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El titulo es:“¡Pícalo! ¡Ese es mi gallo!”

“¡Pícalo! ¡Ese es mi gallo!”

Luego de que la Corte Suprema anunciara que se exonerará a los galleros por estos actos de tradición y cultura, los fanáticos del Atlántico le siguen apostando al combate.

Luis Rodríguez Lezama
Luis Rodríguez Lezama
Para pelear, los gallos deben tener mínimo nueve meses, momento en el que, según los galleros, alcanzan la madurez para enfrentar los combates. Luis Rodríguez Lezama

Luego de que la Corte Suprema anunciara que se exonerará a los galleros por estos actos de tradición y cultura, los fanáticos del Atlántico le siguen apostando al combate.

Si usted pregunta en Juan Mina dónde queda la gallera del portón verde, cualquiera de sus habitantes podrá darle indicaciones para llegar. Era una noche de viernes cuando, después de haber sido avisado de que había peleas, me aventuré hasta el epicentro del licor y las apuestas de ese corregimiento de Barranquilla.

A solo 7 kilómetros del casco urbano de la capital del Atlántico, cuna del carnaval y del progreso del país a comienzo del siglo XX, una gallera se levanta como el bastión de una tradición que despierta amores y odios. Plumas, espuelas y sangre cubren la arena de este escenario, al que asisten fanáticos todos los fines de semana.

Para llegar a mi destino, la gallera más famosa de Juan Mina y sus alrededores, recorrí un camino solitario y oscuro, únicamente iluminado por las luces neón de los moteles que ofrecían sus tarifas más atractivas para la primera tanda del fin de semana. Era una noche fresca, bajo la luna resplandeciente de Barranquilla, famosa por los cantares de Esther Forero, la musa de La Guacherna.

Entre callejuelas desiertas y casas con luces apagadas me moví hasta encontrar la calle de la gallera, una de las pocas con movimiento en una noche en Juan Mina. En el resto del corregimiento, señoras estaban sentadas en mecedoras en la terraza, chismorreando sobre la actualidad del barrio o del último suceso fantástico de la familia.

Efectivamente —y después de vueltas e indicaciones— tras el portón verde, está ubicado sin ningún tipo de tapujos la gallera, el escenario de peleas de gallos más grande del departamento. No había atisbos de la Policía a las afueras, en donde, curiosamente, había una pollería callejera, que exhibía las pechugas asadas de las aves bajo lámparas de luz aguda que ayudaban a iluminar la penumbra de la calle.

Dentro, apenas unos metros adelante, estaba el garaje, un lote de tierra polvorienta junto a la gallera, cuyas luces ya estaban encendidas y su escenario listo para los combates. El lugar estaba atiborrado de camionetas de vidrios polarizados y carrocerías de lujo, parqueadas unas al lado de las otras en una especie de mosaico del color de un tablero de ajedrez.

Noche de gallos 

Cuando ingresé, cerca de las 9 de la noche, la única luna de aquella noche no era la que brillaba en lo más alto del cielo. Semicírculos de sillas plásticas, en forma de medialuna, estaban dispersados por diferentes rincones del exterior de la gallera. En ellos, a la expectativa e impacientes, estaban sentados los apostadores y su séquito de consejeros, todos vestidos casi uniformes con camisas costosas, jeans y hasta pantalones de lino negro.

Unos 100 metros más allá estaban las jaulas y los corrales, que trazaban la frontera imaginaria entre los que pagaban y los que trabajaban para ellos. Junto a los gallos, que estaban siendo pesados en una balanza colgante, discutían los jueces y los encargados de medir a los animales, los grandes protagonistas de la noche.

“Regálame media onza, no joda, no ves que el mío es pollo y el de él es un cipote animalón”, le dijo uno de los galleros al juez, que cargaba al gallo frente a la balanza. “No me importa que ese ya haya peleado, yo le tengo fe a este y por eso le voy a apostar un millón. Déjamelo pelear”, le señaló el hombre, quien había llevado tres aves combatientes esa noche.

