El Heraldo
En el acuerdo inicial entre Mónica y Marcos, ella debía pagarle los $300.000 y $120.000 de intereses. Shutterstock
Barranquilla

Pequeñas causas | Cuando la palabra vale tanto como el papel

Un joven conductor de una aplicación móvil le prestó un dinero de sus ahorros a una mujer, que se cayó en las cuotas por un problema familiar y negoció un nuevo plazo.

El sonido agudo de la bocina regresó a Marcos en sí, luego de que se distrajera durante los 50 segundos que duró el semáforo en rojo. Le tocaba mover el carro, no tanto por él o por cualquier afán que tuviera el conductor del vehículo de atrás, sino por el pasajero que iba en el asiento derecho, ubicado ahí para que la Policía no sospechara que él era conductor de Indriver.

Había aceptado el servicio a pesar de tener un compromiso en unos pocos minutos. Dio la casualidad, fuera por el destino o por cualquier otra fuerza cósmica, que la cita que tenía a las 11:00 de la mañana era a unas pocas cuadras del lugar en el que debía dejar a su pasajero: un joven como él, de unos 23 o 24 años.

Marcos tenía la cabeza en otro lado y así manejó por toda la calle 72, sin pensar demasiado en los buses que lo rebasaban ni en los pitos agresivos de los taxis que se peleaban por el carril izquierdo. Estaba pensando en plata, como raro. Una plata que le debían desde hace unos meses. $300.000 para ser exactos.

Había conocido a Mónica hacía unos dos años, cuando un amigo de un amigo se la presentó en una fiesta. Hablaron algunas veces, compartieron sus números, y se vieron sin proponérselo en reuniones y compromisos sociales. Ella es rubia y simpática, por lo que Marcos no pudo hacer mucho para negarse a prestarle un dinero. Una suma pequeña, $100.000, que prometió pagarle en menos de un mes.

Y así fue. En dos semanas Mónica le había devuelto el dinero: completo y con los intereses respectivos. Marcos, joven y ansioso de ganarse una platica, presta al interés los ahorros de su trabajo como conductor particular, que alterna con sus estudios en Diseño de Mecánica Diesel. Ella, con sus ojos azules, parecía una buena cliente, de esas que pagan a tiempo y no rechistan a la hora de definir las cuotas y el resto de detalles. Además, sus dos hijos y su actitud de madre le daban a Marcos una buena espina, de esas que hay que atesorar en su negocio.

Pero las primeras impresiones no son las definitivas. Mónica acudió nuevamente a él, que prestaba las ganancias de sus jornadas como transportador. Los pesitos que le entraban por aquí, los daba por allá, cobrando unos intereses, para así amasar una bolsa de ahorros cada vez más grande con el objetivo de abrir un negocio.

Mónica (izquierda) durante la audiencia con la juez María Ramos. César Bolívar

El nuevo acuerdo: un préstamo por $300.000, con un pago total de $420.000 con los intereses respectivos. Mónica, que lucía desesperada, aceptó el trato, pero sin dejar un compromiso de pago por escrito. Para Marcos, prestamista y emprendedor, la palabra era un acuerdo sagrado entre partes, pero con el tiempo a la mujer se le olvidó.

Con la luz del sol reflejada en el retrovisor, Marcos dejó a su pasajero en algún punto de la carrera 46 para dirigirse -velozmente- al lugar de la citación en la carrera 44 con calle 70. En la oficina, en un segundo piso y frente a comercios de telas y alfombras, lo esperaba Mónica y una juez de paz y reconsideración. No pensó en vestirse elegante para el compromiso, por lo que llegó faltando cinco para las 11:00 con una camiseta color mostaza y unos jeans: su atuendo de trabajo.

Dentro del despacho, con una blusa del mismo color de sus ojos, Mónica ya lo esperaba. Le dedicó una mirada fría y se acomodó en el asiento que estaba justo en diagonal al que le habían asignado a él. La juez María Ramos le dio la bienvenida y le indicó que se sentara. La audiencia iba a comenzar.

Mónica fue la que tomó la palabra. Se enderezó, aclaró la garganta y se dispuso a explicar los motivos por los cuales había citado a Marcos a audiencia. Al parecer, según expuso ella, el hombre la habría amenazado para cobrarle el dinero, por lo que ella quería salir de ese asunto lo más rápido posible.

