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Miembros de la Policía y el Esmad recorren los distintos barrios para hacer cumplir el toque de queda.
John Robledo
Barranquilla

Noches de picó y fútbol en el toque de queda

EL HERALDO acompañó los recorridos de la Patrulla Covid en Barranquilla para conocer cómo opera esta estrategia de control ciudadano.

La escena es tétrica. De un megáfono sale la instrucción de respetar el toque de queda y, en cuestión de segundos, inicia el barullo. Las fichas de dominó caen estrepitosamente al piso y rebotan por doquier, algunas chanclas viejas quedan olvidadas en la calle, se parte una que otra cerveza y el afán por esconder el silleterío se vuelve una verdadera  carrera contra el tiempo. Mientras pasa todo lo anterior el clásico de Diomedes Díaz que sonaba estruendosamente queda a la mitad, más de un perro callejero y pulgoso ladra sin cesar, se disuelve la parranda de al menos treinta personas, el vecino borracho insulta a cuanta persona se le cruce por el frente, el ‘bravo’ de alguna familia tiene una mirada retadora, la abuela regaña a sus nietos y  la madre primeriza con cara de asustada  decide salir con su bebé –sin tapabocas– a curiosear por el barrio.

La pedagogía se mezcla con el insulto. Llueven los consejos y recomendaciones, pero diluvia gestos obscenos y auras de altivez. La Policía, los miembros de la Patrulla Covid y los funcionarios de la Oficina de Seguridad y Convivencia Ciudadana intentan explicar, instruir y guiar. Una parte de la población decide acatar, otra agradece, otra se burla y una minoría busca el choque y desfogar la adrenalina del momento escupiendo una ráfaga de insultos.

La situación en mención ocurrió en el corazón del barrio Las Américas, pero tranquilamente pudo ser en Rebolo, Las Nieves, La Chinita, Carrizal, Santo Domingo de Guzmán, La Playa o El Bosque, los sectores en los que –según las autoridades– más ocurren estos hechos. Y como también pudo ser un suceso mucho más tranquilo (como sucede generalmente de lunes a jueves), la realidad es que pudo ser mucho peor.

Pudo terminar en una lluvia de piedras, en una señora intentando quitarle el arma de dotación a un integrante del Ejército o en el ofrecimiento de una pelea a machete limpio, según contaron funcionarios del Distrito.

“Hay inconformidad de la gente por el hecho de sentirse controlada. Sin embargo, nosotros estamos con la responsabilidad de hacer cumplir los decretos. La intención de nosotros es que la gente los entienda y los cumpla. Inicialmente estamos haciendo ver las cosas de manera pedagógica, pero a veces tenemos que hacer ejercer los controles de manera más fuerte”, expresó el comandante de la Mebar, general Ricardo Alarcón Campos.

“No sé qué es más preocupante, si las cifras de contagios o la inconciencia  social. Se ve mucha gente sin las medidas de bioseguridad o grupos de personas departiendo en la calle sin respetar el distanciamiento social. La gente es muy renuente y llegan en algunos casos a chocar con las patrullas. Es un momento de tomar conciencia”, agregó durante un recorrido nocturno que hizo la Policía Nacional el pasado puente festivo.

Panorama
Nadie portaba el tapaboca en un puesto de fritos.

Durante un recorrido nocturno por los distintos barrios de Barranquilla se puede ver de todo. Desde cuadras solitarias hasta ríos de gente congregados en algún culto cristiano.  Y es que a pesar de las alarmantes cifras de contagio que hay en la capital del Atlántico y el nivel preocupante de ocupación de las unidades de cuidados intensivos, hay una parte de la población que ignora las medidas sanitarias a grandes escalas.

Las excusas son casi las mismas para tomarse unas cervezas y hacer parte de una fiesta. Que hay que relajarse en medio de la mala situación, que es necesario desestresarse para “no volverse loco”, que el virus no existe, que la situación actual es una conspiración del Gobierno para la instalación de las antenas 5G, que los números no son reales, que el objetivo es disminuir los adultos mayores para quedarse con la pensión, que contagiarse no trae tantos riegos, que salir por el barrio no conlleva problemas, que pitos, que flautas.

Dos caras
La Policía realiza pedagogía a diario en los barrios de la ciudad.

