Bolívar

En video | El triste pregón de las palenqueras en Cartagena

Setenta mujeres de la cooperativa de palenqueras del Centro Histórico, sumidas en una crisis a causa de la pandemia, se quejan del olvido estatal.

La palangana en la que Shirley Cassiani Salinas vende ensaladas de frutas en la emblemática Torre del Reloj, permanece hace tres meses bocabajo, abandonada en un rincón del patio de su casa en el barrio La María, sur de Cartagena. 

Algo similar sucede con los vestidos coloridos que luce orgullosa cuando está en este oficio: doblados cuidadosamente en el escaparate de su cuarto. La situación de estos dos elementos fundamentales en el trabajo de Shirley son muestras, desde que empezó la lucha contra la pandemia del COVID-19, de la crisis en la que quedó sumido este sector, importante no solo para la economía, sino también para la imagen de la Cartagena turística. Junto a esta  mujer de 35 años hay otras 70 que integran la Cooperativa Multiactiva de Palenqueras del Centro Histórico de Cartagena.

Todas se encuentran en el mismo trance desde hace 90 días, palanganas caidas, brazos cruzados, y por ende sin ingresos para mantener sus hogares humildes. “Somos la alegría y el colorido, la imagen de Cartagena y de Colombia, los turistas nos buscan, se toman fotos,  pero estamos completamente abandonadas por el Estado”, afirma Shirley, presidenta de la cooperativa.

Desde el aislamiento obligatorio han recibido mercados en tres ocasiones: de la Fundación Alimentarte, de la Corporación de Turismo de Cartagena y otro de la Alcaldía. La mayoría de palenqueras del Centro Histórico son madres cabeza de familia que viven del “día a día”, de ahí el triste pregón que hoy  lanzan para que el Gobierno Distrital y Nacional no las olviden.

Shirley recuerda que en agosto del año pasado la vicepresidenta Marta Lucía Ramírez les entregó diplomas de cooperadas, y les donó una máquina fileteadora y otra para estampar camisetas y gorras.

En diciembre, en un encuentro en Mompox, Shirley pidió apoyo al presidente Duque para San Basilio y sus mujeres.  Al respeto, el senador Fernando Nicolás Araújo (Centro Democrático), informó que la iniciativa para que Palenque sea declarado Municipio Especial, no logró trámite en medio de las dificultades legislativas, pues dijo el Congreso “se está adaptando a esta nueva realidad”. Prometió radicarlo de nuevo el 20 de julio. 

 

 

Doble dolor

La líder de las palenqueras del Centro Histórico asegura que el duro golpe a los ingresos del gremio por efectos de la pandemia le hizo recordar la tragedia que vivió en noviembre de 2004, cuando su casa sucumbió en medio de la ola invernal.

“Me tuve que ir para donde mi mamá, me incluyeron en el censo para una casa, pero no he recibido nada”, denuncia.

Con lo que gana como vendedora de ensalada de frutas logró levantar su casa en madera y techo de zinc. Dos cuartos, una sala y un baño son suficientes para ella y sus dos hijos, John Maicol, 16 años,; y Saraley,  de 7.

La madera llama mucho animal, pero gracias a Dios tengo techo donde dormir”, dice al recordar que su niña enfermó de dengue hemorrágico el año pasado.

En la calle 53, sector Lomas de San Bernardo, aún no llega agua potable, otro padecimiento para quienes habitan esa zona cercada por el coronavirus.

Por eso en medio de la pandemia Shirley Cassiani asegura que para la comunidad es un “alivio” que la Alcaldía los abastezca con  carrotanques. Cuenta que sus hermanos Kevin, y Juliana, enfermera del Hospital Universitario del Caribe, son los que la han han ayudado con recursos en este aislamiento.

“Tengo la cabeza grande, tuve que matricular a Saraley en un colegio público porque no hay plata. A veces creo que esto es un sueño, entonces oro y ayuno porque con el favor de Dios esto pasará pronto. Pero que nos ayuden”, clama.

 

Beatriz Torres Julio se gana la vida fotografiándose junto a turistas.
“Deudas nos ahogan”.

Esta crisis también tocó la puerta de Beatriz Torres Julio, 33 años, una de las herederas de Ramona Torres Julio, matrona palenquera con la que comparte vivienda en arriendo en el barrio El Educador sector 2 de Noviembre, zona sur.

Dice que lleva los apellidos de su mamá, porque de su papá no supo más desde que era muy niña.

Beatriz se gana la vida fotografiándose con turistas. Por eso ha tenido la oportunidad de posar junto a personajes nacionales y visitantes de varios países.

Recuerda a una mexicana que no paraba de llorar cuando las vio. Luego de tomarse varias fotos les entregó pulseras con el nombre de su país. 

Confiesa que en más de una oportunidad las han engañado con fines comerciales. “No me dicen para qué son las fotos, y luego las vemos en pasacalles, postales, avisos publicitarios. Cualquiera diría que nos pagan una millonada y no es así”.

Dice que la cuarentena los golpeó por partida doble, porque su esposo, Johnatan Acosta, de nacionalidad venezolana, vende artesanías en el Centro de Cartagena.

 

Beatriz Torres junto a sus hijas Jonaibelis, de 11 años, y Adrianyelis, de 5.

Los dos están agobiados económicamente porque ya deben la mitad del arriendo de este mes y tienen facturas acumuladas por tres meses. “Las deudas nos ahogan”, asegura desconsolada.

Las clases virtuales que reciben sus hijas, Yonaibelis, de 11 años; y Adrianyelis, de 5, están en riesgo por la falta de plata.

“No tengo datos en mi teléfono, cuando recargo 5 o 6 mil pesos buscamos en internet. Ya estamos pensando que mejor perder este año porque son gastos de fotocopias e internet y no tenemos de dónde”, dice.

La pareja se rebusca vendiendo yuca en la puerta de la casa, pero la situación está tan mala que les ha tocado cocinarla para la familia antes de que se dañe.

 

Elizabeth Torres Miranda junto a su esposo Francisco Obeso, Jesús Alberto y María Obeso.
“Vivimos de limosnas”

En casa de Elizabeth Torres Miranda y de Francisco Obeso, en el barrio El Nazareno, también viven en medio de la angustia por culpa de la pandemia.

Ella, de 57 años, vendedora de cocada, “caballito”, enyucado, y todos los manjares que le enseño su mamá, Antonia Miranda, asegura que desde que empezó la pandemia viven de la ayuda de familiares y amigos. 

“Estamos a punto de limosnas y de los mercaditos que nos han dado”, añaden.

Sostiene que siempre ha permanecido en el Centro Histórico, en donde se gana la vida trabajando a diario de 2 de la tarde a 8 de la noche.

Francisco también está cesante como vendedor informal de lentes para el sol en Bocagrande. “Estamos acostumbrados a ganarnos la plata trabajando, así construimos nuestra casa”, anota.

La pareja vive junto a sus hijos Jesús Alberto, de 20 años, quien estudia sistemas en el Sena, y de María Obeso, de 14, (fruto de una relación anterior de Francisco), quien estudia bachillerato.

Tienen una situación muy complicada, por eso pide apoyo en nombre de todas las palenqueras del Centro Histórico para que el Estado les tienda la mano y las ayude a pasar este trago amargo a quienes hacen parte de la identidad cultural de Cartagena.

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