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Pequeñas causas | Facturas, gritos y un cuchillo: el lío por un arriendo

Tras cuatro meses en los que adeudaba varios pagos, incluidos la luz y el agua, los propietarios le pidieron a un joven que les entregara su casa.

Luis Felipe de la Hoz
Luis Felipe de la Hoz
Rodrigo Blanco (izquierda), junto al juez de paz Virgilio Montaño y Martha Amador, durante la conciliación. Luis Felipe de la Hoz

Tras cuatro meses en los que adeudaba varios pagos, incluidos la luz y el agua, los propietarios le pidieron a un joven que les entregara su casa.

Martha María y su esposo acudieron al despacho del juez de paz por segunda vez. La furia y el desespero, evidentes en sus ojos, atravesaron el portón de la entrada incluso antes de que ellos se sentaran en la sala de audiencias. Ambos, en sus cincuenta, habían posado sus esperanzas en el sistema judicial, pero luego de un primer encuentro la otra parte les había incumplido con lo pactado.

Justo en frente, al otro lado de la sala, un muchacho cercano a los 30 años estaba sentado con tranquilidad. Tan calmado, que parecía extraño que estuviera esperando que iniciara una conciliación. Llevaba una chaqueta negra con líneas verdes y rojas, varios anillos en los dedos de sus manos y las llaves de una motocicleta colgándole del bolsillo.

En el centro del conflicto, como un árbitro en la final de un mundial, el juez Virgilio Montaño observaba fijamente a las dos partes, que ya se habían acomodado dentro de su despacho. La tensión palpable pululaba en el aire cuando el esposo de Martha, que interrumpió el silencio cuando su cónyuge se disponía a hablar, tomó la palabra y empezó a explicar el caso.

Varios días atrás, cuando el esposo de Martha, a quien llamaremos Javier, salió de su residencia en dirección a su propiedad en el barrio Antonio Nariño de Soledad, tenía la fuerte sospecha de dos cosas: uno, no le iban a pagar el dinero que le debían, y dos, no le entregarían las llaves de la vivienda que arrendó.

Junto a Martha, quien dijo que se aferró a Dios para ponerle fin al conflicto, se pusieron en camino a este sector de Soledad, lleno de casas pequeñas y calles destapadas.

Rodrigo Blanco, uno de los inquilinos de su vivienda, había arrendado el lugar para que él, su esposa y sus dos hijos pudieran vivir tranquilos bajo un techo. Varios meses después, a pesar de la insistencia de Martha y Javier, debían cuatro meses de arriendo y tres facturas de agua y energía eléctrica.

Rodrigo estaba sentado sumido en un silencio profundo y se revolcaba en su asiento al escuchar la historia, pero no hizo comentario alguno sobre lo sucedido. El juez, por su parte, estaba atento a cualquier detalle que pudiera faltar en la historia, pues todo era vital para lograr que ambas partes -una vez más- conciliaran.

Ya en el lugar, bajo el inclemente sol de mediodía, fue la esposa de Rodrigo quien abrió la puerta de la vivienda. Para sorpresa de Martha y Javier, el hombre no se encontraba en ese momento. El propietario, indignado, le recordó a la arrendada que la noche anterior el había pactado con su marido el pago completo de las deudas pendientes.

“Mi esposo está muy ocupado y no está. Llamen a la Policía si les da la gana, pero de acá no vamos a salir”, les dijo la mujer a Javier y Martha, quienes acudieron al cuadrante más cercano con el acta en la que Rodrigo se había comprometido a entregarles la vivienda. Sin importar la presencia de los uniformados, los propietarios contaron que la mujer les sacó un cuchillo, al mismo tiempo que varios vecinos de la zona “se les vinieron encima”.

— ¡Eso es mentira! —Interrumpió Rodrigo— al tomar la palabra por primera vez en la audiencia.

—Ellos llegaron de mala gana, con groserías, y mi mujer se tuvo que defender.

—No te pongas a inventar cosas que tú no estabas ahí. Mientras tú estabas tranquilo, quién sabe dónde, en esta casa dos personas pudieron haber muerto. Es que es esa frescura que tiene, señor juez, es inaceptable. Así es con todo, hasta para pagar las deudas —le contestó Javier—.

Primera acta incumplida por Rodrigo.
Primera acta incumplida por Rodrigo. Luis Felipe de la Hoz

Furia

Fue ahí, después de la corta intervención de Rodrigo y de su esposo, que Martha, quien había permanecido calmada, irrumpió en la escena, soltando en pocos minutos toda la ira que tenía contenida.

