Pequeñas causas | De las dos familias, ¿cuál se hace cargo del papá enfermo?

Los hijos de un hombre mayor y enfermo llevaron ante un juez de paz a sus hermanastros, que no querían hacerse cargo de su papá.

Luis Rodríguez
Feliciano (izquierda), en el despacho de la juez Donado (centro) junto a doña Úrsula, en la audiencia. Luis Rodríguez
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Los hijos de un hombre mayor y enfermo llevaron ante un juez de paz a sus hermanastros, que no querían hacerse cargo de su papá.

Doña Úrsula estaba cansada. Cansada de limpiar heces, de lavar paredes y de trapear el suelo. Agotada de bañarlo a él y de cambiarle los pañales, de pretender que algún día la situación iba a cambiar, de soñar con que un día iba a poder descansar, según relataron sus hijos. 

Los dos hijos de Úrsula ya son unos viejos, cada uno con sus vidas hechas y familias a bordo, por lo que nunca imaginó que a sus más de 80 años tendría que ir a la tienda a comprar pañales. No era fácil de aceptar, ni tampoco de hacer, pero era la misión que había aceptado en auxilio de alguien que en el pasado le brindó felicidad. Quizás hasta en menor medida que angustia y dolor.

Cuatro años son 1.440 días y 35.040 horas, tiempo que se ha dedicado a cuidarlo, a darle de comer y bañarlo. Úrsula cuenta que si en ese entonces hubiera llegado un animal, un pequeño cachorro de labrador, hoy en día sería un perro adulto protector, que cuidaría de ella y de la casa, evitando con sus ladridos que entren los ladrones por las noches. Si el que tocara la puerta de aquella vez hubiera sido un hombre que deja un bebé en una canasta, como en los cuentos de fantasía, aquella criatura dulce ya se habría convertido en un niño, y estaría correteando por los pasillos de la casa. Pero el que llegó fue su antiguo marido, un hombre amargado, violento y -para colmos- enfermo, casi moribundo. Arribó buscando un techo en el que vivir y Úrsula, tantos años después de que él la abandonara, lo recibió en bata y con una taza de café en la mano.

Anciano, canoso y demacrado, lejos de la imagen de galán de telenovela con que la cautivó en su juventud, Raimundo estaba en las últimas fases de una enfermedad que le había terminado de arrebatar lo que la edad misma ya le había quitado. Unos 40 años atrás, aún joven y atractivo, dejó tirado un hogar con dos hijos que apenas entraban a la vida adulta. También abandonó un matrimonio, a Úrsula y sus pereques, para irse a otra casa, con otra mujer y así formar otra familia. 

“No, mi papá no puede vivir más en esa casa, es momento de que regrese a la de él y que su otra familia se encargue de cuidarlo”.

Allá tuvo dos hijos más, Feliciano y Ricardo, que nunca tuvieron relación con sus otros retoños del matrimonio con Úrsula: Diana y Roberto. En la nueva casa, rodeado por una segunda familia, Raimundo volvió a sentirse joven y a rearmar su vida, al mismo tiempo que su exesposa hacía lo mismo con sus hijos. Los años pasaron, las canas llegaron, y con la edad los hijos también abandonaron el nido, para formar cada uno el suyo propio y así criar a sus propios “pichoncitos”.

Así entonces, cuando un Raimundo viejo y enfermo llegó a pedirle posada a Úrsula, la mujer no entendía por qué el hombre que se fue de su propia casa volvía a esta en búsqueda de un techo bajo el cual dormir. Tampoco, por qué le abría las puertas luego de que la hubiera abandonado. El padre de sus hijos, el que se fue por otra y la dejó pagando los recibos, volvía con el rabo entre las piernas, que le temblaban hasta el punto de que ya ni caminaba, según recuerda la mujer. 

No solo eran los malos olores, que hiciera sus necesidades fisiológicas en donde le diera la gana o que le gritara todas las mañanas. Cuidar a Raimundo se había convertido en una tortura, una misión que habría hecho refunfuñar hasta a la mismísima madre Teresa de Calcuta, aseguró Úrsula. Es que él le pegaba. Cuando tenía rabia o cuando le daba la gana. Aún viejo, débil y en decadencia, la maltrataba. Aún a pesar de los cuidados y de que le diera la comida en la boca, contó uno de sus hijos.

Por eso es que Úrsula se peinó y salió a la calle con una blusa de flores aguamarina. Era de mañana, por ahí las 10:15, cuando partió de casa hacia una cita que había pactado en el norte de Barranquilla, en la carrera 44 con calle 70. Ahí la esperaba la juez de paz, Nidia Donado, que había accedido a ayudarla -sin costo alguno- para dirimir la situación que ya la estaba volviendo loca.