Sentado en una mesa a pocos metros de esos sucesos, un hombre que se presentó como William Riscala preparaba a sus gallos para el combate, junto a su propio grupo de asistentes y consejeros. El sujeto, de unos 60 y tantos, agarraba a los animales del tronco y les estiraba las patas doradas, para luego acomodarles las vendas y las espuelas negras y filosas.

Riscala, como lo llaman sus compadres, es un gallero de vieja data. Es oriundo de Maicao, pero se asentó en Barranquilla desde 1974, el mismo año que se inició como apostador. “Mi familia siempre ha sido gallera, menos mi papá, pero yo fui el que más se metió en el asunto”, dijo, mientras el sudor le caía desde su cabello canoso.

Esa noche, me contó, había llevado cuatro gallos para apostar. Por cada uno pagaría un millón de pesos, lo que le entregaría cuatro millones si lograba terminar la noche invicto. Él mismo, como un padre, le pegó las espuelas a los gallos, al mismo tiempo que les sobaba el pelaje.

“Las espuelas están hechas de acrílicos”, me explicó, concentrado en su labor. “Antes eran de carey, las sacaban de las tortugas, pero ahora nos preocupamos por el medio ambiente y las hacemos de esto”, añadió al tiempo que soltaba una carcajada ronca.

Cuando vendó las patas del último gallo y le acomodó las espuelas se puso en pie, listo para ir “a la guerra”, como le llamaban a la noche de peleas. “Esta espuela puede atravesarle el pulmón o la cabeza a un gallo, ahí ya no hay nada que hacer. Espero que los míos sean los que ganen”.

En un instante, como por arte de magia, las conversaciones se interrumpieron y hasta una canción famosa del Binomio de Oro dejó de sonar. Los primeros alaridos de emoción se escucharon desde la gallera, lo que indicaba que el primer combate de la noche había empezado. Había 80 gallos inscritos, los gladiadores de 40 peleas a muerte.

Sangre en la arena

Un torbellino de plumas y sangre revoloteó en la arena de combates cuando entré al coliseo atiborrado de gente. Los gritos y alaridos se perdían entre el sonido floreado del contacto de los picos con las alas cuando el espectáculo principal se apoderó de la noche. 

Dos gallos, animales enaltecidos por una fanaticada digna de un estadio de fútbol, se apuñalaban sin piedad, dejando un rastro carmesí de dolor y angustia. Uno rubio y otro pinto se picoteaban sobre la alfombra verde del escenario, como dos boxeadores que jadean acalorados entre el tumulto del público exaltado. 

“¡Ahí, hijo, ahí!”, le gritaba uno de los dueños a su gallo, el rubio, una saeta dorada de espuelas mortales. El hombre, casi sacado de un estereotipo de novela de televisión costeña, llevaba una gorra vinotinto sobre la cabeza y un poncho que le colgaba del cuello. Vestía una camisa rosada, pegada a la piel por el sudor, y unos mocasines café. 

Sus alaridos iban al compás de las picotadas del gallo, que arremetió como un puñal dorado contra su rival. La víctima, el carmesí, se tambaleaba casi moribundo dentro de la arena. “Ese gallo ya está listo, no le queda mucho”, me dijo Anthony, un joven futbolista de no más de 23 años, que se deleitaba con el escándalo que generó una embestida de una de las aves.

Junto al hombre de rosado, unas 100 personas ubicadas en las tres filas del coliseo gritaban y alentaban como hinchas que empujan a su equipo a anotar un gol agónico. “Él siempre le dice así (hijo) a los gallos. Cuando pelean es como si les hablara, no se calla ni un solo segundo en toda la pelea”, me contó Anthony, en medio de la algarabía. 

