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El titulo es:Un secuestro simple en una mañana en San Roque

Un secuestro simple en una mañana en San Roque

Una venezolana y su esposo fueron encerrados, con candado, en la habitación que le habían arrendado a una mujer en Barranquilla. Una parte del proceso fue trasladado a la Fiscalía.

Hansel Vásquez y Luis Felipe de la Hoz.
Hansel Vásquez y Luis Felipe de la Hoz.
Sista Orozco (izq) debate con Lilibeth Briñez (der) frente a la inspectora Lorena Orozco, en el despacho. Hansel Vásquez y Luis Felipe de la Hoz.

Una venezolana y su esposo fueron encerrados, con candado, en la habitación que le habían arrendado a una mujer en Barranquilla. Una parte del proceso fue trasladado a la Fiscalía.

Lilibeth Briñez está, como cualquier otra mañana, recostada con los brazos cruzados sobre el cabezote de su cama de sábanas blancas. El reloj análogo que reposa sobre la pared de pintura beige marca las 10:03 cuando empiezan los gritos, una vez más, en el pasillo.

Los cálidos rayos de sol mañanero aterrizan en el rubor de sus mejillas y se posan sobre su piel morena. Por un instante, cuando la discusión cesó unos pocos segundos, se sintió otra vez en Venezuela, como cuando era niña y no tenía mayores preocupaciones.

Junto a la puerta, furioso, grita su esposo, un hombre alto, moreno y de barba canosa. Después de varios insultos, amenazas y alaridos, decide golpear la madera, que cruje ante el impacto de sus puños cerrados. —¡Eres una bruja! —vocifera—. Deja que te ponga las manos encima.

Aquella mañana iba a ser feliz, cuando por fin abandonara esa casa de humillaciones y maltratos. Todo estaba listo: sus maletas junto a la puerta y el maquillaje sobre su rostro. Pero la puerta estaba cerrada. No desde adentro, como muchas veces cuando se blindó contra los insultos, sino desde afuera, desde donde vigilaba su captora.

—¡Doña Sista abra la puerta! —gruñó el esposo de Lilibeth, furibundo—. ¡Es un delito que usted nos tenga encerrados, déjenos salir!

Lilibeth observó con detalle a su esposo, que lucía agotado después de haber vociferado cualquier tipo de insultos en poco más de una hora que llevaban encerrados en la habitación. David De la Rosa es un tipo de 54 años, 27 más que ella, y vestía de jeans y camisa azul oscuro.

Nunca ha levantado una mano contra su esposa y no se considera violento. Su personalidad es tranquila y relajada, como un velero que navega con poco viento. Desde hace años es cocinero y junto a Lilibeth tienen varios puestos de perros calientes en el sur de Barranquilla.

Como marinero, es un hombre enamorado de la brisa que sopla libre en las mañanas de Barranquilla. Está frustrado y sus ojos negros brillan con una intensidad furiosa. Junto a su esposa, lleva una hora encerrado en la habitación en la que han residido por cinco meses. No hay escape, hay candados en la puerta y en las ventanas.

Junto a Lilibeth, otros ocho venezolanos residen en la misma casa en el barrio San Roque, en el centro de la capital del Atlántico. Como no tienen un sueldo fijo, hicieron un acuerdo de pago con Sista Orozco, dueña del inmueble y quien se ha dedicado al negocio por más de 20 años. Lilibeth y su esposo pagan el arriendo cada 10 días, aquel 25 de febrero se cumplía el número siete.

—¡De aquí no se me van hasta que me paguen lo que me deben! —respondió doña Sista con un alarido desde el pasillo—. Voy a llamar a mis hermanos que son matones para que les cobren, ustedes verán.

—Llame a quien usted quiera —gritó, de vuelta, David—. Cada quien tiene a sus dolientes y yo también tengo a mi gente que conoce todos sus abusos. —¡Abra la puerta! —aulló—.