Eran las 7:30 p.m. del lunes 16 de junio. Patrullas de la Policía recorren la ciudad cuando pasan por el parque de Ciudadela 20 de Julio y, de un momento a otro, inicia la primera persecución de la jornada. Cuatro menores de edad que están jugando fútbol en una cancha con cerramiento se percatan de los uniformados y, con grandes habilidades felinas, trepan una valla de unos seis metros para darse a la huida. Tres cumplieron el objetivo en pocos segundos, el otro quedó enganchado y se rompió la pantaloneta, pero aun así logró encontrarse con sus compañeros. A pesar de los sorprendentes movimientos fueron interceptados por las autoridades, quienes les explicaron que no podían estar en la calle debido al toque de queda.

“Yo no estoy haciendo nada. Yo estoy vendiendo una rifa. Huéleme las manos si quieres”, expresó uno de ellos.

La escena despertó el interés de todos los vecinos. Algunos desde los balcones de sus casas grababan con sus celulares el procedimiento. Otros salieron en manada a ver de cerca lo que pasaba.  “Estos muchachos no hacen caso. Deberían mandarlos a la UPJ. Todos los días es lo mismo”, decía una señora a lo lejos.

Antes de lo relatado en mención, las autoridades habían intentado acabar con una reunión de una veintena de personas que se encontraba compartiendo unas cuadras atrás, pero las explicaciones de los vecinos desarmaron a los oficiales.

“Era el velorio de una persona que había muerto en esa casa. A uno le dicen eso y debe entender porque es una situación complicada”, explicó Alarcón mientras llegaba a un acuerdo con uno de los propietarios del hogar. “Está bien lo que hace la Policía. Nosotros, en este caso, solo pedimos que nos permitan pasar el dolor de nuestra familia”, decía el hombre cabeza de la familia.

La situación parece cansar a algunos patrulleros de la Policía Metropolitana. Los uniformados consideran que “la irresponsabilidad de algunos pocos” afecta a los demás, como a ellos, que a diario  salen a intentar controlar la situación sanitaria a punta de pedagogía, aunque en algunos casos el uso de la fuerza es necesario cuando la cuestión se sale de control.

“La verdad uno no quiere andar en la calle en una situación como la que está viviendo el país, pero esta es la función de uno y toca poner el pecho. Hay mucha gente que  acata las órdenes y de pronto si están reunidas en masa, ingresan a su vivienda y acaban la reunión, pero hay otros que no. Hay mucha gente que un día pide mercados para dizque no salir, pero luego uno pasa por la misma vivienda y llevan varios días tomando, entonces uno no entiende esas cosas”, explicó un patrullero de la Policía.

“La verdad hay dos caras. Mucha gente hace caso y hay otros donde llegamos y les decimos que por favor apaguen el equipo de sonido y que no tomen, pero ellos son groseros y buscan pelea enseguida”, agregó.

Rechazo

Camilo Barraza es seguramente una de las personas más insultadas por estos días. Está encargado de perifonear medidas sanitarias a la comunidad, aconsejar y, en algunos casos, de llamar la atención.

Lo hace de una manera agradable y amistosa, pero basta acompañarlo en un recorrido para comprobar  el rechazo que generan sus comentarios.

“Uno intenta hacer una buena obra, pero hay mucha gente que es terca. Ven el carro y enseguida dicen ‘ushe’. Todo lo cogen a la bacanería. Hay otros que sí  le hacen caso a uno”, expresa mientras hace su labor.

Barraza cuenta que muchas veces ha visto cómo algunos habitantes hacen caso omiso a las medidas con teorías alocadas y que se ha visto obligado a acudir a versículos de la biblia para hacer caer en cuenta a algunos pastores que las congregaciones están prohibidas.

Durante un recorrido el pasado lunes festivo, esta casa editorial comprobó que, a pesar de los muchos infractores, también hubo restaurantes y ventas de fritos que en las noches vendían sus productos sin los protocolos básicos de bioseguridad.

También se observó a más de una madre que con chancleta en mano obligaba a sus hijos a no salir de la casa y ponerse el tabapocas cuando pasaban las patrullas de la Policía.

“La verdad es que la situación está maluca. También hay personas que cumplimos las normas y les decimos a los vecinos que traten de no salir tanto”, dijo una señora en el barrio La Sierrita.

Según las autoridades, a pesar de que el sur de la ciudad es el sector donde más se ha violado el toque de queda, algunos casos aislados se han registrado en el norte.

Un total de 70 fiestas y 230 riñas se registraron en el área metropolitana de Barranquilla el pasado puente festivo.

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