El Heraldo
La juez de paz Nidia Donado junto a Marlene y Rafael, dos de los cinco hermanos, durante la audiencia.
Barranquilla

Pequeñas causas | Justicia, lo que Marlene pide a sus hermanas

Una mujer llevó a sus cuatro hermanos ante un juez de paz y reconsideración para llegar a un acuerdo sobre la herencia que les dejaron sus padres.

Más de nueve años después, Marlene seguía sin tener un techo propio bajo el que vivir. Dormía en una cama, sí, y tenía sus tres comidas al día, también. Pero le hacía falta la tranquilidad de no tener que pagar un arriendo; de no tener que lidiar con un arrendatario.

Para Marlene, una mujer mayor, las prioridades distan de aquellas que tienen los jóvenes, que en búsqueda de fortuna y éxito emprenden grandes aventuras y riesgos. Tener salud, una vivienda propia y la felicidad de sus hijas son ahora los objetivos de ella, que, con lo justo, apenas puede cumplir con el último de estos.

Marlene es la mayor de cinco hermanos, y como primogénita uno imaginaría que tendría ciertos beneficios. Por ejemplo, en muchos reinos en la edad media el primer hijo era el heredero del castillo y de gran parte de los títulos nobiliarios del monarca. Pero en este caso a Marlene no le dejaron nada, ni propiedades ni beneficios. 

Vive arrendada, sus hijas ya son adultas y se siente sola y desamparada. No solo la dejaron sus padres, que fallecieron hace ya muchos años, sino también dos de sus hermanas, que –según cuenta– no le quieren dar un peso.

De los dos hermanos restantes, Hugo y Rafael, Marlene solo cuenta con Rafa, que alega tener los mismos problemas que ella: está cansado de pagar arriendo y de que no le alcance el sueldo. Hugo, por su parte, estuvo de su lado por varios años, pero –por cuestiones de la vida– terminó aliándose con las otras dos hermanas. ¿El pleito? Por una casa que pertenecía a la madre y en la que residen las dos mujeres. Según cuenta Marlene, desde hace años no pagan impuestos y deben varios meses de servicios. Su petición: que la vendan, por ser herencia de todos, y repartir el dinero en partes iguales entre los hermanos.

La historia de la casa se remonta a nueve años atrás, cuando, aún en vida, la madre de Marlene la compró para vivir en ella sus últimos días. La anciana, junto a las dos hijas que hoy en día viven en la que era su residencia, habitaba en una casa mucho más grande, con muchos cuartos y pasillos. Debido al consejo de las hermanas de Marlene, la madre adquirió la nueva propiedad en el barrio Paraíso, que es más pequeña, y por la que le quedaron varios millones que delegó a las dos mujeres para que los repartieran entre sus hermanos.

“Es que no es justo, doctora. Ellos no me pueden hacer esto. Yo me siento sola, no quieren entregar los bienes de mi mamá”.

En aquel entonces, según cuenta Marlene, lo que debieron entregarle a ella y a su hermano Rafael eran cinco millones de pesos. En nueve años –denunció– solo ha recibido $100.000. Mientras tanto, al mismo tiempo que ella y su hermano pagan arriendo, ella manifiesta que las otras dos hermanas residen en la casa que era de su madre, y que, a pesar de ver las necesidades por las que atraviesa, se niegan a vender la vivienda y también a pagar los impuestos.

A los problemas de Marlene se suma el que quizás sea el más grave: la lucha contra la leucemia la ha debilitado, ha hecho que se le caiga el pelo y le ha quitado la capacidad de trabajar. A su edad, cerca de los 60 años, son pocas las posibilidades de trabajo que podría encontrar en el mercado laboral. Vive de sus hijas, que la ayudan con sus tratamientos y con la comida. También le pagan el arriendo, desde hace varios años, a pesar de que una de ellas se haya ido a vivir a Bogotá.

Su tristeza tiene otro agravante: la pelea eterna con sus hermanas. Según cuenta Marlene, la relación era igual estando su madre en vida. Incluso, en medio del alzheimer que padeció la anciana, las otras dos mujeres no le permitían verla, y hasta le cerraron las puertas de la casa. Hoy, amas y señoras de la misma propiedad, todavía no permiten el ingreso de Marlene, que solo les pide ser justas con la repartición de los bienes.

