aquellos menores que la violencia ha reclutado.

“Qué canten los niños que viven en paz y aquellos que sufren dolor. Que canten por esos que no cantarán, porque han apagado su voz”, se escucha en el coro, mientras Patricia, al lado de la maestra, va coordinando que el orden se mantenga.

Carlos, de 48 años, llegó después. Se asomó por la ventana del salón y sonrió. Ahí se quedó varios minutos, saludó a los demás niños que estaban pintando un mural, y expresó: “Vengo de la Alcaldía, estaba preguntando por el proyecto que les presenté”.

Carlos, marcado por las decisiones de sus padres y por su misma vida en un grupo al margen de la ley, sueña con poder ser conferencista y montar una fundación que apoye a los menores de edad más vulnerables en el fortalecimiento de sus capacidades y habilidades.

“Me gustaría poder alcanzar tantos niños y niñas, contarles mi vida y evitar que ellos ingresen a un grupo armado, a la delincuencia, al mundo de las drogas”, expresó Carlos con los ojos llenos de esperanza.

Por eso presentó a la Alcaldía de Malambo un proyecto que tiene como fin ayudar a pequeños del municipio en la construcción de sus proyectos de vida.

“Cuando le hablo al alcalde de este proyecto es cuando me encuentro con que ya existía algo parecido que se llama Mambrú, así que empecé a trabajar con ellos, colaborandoles con los refrigerios”, explicó Carlos.

“Pensar que nos pudimos haber matado en la guerra y ahora trabajamos juntos  en la construcción de la paz”, resaltó Patricia al hablar de cómo exguerrilleros de distintos frentes y exparamilitares se han unido para hacer de la paz una realidad en Colombia.

En el Atlántico, la Agencia de Reincorporación y Normalización (ARN) ha realizado cinco intervenciones de Mambrú desde el año 2010, beneficiando a más de 200 menores.

“Desde la ARN realizamos una intervención decidida, generando escenarios para el desarrollo de capacidades y buen uso del tiempo de niñas, niños y jóvenes, para contribuir a la protección de sus derechos. Con esta estrategia encuentran alternativas diferentes para su vida y así contribuimos a prevenir su vinculación a cualquier tipo de violencia”, explicó Andrés Stapper, director general de la ARN.

Una nueva vida

Carlos se encuentra en lo que él llama el “ejército del desempleo”. Reconoce que se equivocó, que quiso ser Dios, eligiendo con un arma el final de la vida de muchas personas, pero ahora ‘pelea’ por cambiar el destino de muchos niños que pueden estar expuestos a situaciones de violencia.

“Pues, aparentemente, yo lo decidí. Pero con tanta insistencia, tantas reuniones y charlas que dan los grupos insurgentes en las regiones, salen convenciendo a la juventud de que ese es el camino”, anotó.

Después de la muerte de ‘Martín Caballero’, Patricia sintió, ya con 22 años, que la vida le estaba dando otra oportunidad. Se desmovilizó.

“Archila (el consejero para la Estabilización) me preguntó: ‘¿Cómo lograste todo eso en tan poco tiempo?  ¿Con la varita mágica?’” contó Patricia riéndose.

Y ella misma respondió al instante, sentada en una de las oficina de la ARN: “No fue fácil. Ahora parece, pero no lo fue”.

Patricia ya culminó sus proceso de reintegración, terminó el bachillerato, hizo curso de tecnóloga en el SENA, se convirtió en una de las mejores trabajadoras del Grupo Familia, logró sacar su vivienda. Y ahora volvió a reconstruir su vida porque sentía que era un deber trabajar por la paz cuando había sido partícipe de la guerra.

Es promotora de la ARN del grupo territorial Atlántico-Magdalena, tiene un hijo y espera otro con su nueva pareja, uno de los líderes del Partido Farc.

Ambos, Carlos y Patricia, trabajan también con menores de edad, acompañándolos a enfrentar las duras ‘batallas’ de la vida con el fin de que ningún niño en Colombia repita la historia que con peso llevan en sus espaldas, para que cada vez sean más los hijos de la paz en un país que sigue luchando por terminar la guerra.

*Carlos es un nombre falso que se usa para proteger la identidad del exjefe del Eln, quien está en riesgo de inseguridad.  

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