Anthony estuvo a punto de ser futbolista profesional, pero el destino no quiso que se dedicara al balompié, según me contó. De igual forma, si no me lo hubiera dicho, su contextura delgada y la camisa del Cúcuta Deportivo que se ceñía sobre su pecho lo habrían delatado.  

Él era uno de los más jóvenes de la gallera, que estaba casi llena en su totalidad de hombres con un mismo código de vestimenta: camisa manga corta de colores pastel o camiseta de cuello con botones con un logotipo de caballo o de cualquier otro animal.

La gallera es todo lo que usted se imagina de una gallera, pero diferente. Sí, hay sombreros vueltiaos, ponchos y correas gruesas. También hay solo hombres, acompañados quizás de alguna esposa apasionada o de alguna amante aburrida. En la primera fila, a pocos metros de la matanza, se ubican los más adinerados: un anciano con sus dos hijos, abrazados y risueños en torno a los gallos de combate. 

Sentarse frente a los gallos, en donde casi le caen las plumas, es uno de los privilegios más importantes de la gallera. Botella de güisqui en mano, los hombres aquí sentados se ubican junto a los apostadores, que se juegan hasta un millón de pesos por gallo. En esta hilera los atuendos son más lujosos y sus ocupantes lucen como los líderes de la pirámide de la gallera. 

Apostadores

Los patrones, como les llaman, son los que cuentan fajos de billetes junto a los gallos moribundos. Cuando el combate terminó, y uno de los animales cayó sobre la alfombra con las patas arriba, hubo gritos de celebración y de júbilo. Cientos de miles de pesos, quizás millones, habrá sido el premio para uno de esos apostadores. El dueño del gallo, cabizbajo, recogió a su combatiente caído y, agarrándolo de las alas, pagó la apuesta antes tasada. 

En la segunda fila también se sentaron varios de los apostadores, mezclados entre un tipo de espectador diferente: los de gorra y camiseta tipo polo. Aunque también llevaban ponchos y gritaban a la par de los dueños de los gallos, los fajos de billetes en sus manos eran de menor tamaño y apostaban entre ellos, como para ganar unos cuantos pesos.

Ahí, casi escondido, estaba Riscala, que saltó como una fiera cuando uno de sus gallos entró a la arena. Emocionado, con su barriga al garete, le gritaba a su animal como si este lo entendiera, dándole instrucciones de asesinar a su rival. 

La derrota

El combate no duró más de un minuto, pues uno de los relojes de arena de los jueces ni siquiera se terminó. El gallo de Riscala, como una lanza en llamas, embistió a su víctima con una furia de película épica.

El otro animal, perforado en el pulmón, se dejó caer para luego ser picoteado en la nuca hasta la muerte, lo que levantó en júbilo al gallero y a su séquito de consejeros. 

Desde lo más alto del coliseo, donde los últimos espectadores se acomodaron en unas gradas de cemento, se escucharon también alaridos y gritos de celebración. Entre ellos, como en los otros rincones del coliseo, intercambiaron billetes, tragos y apretones de manos. “La gallera ya está caliente”, me dijo Anthony. “Ahora van a tirar todos los gallos uno tras otro. Aquí vamos hasta el amanecer”.

Olía a humo y licor cuando salí de la gallera, siguiéndole el rastro al gallero derrotado, que llevaba su animal malherido, casi moribundo, agarrado de las alas. Sin agüero, en medio de lamentos, el hombre apuñaló con la espuela a su animal agonizante. “Es lo mejor que puedo hacer por él”, me dijo. “A veces los curamos, si las heridas no son tan graves, pero a varios nos toca matarlos o hacerlos sancocho más tarde”. 

El gallo, con el pico ensangrentado, cayó muerto en cuestión de segundos. Su dueño lo dejó en una canasta y agarró otro de los animales por el tronco. Fresco, como si no hubiera pasado nada, se aventuró nuevamente dentro de la gallera. Listo para apostarle una vez más a otro animal, que se medirá a muerte dentro de la arena.

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