Para eso contrató a una abogada, que inició los trámites de la sucesión. Uno de los requisitos para los trámites era contar con la firma de los cinco hermanos. Marlene, Rafael y Hugo se presentaron. Las otras dos hermanas nunca lo hicieron. “Lo más extraño es que nos decían que sí, que ellas iban a vender la casa, pero cuando iban compradores los echaban y les aseguraban que eso no estaba en venta”, contó Rafael.

Desesperada, enferma y con evidente tristeza, Marlene acudió a la justicia de paz en búsqueda de una solución a su problema familiar. La juez Nidia Donado fue quien asumió el caso y la citó a las 10:00 a.m. en su despacho. A las 9:00 a.m., Marlene y Rafael ya estaban en la oficina. Ella iba de vestido azul, con su pelo corto, y él llevaba botas de trabajo, con una camiseta morada.

Así pasaron los minutos primero, luego las horas. A las 11:00 a.m. ni Hugo ni las dos hermanas habían llegado a la cita, pues la juez necesitaba hablar con los cinco. Marlene no tenía esperanzas de que las mujeres se presentaran, pero creía que si Hugo llegaba, y al ser tres los presentes, podían arreglar algo y encaminar la situación a su favor.

Pero de repente sonó el teléfono. Hugo estaba en la linea. “Si ya ustedes saben que esa casa se va a vender para qué me toca ir”, le dijo a la juez. “Hugo, pero por favor ven y dile eso a tu hermana Marlene. Ella está muy afectada por el tema”, le contestó. El no era rotundo. Hugo, el tercer hermano, el que podía inclinar la balanza, no se iba a presentar. Marlene rompió en llanto.

 

“Yo tenía la esperanza de que vinieran para intentar que se haga justicia, pero ya no sé qué hacer, esto me tiene muy mal de salud”.

“Es que no es justo, doctora”, le dijo a la juez. “Ellos no me pueden hacer esto. Yo me siento sola, no quieren entregar los bienes de mi mamá. Yo lo único que quiero es vivir bajo un techo propio”. A su lado, Rafael también se veía bastante triste y preocupado. “No quieren dar la cara, nos dejaron solos, doctora”.

Incluso, justo después de haber sido citadas, las dos hermanas y Hugo firmaron una carta en la que desconocían la autoridad judicial de la justicia de paz para dirimir el conflicto planteado por Marlene, por lo que se rehusaban a asistir. Las cartas estaban sobre la mesa y los bandos divididos. En medio, la casa de una madre que había fallecido y a los lados sus hijos: unos que viven en esta, y otros que después de nueve años piden que sea vendida para recibir su parte de la herencia.

“Mi hermano Hugo estuvo de nuestro lado mucho tiempo, pero a él se le murió una hija y está muy afectado. Ellas lo recibieron en la casa y por eso ya no puede ponerse en su contra. Por eso tenía la esperanza de que sí viniera hoy, para intentar que se haga justicia. Pero ya no sé qué hacer, esto me tiene muy mal, yo estoy enferma... yo ni siquiera debí haber asistido hoy”, dijo Marlene entre sollozos.

¿Y ahora?, se preguntó Marlene. “Pues los volvemos a llamar”, le contestó la juez Nidia Donado. “Vamos a hacer una nueva cita, ellos van a tener que venir y acá, con diálogo civilizado, van a empezar a arreglar sus problemas”.

Marlene sonrió un poco. Por primera vez, después de tantas horas de espera, parecía tener esperanza. Su sueño de tener una casa propia seguía vigente.

Abandonó el recinto sintiéndose diferente, más tranquila, pero otra vez a la espera. Para lograr conciliar su caso necesitaba la presencia de sus hermanos, que, a pesar de haber sido citados, decidieron no asistir. Rafael, el único que acudió al llamado, también esperaba que sus hermanas no lo abandonaran. 

“Esperamos que vengan. Esto hay que hablarlo y, por mi hermana, tenemos que colaborar”, concluyó.

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