La audiencia

La tarde del 7 de marzo transcurría tranquila en la inspección novena de Barranquilla. Había sido un día atípico, oscuro y frío, debido a las fuertes brisas que azotan la ciudad.

La inspectora Lorena Orozco, una mujer rubia que ronda los cincuenta años, le pidió a su asistente que hiciera seguir a los protagonistas de la audiencia de las 4:30.

Estaba agripada y por eso la orden le sonó un poco floja, contrario a lo que normalmente genera su voz autoritaria. A pesar de eso, el aire acondicionado mantenía su oficina fría, una habitación sobria de cuatro paredes blancas y dos cuadros: uno con un faro y otro con tres botes sobre las olas del mar.

Dos mujeres y dos hombres atravesaron la puerta y se sentaron unos frente a los otros en el despacho de la inspección. La morena, Lilibeth Briñez,estaba junto a su abogado y miraba fijamente a la señora del pelo rubio con puntas rojas que tenía a pocos metros, Sista Orozco, acompañada por su esposo, un hombre colorado y de pelo canoso.

Afuera, en la puerta del edificio de la Alcaldía vieja de Barranquilla, David De la Rosa esperaba. Minutos atrás, cuando Sista Orozco y su esposo ingresaron al despacho le dijeron: “Si este no tiene para pagarnos una habitación, menos tendrá para un abogado”.

—Muy buenas tardes, en nombre de la Constitución de Colombia doy inicio a esta audiencia de conciliación— dijo la inspectora con voz agripada—. Mi nombre es Lorena Orozco, la inspectora asignada, y me dispongo a escuchar a las dos partes implicadas.

Lilibeth y Sista se revolvieron en sus asientos y cada una, entre tartamudeos, intentó empezar con su discurso. Pero la voz que resonó primero fue la de un hombre, la del esposo de la señora arrendataria. El tipo estaba enojado y no aguantó mucho antes de lanzar improperios en contra de Lilibeth.

—¡No entiendo qué hacemos aquí!— gritó, levantándose de su silla—. ¡Con esta gente no hay nada que conciliar. Que paguen y no nos vemos más nunca!

La inspectora, con una calma firme y atronadora, le pidió que guardara silencio y preguntó, inquisidora, quién era y por qué hablaba antes de la denunciante y la acusada.

—Soy el esposo de la señora Sista y es una falta de respeto que nos hayan llamado aquí —manifestó iracundo—.

—Pues yo soy la inspectora y le pido que se retire de la audiencia, acá solo están llamadas las partes y sus respectivos abogados —le respondió, envalentonada, la inspectora Orozco. El hombre, sorprendido por la defensa inmediata de la mujer, abandonó el despacho, lo que dio inicio a la audiencia.

La inspectora Orozco carraspeó y se dispuso a leer el informe, ante la mirada atenta de los presentes. De pronto hubo silencio y, con voz clara, la mujer divulgó los hechos señalados en el acta.

La denuncia

Sista Orozco encerró, durante dos horas, a Lilibeth Briñez y David De la Rosa en su habitación, el 25 de febrero de 2019. El motivo: los arrendatarios procedían a abandonar la residencia sin haber pagado el monto acordado, unos $6.000 diarios por persona.

La denunciante, Lilibeth Briñez, aseguró haber sido víctima de abusos verbales por parte de Sista Orozco, quien admitió haber alquilado informalmente habitaciones de su casa por más de 20 años. La quejosa declaró haber presenciado cómo la denunciada insultaba a los otros huéspedes venezolanos y les pedía, diario, apagar los ventiladores a las 9 de la mañana para evitar problemas con Electricaribe.

Además de lo ya expuesto, Lilibeth Briñez denunció a Sista Orozco por haber intentado atacarla con un cuchillo luego de que David De la Rosa, el esposo de la quejosa, negociara el pago pendiente de la habitación con los hermanos de la propietaria de la casa, quienes llegaron al lugar de los hechos cerca de las 11 de la mañana del 25 de febrero.