“Yo prácticamente vengo acá con una pistola en la cabeza”, le dijo a la juez, que le pidió que continuara con su explicación. “Así es, doctora, él me llama a amenazarme y a cobrar esa plata. Que si cuando le voy a pagar, que me van a hacer daño. Todos los días es lo mismo”.

Marcos no pudo evitar soltar una carcajada. La juez de paz y Mónica lo miraron con intensidad, a lo que él respondió guardando silencio. Recuperando la compostura, le dijo a la mediadora que todo eso era mentira, que él no la había amenazado, pero que sí tenía que cobrar, pues esa era su plata.

Marcos, durante uno de sus viajes coordinados por la aplicación móvil. César Bolívar

—Yo siempre que te he prestado te he quedado bien —le dijo Mónica a Marcos, que respondía unos mensajes en su teléfono celular—. Esta vez me caí en los pagos, lo acepto, pero es porque no tengo trabajo y no he podido conseguir.

—¿Y cómo vas con ese proceso de búsqueda? —Le preguntó la juez—.

—Bien, al parecer va a salir algo y voy a empezar a ganarme una platica... de ahí pienso pagarle a él.

—¿Cuánto me vas a pagar? —preguntó Marcos— Siempre es la misma vaina: en el primer préstamo todo el mundo paga bien, ya en el segundo lo quieren enyesar a uno.

—Eso vamos a acordarlo con la juez —le contestó Mónica, que estaba seria y enfocada—.

Mónica, también joven como Marcos, tiene un tatuaje en el hombro derecho y otro en el brazo izquierdo. Ambos son de nombres, los de sus dos hijos, que la esperaban en casa a que volviera de solucionar el asunto que la había llevado a audiencia. Su antiguo esposo, cobradiario, ya no vivía con ella, por lo que la mujer debía hacerse responsable por la comida de sus dos niños. Cuando acudió a Marcos, por pura desesperación, esperaba poder pagarle plata pronto, pero las cosas en casa se complicaron.

—A mí lo único que me interesa es que me pagues esos $300.000 —intervino Marcos—.

—Y a mí también me interesa pagarte —le dijo la mujer— por qué crees que yo estoy aquí. Tú y yo no firmamos nada, aquí nadie comprueba que yo te debo plata. Pero yo vine para zanjar este asunto, porque yo no soy mala paga y menos ratera. Así que quiero salir de esto rápido y no verte más.

—Pfff... —bufó Marcos— yo no te creo nada. Tú acordaste conmigo de palabra, que eso vale más que cualquier papel. No me vengas con esos cuentos que estamos aquí porque me debes y quiero que me pagues.

—Tú lo que estás es ardido porque yo nunca te di la hora. Bastante que me escribiste para que fuera a tomar contigo y yo nunca acepté. Por eso es que te entró la cobradera, porque ahora me quieres afectar a mí.

Marcos volvió a soltar una carcajada, pero esta vez fue la juez Ramos la que intervino. El tema de la audiencia no eran sus problemas personales, sino solucionar el tema del pago pendiente. Fue por eso que la mediadora insistió en un plazo y en una cantidad para zanjar el problema, y que ambos pudieran seguir con sus vidas sin mayores inconvenientes.

—Yo con ella no quiero nada, ni nunca lo quise. Ella tiene sus hijos y tenía marido —dijo Marcos despectivamente—.

—Eso no corresponde a esta audiencia —intervino la juez— acá lo que importa es saldar la deuda, que es lo que a los dos les interesa, ¿o no es así?

—Vea, doctora, yo estoy cerca de conseguir trabajo. Cuando sea así yo le voy a pagar a él $100.000 por mes y salimos de eso de aquí a octubre —propuso Mónica—.

—¿Segura?

—Sí, mejor aún: todos los lunes le voy a pagar $25.000 —dijo Mónica— y ni siquiera a él, yo acuerdo con usted para que verifique que todo va de forma correcta.

Marcos parecía de acuerdo con la propuesta de Mónica, que también lucía satisfecha, como si ya lo hubiera planeado de antemano. Sin más preámbulos, la juez de paz pidió que se redactara el acta con el compromiso de pago: en tres meses la deuda de $300.000 debía de estar saldada.

—¿Esto demora mucho, doctora? —preguntó Mónica— tengo que ir a llevar a mis hijos al colegio.

Con los nombres plasmados en el papel, y con la confianza en la justicia de paz, ambos salieron del despacho con una preocupación menos. Marcos se subió a su carro a seguir llevando usuarios, y Mónica se fue a recoger a sus hijos. Después de la audiencia, su vida continuó como si nada.

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