—Cada vaso de agua que tus hijos se toman, o cuando se bañan, Rodrigo, te lo estamos regalando nosotros. A mí la Alcaldía no me va a pagar los recibos que tú no me pagas. Cada día que tus hijos amanecen, soy yo la que les estoy dando un techo. Cada vez que tu esposa prende un abanico, sí, la que me dice que soy una maldita, se lo estoy pagando yo —dijo, alterada, la mujer—.

—Bueno... bueno... —dijo el juez— vamos a calmarnos un poco.

—Es que si usted supiera, señor juez, si usted se pusiera en nuestros zapatos —le contestó Martha, que irradiaba furia de sus ojos oscuros—. ¡Yo estoy embargada! Usted no le pagaría los recibos a alguien que no conoce. ¡Esto es insostenible!

Ante los descargos de la pareja, Rodrigo permanecía en silencio, con la mirada gacha o perdida en algún objeto aleatorio de la sala de audiencias. Detrás de su rostro impávido, pareciera que su mente divagara alrededor de otra galaxia, o quizás intentara averiguar cómo resolver el chicharrón que tenía encima.

—Mírelo —dijo Javier— ¡Es que ni siquiera dice nada! Esa tranquilidad que tiene es la que me llena de rabia.

— ¿Usted tiene algo que decir, señor Rodrigo? —Preguntó el juez—.

—Si no tienes para pagarme no me pagues nada, para no decirte una vulgaridad aquí en frente del juez —intervino Javier—.

Y agregó: De corazón yo te regalo esa plata, que yo sé que la necesitas más que yo. Por eso es que anda como anda, pero sí necesito que te vayas.

— ¿Cómo inició toda la situación? —Volvió a inquirir el conciliador—.

—Yo puse un letrero de arriendo —irrumpió Martha— y este muchacho me dijo que lo iba a tomar para vivir junto a su esposa y dos hijos. Me dio el contacto de una supuesta fiadora y se instaló en la vivienda junto a sus suegros que llegaron a las pocas semanas. ¡Otras dos personas que consumen y no pagan, imagínese!

Fachada de la vivienda ubicada en Soledad.
Fachada de la vivienda ubicada en Soledad. Luis Felipe de la Hoz

Confianza

Según reconoció Martha, por el afán de arrendar la residencia fue laxa con la firma del contrato de arrendamiento y con el compromiso de una fiadora, quien “se río a carcajadas” cuando fue consultada. En conclusión, la mujer abrió las puertas a un hombre que —contó— nunca le dio garantías de que le iba a pagar.

—Eso te queda de experiencia, para que no le arriendes a más nadie si no tiene un fiador —le dijo a Martha su esposo—.

—Eso nada más te pasa a tí, porque tú eres la única estúpida que acepta eso.

—Bueno... bueno... —intervino el juez— por favor un poco de respeto con su esposa, señor Javier.

Al final de las intervenciones, las explicaciones y las descargas, el juez Montaño tomó la palabra, con el objetivo de corroborar la historia contada por ambas partes. Javier y Martha seguían furiosos, pero luego de explicar sus motivos lucían un poco más calmados. Rodrigo, por su parte, seguía en completo silencio, lo que terminaría por llamar la atención del juez de paz.

— ¿Está usted de acuerdo con esta solución? —Preguntó el juez—. ¿Abandonará la vivienda entonces?

— Sí... Bueno... —respondió, tímido, Rodrigo— pero yo necesito un tiempo prudente.

— ¡¿Pero qué más tiempo prudente si la vez pasada le dieron quince días para que se fuera y acá estamos otra vez?! —Intervino Javier, en voz alta, fuera de sus cabales, ante la propuesta del juez.

—Le voy a pedir que se tranquilice, señor Javier —le contestó el juez—.

—Si no está en condiciones de estar calmado le voy a pedir que se retire de la sala. Yo le voy a dar otros quince días a Rodrigo para que abandone la vivienda. En ese tiempo —agregó— no tendrá nada que ver con usted ni usted con él. ¿Queda claro?

Rodrigo asintió en silencio, aceptando tranquilo la orden del juez de paz. Este era el segundo plazo que le entregaban para abandonar la vivienda. Al parecer era el último. Martha y Javier lucían intranquilos, como si no creyeran del todo que el asunto hubiera quedado zanjado.

— ¿Y qué pasa si él incumple otra vez? —preguntaron—.

—Yo me voy a ir... —dijo Rodrigo—.

—Pues no te creo —le contestó Javier—. Así de sencillo.

—Por favor... ya vamos a hacer el acta —intervino el juez—. Vamos a quedarnos todos quietos. Hasta aquí llega este conflicto.

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