Sista Orozco, por su parte, aseguró haber sido amenazada, de igual manera, por Lilibeth Briñez, quien admitió haber enfundado una navaja en defensa propia. Después de los altercados violentos, los hermanos de la denunciada y David De la Rosa separaron a las mujeres y desalojaron la habitación.

Ya en la calle, Lilibeth Briñez, luego de las dos horas de cautiverio, se percató de la ausencia de una bolsa negra, en donde guardaba tres pares de zapatos y dos carteras que contenían $2.200.000 y todos sus documentos, incluída la cédula de extranjería y el pasaporte. La quejosa denuncia que Sista Orozco se la robó, aprovechando el desorden al momento de abandonar su casa.

—Yo no sé nada de ninguna bolsa —interrumpió Sista a la inspectora—.  ¡Nunca la he visto, eso es falso! —espetó—.

—¡Mentiras! —respondió Lilibeth—. ¡Ella se la robó! La plata no me importa en este momento porque era para invertir en los carros de comida en Carnaval. Ahora mismo solo quiero los papeles, llevo dos semanas indocumentada... y soy de Venezuela.

—¿Usted tiene alguna prueba sobre esa denuncia, señora Lilibeth? —preguntó, interesada, la inspectora Orozco—.

—Sí, tengo un video de la cámara del negocio de en frente en donde se ve que cuando yo salgo la bolsa no está entre mis pertenencias y...

—Pero yo no tengo cómo probar que la bolsa alguna vez existió... —interrumpió la inspectora—.

—Pero...

—¿Alguna de ustedes dos tiene ganas de conciliar? —preguntó la inspectora Orozco—. ¿Hay algún acuerdo al que puedan llegar?

—No —respondieron las dos mujeres de manera rotunda—.

La inspectora suspiró y guardó silencio unos cuantos segundos. Hubo silencio en el despacho.

—Entonces yo no tengo nada que hacer aquí —dijo—. El tema del robo le compete a la Fiscalía, pero con respecto al hospedaje... ¿usted no tiene papeles que avalen su negocio, cierto señora Sista?

—¿Papeles? —preguntó, nerviosa—. Yo no necesito papeles para hospedar a gente en mi propia casa.

La inspectora Orozco le explicó que para poder hospedar gente en su casa, en lo que ella denomina su negocio, necesita, no solo radicarlo en Cámara de Comercio, sino también todos los documentos correspondientes.

La decisión

La audiencia había terminado. Al no tener competencia sobre el robo, la inspectora tuvo que traspasarlo a la Fiscalía, que es el ente encargado en este tipo de casos. El juzgado de pequeñas causas, al cual acudió Lilibeth cuando hizo la denuncia, no cubre este tipo de causas y, en pocas ocasiones, como el pasado jueves, son atendidas.

Después de explicar los hechos, la inspectora decidió amonestar a Sista Orozco por cometer secuestro simple y por las agresiones verbales a sus inquilinos y le exigió que no reincidiera en ellos. Además, dio la orden para que la Policía se acercara a su lugar de residencia, donde además administra su negocio informal de hospedaje, y fueran ellos los que, según el nuevo Código, determinaran si contaba con los papeles correspondientes para su funcionamiento.

—De lo contrario... —dijo la inspectora—. Tendrá que cerrar su negocio de hospedaje. ¿Queda alguna duda? —preguntó—.

—Que esto llegue a las instancias que tenga que llegar. No pienso detenerme hasta que me devuelvan mi plata y esta señora pague por lo que ha hecho —lanzó Lilibeth—.

—Que así sea. —cerró la inspectora—. Declaro finalizada la audiencia.

David De la Rosa (izq.) acompañó a Lilibeth Briñez a denunciar el caso.
David De la Rosa (izq.) acompañó a Lilibeth Briñez a denunciar el caso. Hansel Vásquez y Luis Felipe de la Hoz.

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