Disputa familiar

Cuando llegó, junto a Roberto, su hijo mayor, Feliciano ya estaba ahí, sentado a las afueras del despacho de la juez de paz. El hombre, todo lo contrario a su hermanastro, flaco, con una mata de pelo negro y más joven, había acudido solo. Úrsula no sabía de Ricardo, otro hijo de Raimundo, desde hacía varios meses. En general, de los otros retoños de su exesposo conocía poco, solo que le habían dado la espalda a su padre.

Su hijo Roberto, un señor calvo y grueso, la había ayudado a cuidar Raimundo: costeando los pañales, los cuidados y hasta la comida que se le servía en la casa. Los otros, los del segundo matrimonio, no habían aportado en nada y ni se habían postulado a cuidarlo, aún cuando el viejo Raimundo vivió con ellos gran parte de su vida. 

La petición de Ursula -o más bien la exigencia- era sencilla: que los hijos del segundo matrimonio se lo llevaran a su casa, a la que le compró a su otra mujer, y que allá lo cuidaran. Sin tapujos ni mayores contradicciones, la anciana se lo manifestó a la juez de paz, que le preguntó a Feliciano cuál había sido el problema para no haber recibido a su enfermo padre. 

—Buenos días, doctora —le dijo Feliciano a la juez de paz—. Yo estoy en una situación complicada... apenas conseguí trabajo, en una tienda de alfombras, y no tengo la plata para costear los gastos de mi papá.

—Pero la situación va a mejorar en estos meses, ¿no? —preguntó la juez—.

—Pues sí... pero es que no es eso. A mi hermano lo mató la esposa y nadie me ayudaría a costear los gastos—.

—¿A tu hermano lo mataron? —intervino Úrsula—.

—Sí... hace unos meses ya.

—Entiendo —dijo la juez—. ¿Pero igual él no podría ir a quedarse en su casa?

—Es que allá no hay espacio... están viviendo mi hija y mi sobrina, al igual que mi mamá que también está enferma. 

—Pero cómo así que el dueño de la casa no va a tener espacio en su propia casa —espetó Úrsula, molesta—.

—Lo que pasa es que mi mamá alquiló una parte de la casa —dijo Feliciano, nervioso y con cautela—.

“Pero es que allá no hay espacio. Lo que pasa es que mi mamá alquiló el pedazo de la casa donde él vivía y toca pagarle”.

¿Y ahora?

La sorpresa inundó los rostros de los presentes, que no podían creer lo que acababan de escuchar. El viejo Raimundo, que dejó a su esposa y a sus hijos para irse a otra casa con otra esposa y otros hijos, efectivamente no tenía un techo dónde dormir, pues su cónyuge había alquilado el lado de la vivienda donde él vivía. Esto, sumado a que su hijo no estaba dispuesto a cuidarlo y que esperaba que fueran los otros los que se encargaran del anciano, terminó por subírsele la rabia a Úrsula, que estalló en contra de Feliciano.

—¡Yo no pienso tener a ese señor un día más en mi casa! —gruñó la anciana— Ya no hay plata para mantenerlo, hace popó donde le place y me maltrata. Yo también estoy enferma y mi hija Diana me pidió que me fuera con ella. Y eso es lo que voy a hacer. 

—¿O sea que nadie va a quedar en la casa para cuidarlo? —preguntó la juez—.

—No —intervino Roberto—. Mi papá ya no puede vivir más en esa casa, es momento de que regrese a la de él y que, después de cuatro años, su otra familia se encargue de cuidarlo—.

—Sí, pero es que allá no hay espacio, yo incluso vivo con mi esposa en Sabanalarga —dijo Feliciano—. Ese pedazo de la casa está alquilado—.

Roberto se enderezó en el asiento y tomó las riendas de la conversación.

—¿Y con quién toca hablar para alquilar esa parte de la casa?

—Con mi mamá... —contestó su hermanastro— pero yo tengo que hablar con ella primero.

—¿Toca que el señor le pida permiso a su mujer para vivir en la casa que él mismo le compró? —pregunto, furiosa, Úrsula—.

Solución

Cuando la situación se puso complicada, que parecía que no iba para ningún lado, la juez Donado se sacó un as de la manga. 

“¿Y si comparten los gastos para arrendarle ese pedazo de la casa?”, les propuso, a lo que Roberto contestó con otra oferta: darles $300.000 mensuales para el cuidado del Raimundo. Feliciano tendría que pagar el resto, que sería para una enfermera que se encargue de la salud de los últimos días del anciano.

—Creo que es lo más sensato —dijo la juez— Así ustedes también lo tienen un tiempo y lo cuidan. A la señora Úrsula le ha tocado muy duro. 

—Bueno yo voy a ver de dónde saco la plata... creo que en un comienzo puedo dar esos $100.000, después daré más —dijo Feliciano—, vamos a ver cómo convenzo a mi mamá.

*Los nombres fueron cambiados por solicitud de las partes.

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